Soñando fútbol
Por Jorge Barraza. Periodista
De haber podido verlo, Nasazzi, Scarone, el 'Manco' Castro, Obdulio, el 'Gallego' Varela, Gambetta y todos los próceres que patentaron la garra charrúa hubieran lagrimeado agradecidos; el carácter sobrevive.
Nunca, en 42 años de fútbol, vimos un equipo salirle a jugar así a Brasil. Y menos de visitante. Ni Inglaterra ni Alemania ni Argentina ni Italia Nadie le juega de este modo. Nadie es capaz de tan grandioso irrespeto.
Uruguay lo arrasó, lo bailó, lo pasó por encima con fútbol y coraje, con fuerza y habilidad. Mezcla seductora de potrero y rebeldía, de frescura y clase. Merecía golear la celeste, 4 a 0, 5 a 1... Por supuesto, ganó Brasil 2 a 1 (la suerte lo mima desde hace tiempo). Deslices del fútbol. Si se instaurara el Premio Nobel a la injusticia, este partido es candidato único.
Será memorable por dos tópicos: lo ingrato del resultado y la excepcional actuación uruguaya. Se puede jubilar tranquilo el 'Maestro' Tabárez: logró el fútbol total.
La imagen perfecta del partido fue el pibe Fucile, lateral izquierdo que lleva el '4' en la espalda. Iban 89 minutos y le tiraron la pelota número mil. Había ganado las novecientos noventa y nueve anteriores, pero estaba exhausto, sin aliento. Fue igual, y encaró a dos, los trabó con la encía y mandó el centro. ¡¡¡¡¡¡Qué corazón!!!!!! Alguien despejó, pero ¿interesa? ¿Importa el resultado cuando se logra una actuación así?
Días atrás un comentarista de televisión señaló: "Si lo único que importa es el resultado, no mires el partido, compra el diario al día siguiente y fíjate cómo salió".
Jamás, en una vida viendo fútbol, sentimos más respeto por el fútbol uruguayo que este miércoles. Brasil había ganado y los de Dunga no sabían cómo salir del Morumbí. Si levantando los brazos o encapuchados.
Daba para un aviso clasificado: "Cambio derrota inolvidable por mil triunfos miserables". Millones en todo el continente sentimos orgullo ajeno. Incluidos los amantes del resultado. Algún medio montevideano tituló: "Jugamos como nunca, perdimos como siempre". Le gustó la frase y le metió para adelante nomás. Ni cuenta se dio de lo que habían jugado.
Uruguay mandó a la lona el discurso de que "lo único que sirve es ganar". Ciertas consignas publicitarias y el discurso de algunos entrenadores han logrado instalar ese mensaje falaz: "ganar es lo único", "ser segundo es nada". Semanas atrás, también lo puso en duda Millonarios con su ponderable actuación en la Copa Sudamericana. Prestigió el torneo con montañas de dignidad y conquistó la simpatía de millones que siguieron sus partidos por TV.
Más que eso: sus hinchas jóvenes nunca se sintieron tan representados por el equipo como en esos días felices. Remó, remó y se hundió en semifinales; no obstante los miles de correos de lectores en medios colombianos reflejaron el orgullo de la nación azul por el conmovedor esfuerzo de sus jugadores, la hombría con que tapizaron el rectángulo de El Campín la noche que cayeron 3 a 2 ante el América de México. Esa noche y las anteriores. Nadie festeja perder, tampoco se puede ganar siempre. Lo que el hincha reclama de su equipo es que lo represente.
A tanto llegó la entrega del equipo que se puso por encima del resultado. A salvo de él. Exhibió un espíritu casi amateur.
"Nunca me pareció un elogio decirle a un jugador que es un gran profesional. Lo amateur me merece más respeto", escribió Ángel Cappa en su libro "¿Y el fútbol dónde está?".
Sigue: "Y si no, miremos lo que dice Fernando Trueba, el director de cine: 'Debemos evitar a toda costa que el ejercicio de la profesión nos convierta en profesionales. Todo buen cine es amateur'".
Transcribimos otra de las espléndidas reflexiones del entrenador: "Lo único que queda es el resultado, te dicen siempre. ¿A quién le importa si jugaste bien cuando pierdes?", te preguntan. "¿Quién se fija si jugaste mal cuando ganas?", insisten. Dejemos que responda Antonio Machado: "Solo recuerdo la emoción de las cosas y se me olvida todo lo demás".
Le pidieron a Roberto Fontanarrosa que recordara equipos que lo habían impactado. Se acordó de una poética selección peruana del 59 con Gómez Sánchez, Loayza, Terry, Joya y Seminario. Y de Holanda finalista del mundo en el 74. ¿Pero ninguno fue campeón?, le preguntaron a manera de reproche.