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"Los problemas aún no han terminado"

Ha revolucionado una escuela. Desde Pamplona Alta, está revolucionando el Perú. En un barrio humilde y violento, está echando raíz una luminosa semilla. Ella y su equipo la están cultivando

Por Antonio Orjeda

Ana llegó a Pamplona Alta cuando era un arenal. Maestra de escuela, vio cómo con las invasiones los cerros se comenzaron a poblar. La basura, la desnutrición, desbordaban. Llegó la violencia. Ana ganó una plaza para ser directora. Por su alta calificación pudo haber dejado el José Antonio Encinas, elegir un colegio con menos carencias, pero no. La directora Ana Quiroz se quedó y, desde Pamplona Alta, nos enseña que se puede hacer patria desde cualquier trinchera.

¿Si el sueldo --y el respeto-- de un profesor de colegio nacional es mínimo, no es absurdo ser maestro en el Perú?
Seguramente para algunos lo será, pero para mí es un privilegio ser maestra. ¿Por qué? Porque en el maestro está concentrada la gran responsabilidad del cambio del país.

Pero si lo que vemos es maestros poco preparados, que solo se dedican a reclamar.
No es el caso de todos. ¿Qué ha pasado? En el primer gobierno del presidente Alan García fueron nombradas muchas personas que no eran maestras, eso contaminó la educación. ¿Qué ha pasado durante estos últimos gobiernos democráticos? Se ha abierto una cantidad de institutos que forman a maestros sin tener el asidero técnico, se ha abierto facultades de Educación en todas partes. ¡Se convirtió en el gran negocio! Esto es lo que se ha hecho de la educación y no lo han hecho los maestros, ¡lo ha hecho el sistema!

Egresó en el 81, en el 82 llegó al Encinas. Tuvieron que pasar 13 años para que asumiera la dirección y revolucionase este colegio. Mientras, como profesora, enfrentó la mediocridad administrativa. ¿Cómo fue eso?
Un grupo de profesores veíamos con preocupación lo que pasaba: baños calamitosos, aulas que parecían cárceles; las personas no ejercían sus funciones...

Usted quería el cambio. ¿Qué era lo más frustrante?
Que nos dijeran que las cosas no se podían cambiar porque, en un mundo de pobreza, hay cosas que ya no se aprenden; como --por ejemplo-- a ser limpio.

¿Cómo revertía esa situación?
Como maestra no podía hacer nada. Un director, en cambio, tiene mucho poder... Sin embargo, con un grupo dijimos: ¡vamos a armar un comedor! Sacamos ollas de nuestras casas, pusimos dinero y empezamos a darles de comer a los niños, porque el problema era que se nos dormían en las carpetas...

¿Un maestro no gana bien, y ustedes ponían de su bolsillo? ¿Su marido tiene mucho dinero?
No (ríe)... Lo que pasa es que los maestros somos muy sensibles a los problemas de los estudiantes, ¡a ti te duele cuando tus niños no pueden responder! Empezamos el comedor y un día nos vio una ONG: cocinando, llenas de tizne. Nos tomaron fotos...

Al director no le importaba.
Siempre, cuando uno comienza a hacer algo, la gente dice: están soñando. Pero esas fotos llegaron a Suiza, donde los niños de una escuela hicieron una actividad y nos mandaron mucho dinero. Mil quinientos soles eran --al menos para nosotros-- muuucha plata; y con eso se compró ollas, cocinas, platitos que hasta ahora tenemos.

En el 95 se abrió el concurso nacional de plazas para directores. Usted, por haber quedado entre las primeras, podía elegir. ¿Por qué eligió el Encinas? Para entonces este ya era un barrio violento, la infraestructura no era la mejor y era obvio que no iba a tener mayor respaldo estatal.
Cuando llegué acá como maestra, la pobreza, la falta de dirección, el desánimo y toda la situación en la que la escuela estaba envuelta me hicieron decidir: yo tengo que regresar, y como directora ¡tengo que dar todo lo que no pude como maestra! Yo me sentía muy agradecida con este colegio que no me había dado dinero pero sí mucha experiencia, mucho conocimiento de la vida porque ¡aquí está la vida!

Y aunque parezca absurdo, empezó su revolución por los baños.
Porque era un espacio en que los chicos sufrían mucho. Yo veía sus caritas. Jamás vi a un director entrar a los baños: eran impasables, había que poner ladrillos para poder entrar...

El piso estaba lleno de orines.
Y de heces. No había tachos y el director prefería no ver. Entonces dije: los baños son un problema nacional, y tracé una estrategia.

