Rincón del autor
Por Jaime de Althaus Guarderas
Fujimori debió ser juzgado por el golpe del 5 de abril, por ese segundo golpe --esta vez a su propia Constitución-- que fue su postulación a la re-reelección, y por lo que hizo para conseguir ese objetivo: montar un aparato de control político y policial que sojuzgó a las instituciones constitucionales y a parte importante de la prensa y creó la cobertura para el robo de cientos de millones de dólares.
Pero a muchos, sobre todo a nivel popular, les resulta difícil entender que sea encausado por presuntos delitos vinculados al logro más importante de su gobierno: la derrota del terrorismo, la pacificación del Perú. No se entendería cómo la persona que condujo la estrategia que liberó al país del terror cruel y mortal de Sendero Luminoso, sea condenada a muchos años de prisión por hechos ocurridos en esa lucha. Su condena aparecería a ojos de la población como una victoria moral o tardía de Sendero Luminoso. Algo incomprensible y profundamente desalentador.
Menos aun --y esto es lo fundamental-- cuando la estrategia que se aplicó a partir de 1990 y que derrotó a Sendero fue, lo hemos dicho muchas veces, fundamentalmente respetuosa de los derechos humanos, porque se basó en la alianza con los campesinos y no en su exterminio (como había sido en cierta medida hasta 1989), y en inteligencia policial en las ciudades, capturando y no eliminando a las dirigencias. ¡Eso fue lo extraordinario, la lección que el Perú podía darle al mundo! Se derrotó a Sendero a partir del momento en que el Ejército ingresó a las comunidades con alimentos, asistencia médica y pequeñas obras, y con armas para las rondas campesinas. En ese momento los propios comuneros empezaron a señalar a los senderistas. Y se capturó a sus dirigencias gracias al trabajo fino de la Dincote, que sí recibió, a partir de 1992, mucho más presupuesto.
No obstante, el fiscal supremo José Peláez Bardales, en su acusación, sostuvo que hubo dos estrategias: una oficial, precisada en las directivas, y otra secreta y clandestina, cuyo objetivo era la eliminación física de los presuntos subversivos, para lo cual se conformó el grupo Colina.
Lo que puede afirmarse con certeza es que esta última estrategia no fue la que llevó a la derrota de la subversión. No fue, en realidad, una estrategia propiamente dicha. Consistió en acciones paralelas y focalizadas que solo tuvieron algún impacto en el valle del Mantaro y que produjeron los crímenes repudiables de La Cantuta y Barrios Altos. Fueron acciones inorgánicas, extrañas al curso esencial de la estrategia ganadora, que fue ganadora precisamente por inteligente y respetuosa de los derechos humanos.
Fujimori debe ser procesado por todas las razones arriba mencionadas, pero lo que no podemos hacer es desconocer el valor de una estrategia que funcionó gracias a que puso en operación conductas que resolvían nuestras taras históricas al juntar a criollos y andinos en una alianza que suprimió desprecios y desconfianzas, y al usar la inteligencia en lugar de la fuerza para las capturas importantes. El Perú venció cuando cerró sus brechas y superó sus atavismos.
Si queremos incorporar esas conductas y valores en nuestra cultura cotidiana para dar el salto cualitativo a una sociedad de derechos, debemos levantarlas como ejemplares en lugar de hacer todo lo posible por taparlas.
El fiscal supremo sostuvo que hubo dos estrategias: una oficial y otra secreta y clandestina. Pero no fue esta última la que llevó a la derrota de la subversión