HALLAZGO. El remoto anexo La Joya, en Chachapoyas, guardaba ocultos sus complejos arqueológicos de los asaltantes de tesoros. La semana pasada descubrieron a una expedición los secretos de la fortaleza La Torrera y la ciudadela Los Gentiles, no registrados aún por el INC
Por Miguel Ángel Cárdenas
Y se nos doraba el aliento. Desde una ladera alta, fríamente ubicada enfrente de una cumbre mirábamos por fin a La Torrera, como llaman los pobladores a aquella construcción sin develarse en un bosque de niebla, a 3.600 metros sobre el nivel del mar. Ellos habían decidido revelar a una expedición que había "ruinas escondidas", que protegían tras la maleza y los cerros; sin embargo, lo que se divisaba era más impresionante a lo lejos: parecía ser el largo muro frontal de una formidable fortaleza ilesa... La observábamos, todavía a media hora de bajar y hollarla, a tercera y convencida vista, y nos reconciliábamos con las tres horas por carretera de Chachapoyas a Leymebamba, las seis horas a fiel caballo hasta el anexo La Joya, en el distrito de Chuquibamba, y las cinco de caminata extensiva --por casi 40 kilómetros--, custodiados por la lluvia que sufría de incontinencia eléctrica, el barro que chupaba hasta las constipadas rodillas y la veloz neblina que jugaba a los encantados con los sentidos. Digo a tercera vista porque fue la panorámica, tras la segunda mirada, minuciosa; a primera vista solo había parecido un bosque enano típico, como aparecen todas las grandes ruinas cubiertas... antes de limpiarse.
"¡Puede ser un pequeño Kuélap!", no lo decía un despistado, sino un idóneo arqueólogo del proyecto Kuélap, de 30 años, y descubridor de pinturas rupestres en Bagua, llamado Wilmer Mondragón. Él bajó como si el terreno fuera una rampa de patinaje sobre cerro y en la puerta de la ahora manifiesta La Torrera, este estudioso de Guayamulos, el último cacique chachapoya que resistió a los españoles, soñó con haber encontrado su tumba. Si Kuélap equivale a Machu Picchu en esta zona en que se driblean la postrera sierra con la primera selva de Amazonas, este inédito centro podría ser un Choquequirao: un fuerte de los últimos curacas 'chachas' de la resistencia.
De pie en la que sería la entrada principal, Mondragón sacó una brújula y comprobó que las paredes estaban orientadas de este a oeste. Esa brújula se perdería tres horas después de haber escalado las alturas de cinco hectáreas de construcciones (Kuélap tiene siete hectáreas), con incontables (todavía) paredes de piedra caliza trabajadas con la técnica de la pirca y el sillar, bajo falanges de musgo y corredores con miradores donde se vigila el valle del Utcubamba. "La brújula fue tu pago a la tierra", sentenciaría Vidal Rojas, el agente municipal y espontáneo guardián del lugar, para reafirmar que no estábamos haciendo una profanación.
EL DATO QUE NO SE ESCONDE
Alguien que haya recorrido los parajes de Chachapoyas (en agosto hice la Laguna de los Cóndores) sabe que aún el campesino del caserío más oculto sufre del 'síndrome Gean Savoy'. El fallecido y publicitado explorador estadounidense que dio a conocer sitios como el Gran Saposoa y el Gran Vilaya es tachado como un expoliador de riquezas por los más humildes chachapoyanos. Sobre todo por el señor Segundo Abel Vega Rojas, el cacique de 72 años de La Joya y quien sería el auténtico conservador de estas maravillas.
Según el arqueólogo del INC-Chachapoyas, Manuel Malaver, no se han realizado trabajos específicos en esa región casi virgen. Esta recóndita zona fue declarada patrimonio cultural de la nación, porque hay indicios y fotos de aventureros y arqueólogos de su importancia, pero no se han realizado investigaciones ni excavaciones con nombre propio; ni se han estudiado ruinas precisas. En Chuquibamba los registros llegan a los mausoleos de La Petaca, Cabildopata (situado en las nacientes del río Utcubamba, cerca de Atuén) y el pozo de Gentil. Y, sin denunciar, pese a que es conocido por los más arriesgados, está el mausoleo de Diablohuasi (y luego, Bóveda).
El cacique Segundo Vega es el dueño de los terrenos de La Petaca y Diablohuasi, y así conoció a fines de los años 70 a Savoy. "Y yo soy testigo de las riquezas que se llevó; usted no se imagina cuánto había... la última vez que vino, la población lo botó. Por eso, teníamos miedo de que llegaran más como él, felizmente no llegó a La Torrera, lo desviamos... Y también nos daba temor de que el Estado nos expropie terrenos". Sin embargo, se animaron a dar a conocer las construcciones por la llegada de buscadores de oro. Incluso algunos han denunciado minas, y les han hecho firmar actas con engaños.
La presidenta de una asociación con aparente buena intención, llamada Rasmen, se comunicó con la historiadora limeña Maritza Villavicencio y le contó las grandezas del sitio. Y esta organizó una expedición exploratoria, a pedido de la comunidad. Hoy ella ha sido elegida por el cacique del pueblo y por la gente (que sigue temiendo por sus tierras y riquezas) la representante ante las autoridades y la empresa privada para la puesta en valor de los sitios arqueológicos. Se espera una asamblea general con el gobierno regional, el INC, el Inrena y los potenciales investigadores.