Les devolvió el respeto a los trabajadores de limpieza.
Los llamé. "¿Por qué la escuela está así?". Manifestaron ser la última rueda del coche, que eran tratados como los sirvientes de la escuela... Hablamos sobre sus funciones, cómo debían ser tratados y cuál era la nueva política de la dirección. Yo he recibido todo el apoyo de los profesores, de los trabajadores administrativos, de los padres de familia; y el respeto de los alumnos. Aquí todo está al servicio de todos, nuestra gestión es abierta, democrática, participativa. Nosotros tenemos un directorio en el que los niños toman las decisiones.

Ellos mismos decidieron cambiar el uniforme del colegio.
Dijeron: ya no queremos ese uniforme plomo tan horrible; y crearon su propio uniforme. Reunieron más de 500 firmas y se aprobó. ¡Decidieron ponerse corbata! ¿Sabe por qué? Porque dicen que así se ven decentes.

Les ha devuelto la autoestima.
Todos los trabajadores de la escuela se las hemos devuelto.

¿En sus 12 años de directora, de qué se siente más orgullosa?
De los estudiantes. ¿Sabe qué? Ellos no tienen policías escolares, no tienen brigadieres. Ellos han asumido su cuidado personal, saben qué es bueno y malo.

Pero eso ocurre aquí, fuera de estas paredes su entorno sigue siendo de violencia, pobreza...
Los problemas aún no han terminado. El problema de la educación no es de las escuelas, es del sistema. ¿Cuánto se invierte en educación? Por eso nosotros tenemos que hacer reciclaje --juntamos botellas, cartones-- para poder generar los recursos que la escuela necesita.

¡Usted ha conseguido un consultorio dental y una farmacia!
Sí, tenemos convenios y alianzas con Cáritas, con Manuela Ramos, la Defensoría del Pueblo e instituciones financieras. Tenemos excelentes chicos --desde primer grado hasta quinto de secundaria-- ¡que luchan por los derechos de los niños!

Usted llega a las 7:20 a.m. y se va con el turno de la tarde.
A las 7 de la noche.

¿Y su familia?
Mi esposo falleció hace 17 años y, mis hijos, ya cada uno tiene su vida hecha.

Hoy este modelo de escuela se replica en 180 colegios del país. O sea que sí vale la pena ser maestro en el Perú.
En el 2002, los ministerios de Educación y de Salud seleccionaron a esta escuela como modelo de estrategia aplicada en salud, se dio una norma que autorizaba a replicar esta experiencia. A raíz de eso he viajado y replicado en el Cusco, Ayacucho, Huancavelica, Piura, Cajamarca, Lima...

Ahora incluso vienen profesionales del extranjero para aprender de esta experiencia.
Como en EE.UU. tienen tantos problemas de violencia, hemos tenido muchas visitas y se han quedado sorprendidos. Estos chicos son muy juguetones pero también muy respetuosos: saben que la hora de clase es la hora de clase; y los visitantes han recogido las estrategias metodológicas de nuestros maestros.

¿Es cierto que las autoridades le caían de sorpresa porque no creían que su modelo fuese real?
Después de una exposición en Cajamarca, un funcionario del Banco Mundial me dijo que conocía Pamplona y que lo que yo había contado parecía una fantasía. "Vaya, yo lo espero", le dije; y un día inesperado, apareció con toda una delegación. Les mostré mi propuesta de trabajo curricular. Al mes viajé a Washington para exponer sobre prácticas en salud. Conocí a gente que trabaja este enfoque en otros países. Me los traje, aquí hemos diseñado estrategias de intervención.

Usted le ha puesto la cosa fácil al Ministerio de Educación: ha demostrado que con poco se puede hacer mucho.
Sí. ¿Pero qué es lo que estoy dejando de hacer? A mí me gustaría estar mucho más tiempo con los muchachos, sentarme con ellos, atender sus casos personalmente, ¡sería mucho mejor! Pero qué pasa: tengo que usar mi tiempo en salir de mi escuela para buscar donaciones: libros, materiales... ¡Yo debería estar con los chicos!

¿Qué es lo más bacán que le ha dicho un alumno?
"Nunca te vayas"... y yo digo ¡gol! (ríe)...

LA FICHA
Nombre: Ana Bertha Quiroz Ballón.
Colegio: La primaria, en el 680, de mujeres. Terminó en la G.U.E. San Juan, ambos en San Juan de Miraflores.
Estudios: Profesora licenciada en Psicología y Geografía de la Universidad Enrique Guzmán y Valle La Cantuta.
Edad: 52 años.
Cargo: Directora del Colegio Nacional José Antonio Encinas y una de los 32 emprendedores sociales peruanos de la organización mundial Ashoka.

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