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Jornada trujillana

El programa máximo es ir a ver lo nuevo en la Huaca de la Luna, visitar el museo de Gerardo Chávez, saludar al hermano del amigo Zulen y comer 'rebién'

Por Mariella Balbi

El Icpna me invita a Trujillo por un par de días que se reducen a una jornada, siempre por la falta de tiempo. El norte es mágico, no cabe duda ninguna; quiero aprovechar mi paso por esa hermosa y descuidada ciudad (muchas casonas se vienen abajo con ventana trujillana y todo, aun así su precio es bien caro). El programa máximo es ir a ver lo nuevo en la Huaca de la Luna, visitar el museo (precioso) de Gerardo Chávez, saludar al hermano del amigo Zulen, en Huanchaco, y de paso comer 'rebién'. Tratar de ir en la tarde a El Brujo para embriagarme de belleza y conocer las recientes excavaciones; también ver casonas y, bueno, dar la charla por la cual llegué a estas extraordinarias tierras.

Bernardo conduce el poderoso Tico de mi travesía. Saliendo del aeropuerto, termino hablando con Carlos Méndez (encargado de lo cultural en el Icpna) sobre la lúcuma y su formidable historia. Carlos es un gran promotor cultural, conocedor de su entorno, un trome. Una breve pascana en el hotel y Bernardo me conduce a deleitarme con las novedades mochicas. Él es de Cajabamba y afincado hace muchísimo en Trujillo. En el camino me culturiza sobre su tierra y refiere que Sabogal nació ahí y que él es amigo de un conocido pintor trujillano, hasta que nos topamos con un reciente choque, con un muerto. Me cuenta que se paga por el brevete y se lo creo. 

De lo visto en la Huaca de la Luna solo queda decir: ¡Guau! Es demasiado imponente. Una guía culta me suelta: "No sé por qué Prom-Perú insiste con 'Perú, país de los incas', cuando están los moches, que tenían hasta lengua propia". Difícil discrepar de ella. Magnífica visita. De todas maneras, quiero ir al museo de Gerardo Chávez, pero es la 1 p.m., hora fijada para almorzar. A riesgo de ser impuntual le digo a Bernardo para conocerlo. En el trayecto me entero de que ¡no conoce la Huaca de la Luna! Le reprocho no haberlo comentado, hubiéramos ido juntos. Llegamos al museo: espléndido, fantástico. Esta vez sí invito a mi buen conductor. Se queda alelado, sorprendido con los cuadros de Chávez de gran formato, pintados en yute, y no puede dejar de tocar la elegante y sensual escultura de Alberto Guzmán. 

Camino al 'papeo', Bernardo cuenta --y lo confirman todos-- que la delincuencia en Trujillo es feroz, "hasta en mi pueblo joven --dice-- llaman a extorsionar". Ojo, y hay casi pleno empleo. Ocho soles un sabroso y correctísimo seco de cabrito; en el norte está la sazón. Ni Brujo, ni Huanchaco, ni casonas, siesta obligada. Luego la charla sobre la presencia de la uva en el norte, el porqué el pisco solo es del sur. Trujillo quiere cultura, la crea, la vive y la tiene. A las autoridades este aspecto no les interesa. No es que sean como Goebbels, pero bien parecido.

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