Un ejemplo de trato comunitario abierto a arqueólogos y a la cooperación internacional (que mencionan los comuneros joyinos) es el que se dio en Kunturwasi: unas ruinas con 3.000 años de antigüedad en Cajamarca, investigadas en 1988 por la Universidad de Tokio. Los japoneses dieron la administración del lugar a una asociación de los mismos pobladores, que se benefician del turismo .
Sería ideal para un pueblo al que solo se llega por trochas, está incomunicado y la posta médica más cercana se encuentra a cuatro horas. Y tiene pavor del expandido rumor sobre sus minas auríferas del tiempo inca, que ha hecho resurgir el mito de El Dorado.
Y LA MAGIA CONTINUÓ...
Era miércoles 21, a las 3:14 posmeridiano. La lluvia celosa, casi astillosa, nos sacaba de La Torrera, por sus pendientes en rampas, donde apreciábamos edificaciones rectangulares de tipo inca, de "evidente estilo imperial, de la élite", según Mondragón, junto a casas o llactas circulares, típicas de las viviendas de la cultura chachapoya. Como en Kuélap, los incas conquistaron a los 'chachas', pero no destruyeron sus construcciones, sino las ampliaron de manera sincrética.
La Torrera es un enigma emotivo, porque apuntaría a la misma dirección del mausoleo donde se encontraron más de 200 momias en la Laguna de los Cóndores (a diez horas en mula de Leymebamba). Y es una incógnita porque incluso en el actual y completo libro sobre esta cultura de Federico Kauffmann Doig y Giancarlo Ligabue, solo figuran exploraciones hasta La Petaca y Diablohuasi. (En el libro se presenta una ruina en La Joya y se alude, en una leyenda, a un sitio, Torrepucro, sin ir más allá.)
La primera estimación de la muralla perimétrica, que no da muestras de colapso, fue calculada por Mondragón en 400 metros de largo (el famoso muro de Kuélap tiene 600).
A dos horas de aquí, se encuentran las ruinas de Chanchillo, tampoco declaradas en el INC. Llegar hasta allá es otear el cerro de Teaven (dentro de este se encontrarían las ciudadelas desconocidas más impresionantes, que todavía no pudimos conocer), vislumbrar gigantescos andenes intactos y pasar por socavones mineros del tiempo inca, donde incluso habría viviendas y cataratas subterráneas. En Chanchillo se hallan construcciones de menor nivel, una muy similar a "el castillo" en Kuélap. En el camino de regreso a La Joya, por campos de zarzas, pueden verse acantilados con tumbas desconocidas, que --como en Karajía y Revash-- no han sido saqueadas por lo alto e inexpugnable de los cementerios.
A la madrugada siguiente, en la otra vertiente, lo que sería una ciudadela llamada Los Gentiles tenía cercada la entrada. Hasta aquí han llegado viajeros que no se doblegaron y, sobre todo, huaqueros. Por eso --dice Florentino Ruiz, el cuidador-- no dejan entrar a nadie. "Hace años llegaron personas que la destruyeron buscando oro". Porque lo que existiría aquí es --según el arqueólogo Mondragón-- un centro administrativo sobresaliente a 3.300 metros sobre el nivel del mar.
De entrada, decenas de llactas de piedra caliza con argamasa de arcilla y barro, que tienen un promedio de 9 metros de largo (la muralla externa del pueblo alto de Kuélap mide 11 metros con 50), en un perímetro de 60 metros; ubicadas en dos y hasta en tres pisos.
"Hay construcciones con semejanza al tintero de Kuélap", refulgía Mondragón. Pero al llegar a la cima de la montaña, pasando por un torreón --tan agotador como llegar al Wayna Picchu-- había algo todavía más impresionante: una construcción rectangular con una roca en medio, del mismo tipo del 'ushnu' de Choquequirao. La piedra ritual era espléndida: con dos rostros humanos, un pocito en el centro y diseños de canales, quizá para ritos al dios del agua --como ha estudiado Kauffmann-- y figuras de genitales masculinos y femeninos, "para cultos a la fertilidad, y también pudo ser un oráculo", según Mondragón. Luego ocurriría algo indignante; el guía Manolo Rojas no podría encontrar "la cabeza clava" que en muro equidistante vigilaba a la piedra. "Se la robaron", se encolerizaba Carlos Villanueva, otro joyino guía. (De la existencia de cabezas clavas en La Joya hay pruebas en el libro "Los chachapoya y la Laguna de los Cóndores" de Adriana von Hagen).
Fue imposible determinar quién se la llevó. Pero regresando, el patriarca Segundo Vega Rojas enumeraba: la Peña del Sol, la Laguna de la Sierpe, Los Tucos, el pozo de Pukro, Churu Churu, Perol, Caserones, Tambillopata, Gallo Gallo, Teaven... "estos sitios son igual de grandes y nadie ha llegado, lo sé desde niño, cuando me los mostró mi padre". Todo sería parte de un enorme complejo arqueológico que, sumado a los ya descubiertos, harían de esta zona entre Chachapoyas y San Martín un centro igual de fascinador que el Cusco para la historia, la arqueología y el turismo. La innegociable lluvia de estas fechas solo dejaba el viento de la palabra: "recién".