No solo suma. También resta, multiplicación y todas las operaciones posibles constituyen la existencia de Isabel Allende, abundante en peripecias extraordinarias que ella ha sabido recrear, con calidez y humanismo, en "La suma de los días", su nuevo libro de memorias.
Desde su primera novela ("La casa de los espíritus") Allende ha tenido un éxito abrumador, pero nada se compara con la recepción de "Paula", su primer libro de memorias: "atrajeron más interés del público y la prensa que la suma de mis libros anteriores" (p. 102).
Sucede que Allende brilla más como memorialista. Puntualicemos que no hay una separación tajante entre el rol de la imaginación en una novela y en unas memorias, ya que nunca los recuerdos son objetivos: "Todas las vidas pueden contarse como una novela, cada uno es el protagonista de su propia leyenda. En este momento, al escribir estas páginas, tengo dudas. ¿Sucedieron los hechos tal como los recuerdo y como los cuento? (p. 25). Ocurre que tratando de ajustarse a la verdad de los hechos, y no entregándose a la libertad de tejer una trama novelesca, Allende plasma mejor su capacidad para retratar la condición humana, con una sabrosa carga de autoironía.
Ahora asistimos a las memorias de la tribu que ha reunido alrededor suyo Isabel Allende, a tal punto que la autora ha hecho que revisen el libro los seres queridos mencionados en él para precisar mejor lo acaecido. Ese vivir en grupo es un rasgo latino que distingue a esta Allende radicada en California y casada con un norteamericano: "La tribu tiene inconvenientes, pero también muchas ventajas. Yo la prefiero mil veces al sueño americano de absoluta libertad individual, que si bien ayuda a salir adelante en este mundo, trae consigo alienación y soledad" (p. 208).
Rodeada de una sociedad despersonalizada, Allende enarbola una ética de la solidaridad (Paula le enseñó a "dar hasta que duela", p. 212), de amor a la naturaleza y creencia en lo real-maravilloso. Aunque no es inmune al espectáculo mediático (vive enamorada de Antonio Banderas y atesora la prueba de haber estado al lado de Sofía Loren, en una escena divertidísima, "lo único que no deseo olvidar cuando la demencia senil borre todos mis otros recuerdos", p. 109), su ser más hondo comulga con una espiritualidad real-maravillosa: la muerte de Paula y el ayahuasca han sido las dos vivencias que más la han transformado, y la han hecho perder "el miedo a la muerte" y experimentar "la eternidad del espíritu" (p. 258).
MEMORIAS
En "Paula", bajo el impacto desolador de la muerte de su hija, Isabel Allende escribió su primer libro de memorias. Ahora, trece años después, nos entrega un segundo libro, escrito como si le contara a Paula lo que ha pasado a la familia después de su partida: la sólida relación matrimonial con su nuevo esposo; los enlaces y divorcios (incluidas opciones homosexuales), alegrías y tristezas, nacimientos y muertes de familiares y amigos integrados a la tribu. Entretejidos al "melodrama familiar" (p. 73), inserta breves pasajes sobre los libros que ha venido escribiendo estos años.