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SUPERCOOL Y RETRATO DE UNA PASIÓN

Humor y marginalidad

Por Ricardo Bedoya

Supercool es una comedia inusual, como lo fue, hace pocas semanas, Ligeramente embarazada. A primera vista parecería una secuela de Porky's o de American Pie, con las que comparte el género. Aquí también hay estudiantes obsesionados con el sexo y dispuestos a vivir juergas dignas de una concentración futbolística. Pero no sólo es eso.

Supercool, de Greg Mottola, es una comedia irregular pero con momentos muy buenos, que siempre va al grano. Mientras avanza, se hace cada vez más absurda y delirante mientras los personajes se revelan complejos y atractivos. Se habla de tetas, penes y vaginas durante dos horas, en diálogos que acaban siempre en remates ingeniosos que sirven a un relato que cuenta la odisea de tres amigos, marginales y perdedores desde el saque, menores de edad, que necesitan comprar licor para lograr su gran noche de seducción.

A estos "nerds" no les sale nada bien y su recorrido nocturno es, por un lado, divertido pero, por otro, angustioso, casi una pesadilla que recuerda, por momentos, After Hours, de Scorsese. Suman desencuentros con personajes fronterizos, neuróticos, violentos, infantilizados (los policías; el chofer acosado; los personajes de la fiesta; seductoras con vagina dentada) y se enfrentan con situaciones absurdas, agresiones, cuadros de impotencia, imposibilidades, actos fallidos.

Al amanecer, los muchachos se declaran su mutuo amor masculino y dan trámite al duelo por esa amistad adolescente que acabará muy pronto. Un personaje formidable, McLovin (Christopher Mintz-Plasse), y una notable selección de súper falos dibujados en los créditos de cierre (felizmente no los cortaron).

RETRATO DE UNA PASIÓN
Retrato de una pasión (Fur) narra un episodio imaginario en la vida de la fotógrafa norteamericana Diane Arbus, a partir de detalles proporcionados por su biógrafa Patricia Bosworth. Episodio que busca ilustrar el origen de la fascinación del ama de casa, luego famosa fotógrafa, por lo extraño, lo marginal, lo deforme, lo anómalo, lo insólito. La cinta quiere ser, pues, el relato ejemplar y el cuento alegórico, la explicación perfecta y redonda del encuentro casual que llevó a una ama de casa de los años cincuenta a convertirse en una artista perturbadora.

El problema de la película es que se presenta a la Arbus casi como un arquetipo de la mujer sometida de la era Eisenhower, como una Jane Wyman fascinada por las turbulencias de una relación adúltera sacada de un melodrama de la Universal dirigido por Douglas Sirk, o acaso una infantil y temblorosa Alicia que de pronto se ve tentada a pasar al otro lado del espejo. Nicole Kidman no tiene nada de eso, y su presencia es un error de cast evidente. Ella es una estrella que tiene la conciencia de su capacidad como actriz notable, pero que a veces juega a ser Bette Davis. La mirada fija, las cejas arqueadas, la tensa seriedad de Nicole le dan a Diane, desde el inicio, un aire patético y grave que no da cuenta de la transformación decisiva.

Diane escapa de su jaula para visitar al misterioso hombre que llega a vivir cerca, al vecino enmascarado. Empieza entonces la fábula de la bella visitando a la bestia. Hay misterio en la atmósfera del lugar, en los tonos ocres de la fotografía, en el lado laberíntico y recargado de los espacios y las escaleras, en las vendas o máscara que cubren al hombre enclaustrado, en la fantasía exhibicionista que genera en Diane, en la posibilidad del juego masoquista que ronda por la cabeza de la mujer al acercarse al vecino. El director Steven Shainberg, el de La secretaria, crea en la parte central de la película un juego ritual que tiene costados perversos: el de los acercamientos furtivos y los riesgos que toma Diane al salir de su mundo seguro, a cambio de placeres que no conoce.

Pero cualquier inquietud queda allí. Una vez que el enmascarado se descubre y Diane toma el baño ritual, la historia de la bella y la bestia se convierte en una interminable clase de autoayuda. Diane aprende a conocerse y las lecciones de vida son tantas como los pelos que cubren el cuerpo de su maestro. El ser misterioso, el monstruo, el marginal, el anómalo, deja de ser un personaje interesante cuando la película cambia el clima fantástico por un romanticismo más bien ramplón.

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