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UN NUEVO SIGLO DE ORO

Ochenta años del grupo del 27

Por Julio Teodori de La Puente

Afirmar que el Grupo poético del 27 es una de las fases capitales de la lírica hispana no es novedad. Sin embargo, no estaría de más reiterarlo, ya se está celebrando ochenta años del trascendente elenco lírico que, en insólitos términos, conjugó los afanes estéticos de la poesía pura, la innovación vanguardista y la tradición poética española.

Pedro Salinas, Vicente Aleixandre, Jorge Guillén, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre. La sola enumeración de de estos miembros del 27 da cuenta de sus magnitudes creativas y, sumados estos a sus brillantes antecesores poéticos, como Antonio Machado, Miguel de Unamuno o Juan Ramón Jiménez, podríamos hablar, también, de un nuevo Siglo de Oro para la poesía española.

GRUPO Y NO GENERACIÓN
Tan singular brote de talentos suele ostentar sin embargo una designación discutible, la de "Generación del 27". De seguir criterios fiables, se verá que el concepto "generación" no es aplicable en este caso, al menos en términos literarios.

En primer lugar, consta lo meramente cronológico, pues resulta bastante amplia la diferencia de edades entre Salinas (1891) y Altolaguirre (1905). Por consiguiente, no en todos los miembros hubo asimilaciones realizadas en un mismo horizonte de experiencias, lo que a fin de cuentas se traduce en perspectivas no siempre afines.

Se añade a ello la diversidad de posturas ideológicas o políticas de los poetas del 27, quienes, aún profesando posiciones conservadoras, comunistas o liberales, persistieron en el cultivo invariable de la amistad y el aprecio mutuos. Otro punto que dificulta el uso de la membresía "generacional" es la ausencia de pautas o modelos establecidos para guiar lo específico del quehacer creativo, ya que ninguna poética en particular fue privilegiada ni se auspiciaron fórmulas que rigieran la escritura de cada quién.

Ofrece mayor pertinencia denominarlos, entonces, Grupo poético del 27 y no generación, pues fue llamada así por un hecho significativo: los trescientos años de la muerte de Góngora, el 23 de mayo de 1927, que supuso el redescubrimiento y puesta en valor de autores de la lírica clásica española.

Esa revaloración no se produjo por adscripción a esas poéticas, sino por la necesidad de identificación con las fuentes de la literatura hispánica. De allí que el panorama de intereses se extendiera, luego del homenaje a Góngora, a la mayor parte de figuras del Siglo de Oro, del Renacimiento o del denominado Romancero. Vale acotar que algunos artífices del 27 promovieron la difusión y el estudio crítico de los clásicos españoles; en ese sentido, la erudita labor de Dámaso Alonso fue fundamental.

TRADICIÓN E INNOVACIÓN
El Grupo del 27 no impuso rupturas con la tradición y sus vertientes, lo que resulta inusual en la historia de los movimientos literarios modernos. Fluyeron pues, en el mismo cauce, tradición e innovación, un reconocible binomio de la creatividad del 27; mas no el único. Un notorio contraste se daría también entre la veta artística asumida como "culta" y la "popular", las que lograron coexistir sin fricción alguna. Ciertas densidades de Guillén ("¡Oh violencia de revelación en el viento/ Profundo y amigo!") o la recurrente práctica hermética de Aleixandre ("Las plumas de metal,/ las garras poderosas,/ ese afán del amor o de la muerte,/ ese deseo de beber en los ojos con un pico de hierro,/ de poder al fin besar lo exterior de la tierra,/ vuela como el deseo...") demuestran la inmersión en el filón culto. Lo popular echó más bien raíces en parte de la simplicidad diáfana de Alberti ("Virgen de la Macarena/ mírame tú cómo vengo,/ tan sin sangre que ya tengo/ blanca mi color morena") o en aquel "duende" de espontaneidad que moraba en el temperamento de Lorca ("Juan Brevia tenía/ cuerpo de gigante y voz de niña./ Nada como su trino./ Era la misma pena cantando/ detrás de una sonrisa").

OTRAS FIGURAS DEL COMPROMISO
Otro antagonismo resuelto por el grupo del 27 tiene que ver con las relaciones entre el escritor y los problemas de su tiempo. Como es sabido, este ámbito lo niegan o lo afirman las tomas de posición: los del 27 afrontaron también esa disyuntiva, que atravesó por una evolución, individual primero, de grupo después. Ya en sus inicios, el conjunto había centrado su interés en la elaboración de textos que, según rigurosa sujeción a orientaciones y pautas formales, descartaban todo lo que no se aplicase a la eficaz consecución de la belleza (la llamada "autonomía del poema").

Dicho afán de "poesía pura" se reconocía bien en la obra de Juan Ramón Jiménez, mentor e influencia decisiva de los nuevos poetas. Entendían éstos que, a partir de la realidad dada, el poeta podría configurar una realidad aparte, cifrada en la metáfora y la imagen.

Hacia 1931 Antonio Machado dirá, con cierto recelo: "Me siento algo en desacuerdo con los poetas del día. Ellos propenden a una destemporalización de la lírica, no sólo por el desuso de los artificios del ritmo, sino, sobre todo, por empleo de las imágenes en función más conceptual que emotiva".

Uno de los poetas fundamentales del siglo advertía entonces riesgos y falencias en ciertas prácticas de los del 27. Y es que a pesar de sus logros, esas preceptivas en pro de la belleza -y sus respectivos frutos- no necesariamente buscaban consonancia con los problemas de la condición humana, algo que sí se constata en la más alta poesía. No obstante, lo acontecido desde 1936 abrieron el camino hacia una nueva percepción de la realidad desde la poesía.

Al comenzar la Guerra Civil, un aciago evento ha de encararse: el asesinato de Federico García Lorca. La asimilación de ese golpe funesto lo refiere con intensidad Cernuda: "Ni siquiera podíamos pensar que un día lo fijase la muerte en un gesto definitivo. Estaba tan vivo, estremecido por el vasto aliento de la vida, que parecía imposible hallarlo inmóvil en nada, aunque esa nada fuese la muerte". Mas el absurdo fin de Lorca sólo sería el preludio de lo que se avecinaba.

La guerra y su trágico balance marcaron la personalidad de los poetas, quienes debieron enfrentar una obligada dispersión. Distancia y destierro serán las circunstancias nuevas; de ahí en adelante los del 27 profundizan en una vertiente de temas mucho más sentidos: el dolor, la finitud y la soledad, la muerte.

RUMBO EXISTENCIAL
Luego de la diáspora del grupo, la maestría prematuramente adquirida se aviene al tratamiento de ámbitos existenciales. Son ejemplos claros de ese camino creativo Sombra del paraíso (1944) de Aleixandre, Hijos de la ira (1944) de Dámaso Alonso, Desolación de la Quimera (1964) de Cernuda. A esos textos de plena madurez pueden anexarse anteriores libros (canónicos se diría hoy, por sus niveles sumos): Poeta en Nueva York (1927) de García Lorca, Cántico de Guillén (1928), Sobre los ángeles (1929) de Alberti, La voz a ti debida (1933) de Salinas, La destrucción o el amor (1935) de Aleixandre, La Realidad y el deseo (1936) de Cernuda. Tal sería un listado que podría señalarse, acaso con justicia, como incompleto; empero, ningún lector que se vincule a esas obras podrá obviar sus perdurables y originales fulgores.

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