EL ARTE POPULAR PERUANO EN NAVIDAD
Acaba de aparecer Manos peruanas, un libro que ha demandado cuatro años de gestación y que es una especie de recorrido gráfico por la artesanía peruana de los últimos quince años, aquellos artistas populares anónimos que ganaron el Premio Nacional Inti Raymi, y cuyos trabajos tienen más que un valor estético, son un registro documental de vidas y sueños en los distintos pueblos del país.
Fue José Sabogal, ese representante del indigenismo de la primera etapa del siglo veinte, quien hizo conocer en Lima las obras del cusqueño Hilario Mendívil. En uno de sus viajes a dicha ciudad, Sabogal había visto en una tienda de la Plaza de Armas unos reyes magos de cuellos alargados, rasgos finos y mirada profunda. Preguntó de quién eran esas obras y le dijeron que de un anciano muerto en las alturas. Quedó maravillado con las figuras, las compró, las trajo a Lima, las pintó y regaló las pinturas entre sus amigos indigenistas. El nombre de Hilario Mendívil se hizo entonces conocido. Después se enterarían los indigenistas de que Mendívil no había muerto y que no era ningún anciano, sino un joven imaginero que con el tiempo influiría de manera notable en la producción del arte popular. Hoy su esposa, sus hijos y nietos siguen la tradición en la plazuela de San Blas en el Cusco. Esta anécdota que abre este magnífico libro de arte popular es una demostración de lo difícil que es para un artesano ser reconocido por su trabajo en un país como el nuestro. Y mucho más en el momento en que surgió la mayoría de los artistas populares que aparecen en este trabajo, una generación posterior a la de los grandes maestros como Mendívil, Tineo, Pizarro, Mérida, una generación desarraigada, nacida en medio de la violencia terrorista, que llegó a Lima a finales de los ochenta e inicios de los noventa huyendo de la guerra. Ellos se agruparon en Lurín, en Puente Piedra, en la carretera central, y formaron grupos de artesanos, que entonces comenzaron a ser apoyados por la Asociación Civil Inti Raymi, gestora de este libro y del Premio Nacional de Arte Popular.
"Llegaron maestros que mezclaron sus técnicas, ceramistas, retablistas, tapiceros. El hecho de convivir en la necesidad los hizo enriquecer sus trabajos. Mientras en Ayacucho vivían en barrios específicos, como San Juan Bautista que era de los retablistas, Santa Ana de los tejedores, Quinua de los ceramistas, aquí en Lima se establecieron juntos, intercambiaron sus técnicas, y el choque que significó para ellos la ciudad los hizo cambiar, y fueron creando otro tipo de arte", dice Orlando Vásquez, autor de este volumen que reúne los trabajos de alrededor de 90 artesanos, todos ellos ganadores del Premio Nacional de Arte Popular Inti Raymi en sus catorce ediciones.
"Lo que nos propusimos -dice Vásquez- al crear el premio fue poner en valor el arte popular en el Perú y presentar al nuevo artista popular que entonces no tenía ningún tipo de reconocimiento. Maestros como Leoncio Tineo, Arturo Pizarro tenían renombre en sus pueblos, pero cuando venían a Lima no tenían canales de llegada, la sociedad se interesaba muy pocos por ellos, en contraste con otros países como México, donde los artistas populares están incluidos dentro de la sociedad. Si estos grandes maestros no eran conocidos, menos aún los nuevos. La ciudad les daba la espalda y cuando uno quería mostrar algo de un artista ayacuchano surgía inmediatamente el tema del terrorismo y se cerraban las puertas. Otro prejuicio venía de la academia que solo valoraba el arte occidental y solo consideraba artistas a quienes salían de las escuelas de bellas artes, algo que en muchas partes del mundo ya se superó. En realidad estas obras recogen la vida de estas personas, muchas de las cosas graves que han sucedido en Ayacucho han quedado plasmadas en retablos, ver esto es como recopilar de una fuente directa".
SÍMBOLOS RELIGIOSOS
Si algo caracteriza al premio Inti Raymi es que siempre se ha entregado en los días previos a la Navidad. Y los artesanos, sobre todo retablistas y ceramistas, han utilizado esta celebración y otros motivos religiosos como tema de sus obras, en realidad un curioso sincretismo que les permite utilizar toda la simbología católica para expresar sus propios problemas.
En la Huida a Egipto (1999) Arístides Quispe retrata su propia huida del Ayacucho destruido por la violencia. Junto a él van su esposa, sus hijos, su llama con sus carneros, su gato, su retablo y su chancho. Sabino Tupa, ceramista cusqueño, ganador del Premio Inti Raymi en 1998, hace trabajos religiosos desde los 13 años. La religiosidad serrana es muy fuerte, dice, y una de las imágenes que más representa aparte del Nacimiento es el Taita de los temblores de su ciudad natal. "Utilizo como sustento troncos retorcidos con los cuales hago mis cristos, la forma del tronco y la flexibilidad me dan el perfil de la imagen", dice. Después agrega: "Todo está en la mente, para trabajar el barro yo empiezo por los pies y termino por la cabeza, porque la base está en los muslos y el cuerpo. A veces me dicen que mis cristos se parecen a mí, pero yo los hago sin tener ninguna imagen como referencia". Este es el libro de los Quispe, los Tupa, los Sánchez, los Orccopasa, los Orellana, los Aller, los Estrada, los Huamán, los Valles, los Hurtado, nuevos maestros artesanos, cuyas obras cargan historias personales, frustraciones y vivencias. Y, como dice Sabino Tupa: "Gracias a este libro mi nombre queda escrito para la eternidad". (JPL)
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Manos peruanas. Arte popular peruano Orlando Vásquez.
Fotografías: Renzo Ucelli, Fernando Olivera, Gary Weeks, Hans-Jürgen Rau, Heinz Plenge.