LA NUEVA NOVELA DE ROBERTO REÁTEGUI
Roberto Reátegui es el editor del noticiero de la mañana de América Televisión. Pero también es el escritor que disciplinadamente se ha creado un espacio para pergeñar sus libros. Reátegui acaba de publicar su segundo volumen, Retro (Alfaguara, 2007), una intrigante novela que tiene como personaje a un periodista que de manera casual se involucra en el secreto de un amigo muerto. El descubrimiento llevará al personaje a cavilar sobre el amor y lo legítimo que son los sorprendentes límites de la vida humana. Roberto Reátegui es el editor del noticiero de la mañana de América Televisión. Pero también es el escritor que disciplinadamente se ha creado un espacio para pergeñar sus libros. Reátegui acaba de publicar su segundo volumen, Retro (Alfaguara, 2007), una intrigante novela que tiene como personaje a un periodista que de manera casual se involucra en el secreto de un amigo muerto. El descubrimiento llevará al personaje a cavilar sobre el amor y lo legítimo que son los sorprendentes límites de la vida humana.
Por Enrique Sánchez Hernani
¿Tú decidiste ser periodista para estar más cerca de tu sueño de ser escritor?
-Creo que sí. Siempre trabajé en televisión y entré como redactor del noticiero hace unos veintiséis años. En esa época el texto valía más de lo que vale ahora y entonces yo escribía mucho más.
Sé que estudiaste Comunicaciones pero, ¿nunca te asaltó la idea de estudiar Literatura?
-Sí, pero había el típico reparo: "¿de qué voy a vivir?". Entré a Comunicaciones porque estaba de moda. Era la segunda mitad de los setentas. Entonces había una buena gama de posibilidades de hallar chamba. Con Literatura eso era un sueño.
¿Cómo diste el paso del periodista al escritor?
-Yo escribía desde adolescente, cosas que no valían la pena en su momento, pero siempre cuentos. Recuerdo que me quedaba con la máquina de escribir de mis papás, encerrado en el escritorio, escribiendo hasta la madrugada. Lo hacía desde los once años. Ya a los 18, en la universidad, uno agarra la onda más en serio.
¿Siempre hiciste periodismo y literatura?
-Exacto. Ya cuando estuve en la tele, seguí trabajando mis cuentos. Nunca me animé por cosas de largo aliento, salvo cuando estuve en la universidad. Escribí algo muy malo y lo boté.
¿Tenías un modelo de escritor?
-Dependía mucho de las modas. En esa época yo seguía a Cortázar, a Borges. Leí mucho a Camus y Sartre. Tenía una mezcolanza en la cabeza. Dependía mucho de lo último que hubiera estado leyendo para sentir esa influencia.
¿Nunca te reuniste con otros escritores?
-No. Le enseñaba mis escritos a muy poca gente. Recién me animé a mostrar algo cuando se produjo el primer concurso de Caretas, para probar. Me presenté durante cinco o seis años; tuve suerte: saqué cuatro menciones honrosas.
¿Sentías que ya eras un escritor?
-No, no. Sentía que debía hacer algo, pero nada más. No tenía ninguna idea clara al respecto porque nunca estuve cerca, ni entonces ni ahora, del ambiente literario.
¿Qué es lo que sentías?
-Creo que es un vicio muy fuerte lo que yo tengo. Empecé a leer desde muy niño, en los chistes de la época. En mi casa se leía bastante. Mi hermano mayor llevaba libros a la casa y yo los leía antes que él.
¿Qué fue lo más difícil de decidir ser escritor, educar la inventiva o adecuarte a los horarios demandantes de tu trabajo?
-El tema de los horarios y la disciplina. Como no lo consideras un trabajo y no tienes quién te esté vigilando, es muy fácil romper la disciplina. Yo tomé en serio la cosa cuando me di cuenta de que me estaba haciendo una disciplina. Aunque no tuviese nada que escribir estaba sentado primero delante de la máquina de escribir y luego delante de la computadora. A ver qué salía.
Tú tienes unos horarios terribles, ¿no? Te levantas de madrugada.
-Sí, me levanto a los dos y veinte de la madrugada y tengo que estar a las tres y media en el canal, hasta las dos de la tarde. De allí regreso y almuerzo. Antes leía a esa hora, pero me di cuenta de que no estaba lúcido, por la baja concentración. Ahora hago una siesta. Después me ducho y me pongo a escribir por dos horas y media. Luego vuelvo a las noticias o voy a ver a mis hijos.
¿Cuánto tiempo has hecho esa rutina?
-Los últimos seis años, pues la disciplina la he desarrollado recientemente.
¿No es demasiado esfuerzo?
-No, yo me divierto. A veces te frustras porque salió algo que no valía la pena, pero escribir es un placer que se convierte en un vicio y una necesidad. Y hay que hacerlo todos los días, de lunes a viernes. Los sábados rompo la rutina. Pero los domingos no puedo escribir; voy al cine o salgo de Lima.
¿Y la lectura?
-Eso sí no lo he dejado. Leo bastante. Y ese es uno de los problemas que tengo con el sueño. De noche, cuando debiera dormir, me quedo leyendo. Es una cosa que arrastro desde chico. Si no leo un día no voy a decir que siento culpa, pero a veces no puedo dormir.
¿Has adquirido alguna manía de escritor? ¿Cargas libretitas?
-No. Si tengo algo que anotar, agarro una servilleta, una tarjeta o algún papelito que tengo en el bolsillo.
¿Qué cosa es lo que más buscas?
-Personajes. Y por allí, siempre se necesita algo que dispare el gatillo, que para mí es una imagen, la que desencadena la historia. Luego puedo escribir una cosa que no tiene nada que ver con eso, pero siempre necesito esa primera imagen.
¿Qué escritores prefieres y por qué razón?
-En español, Javier Marías. Es un escritor fundamental, por su manejo del idioma y la singularidad de sus temas. Son como historias en cámara lenta. Y de los norteamericanos actuales, Philip Roth.
¿Qué libros has adquirido últimamente?
-He comprado Noventa y tres, de Víctor Hugo. Luego el último libro de Marías, que me lo trajeron de afuera. A Doris Lessing para descubrirla; no la conocía. Y luego algo de Bolaño, para reencontrarlo; yo lo había leído hace muchos años, antes de que muriera.
¿Lees a los periodistas-escritores, a Kapuzinski, Villoro, Caparrós, Lee Anderson?
-A Caparrós y Villoro sí, a Kapuzinski no, y no sé por qué, no quiero leerlo, así de franco te lo digo. Sé que lo recomiendan en las facultades de Comunicación como el gran modelo, pero no. Obviamente es un prejuicio, pero no me atrae. Aunque ando con los ojos abiertos.
¿Y de los autores peruanos recientes quiénes te parece más interesantes?
-Sí. Alarcón, de los nuevos, me parece el mejor. Me gustaron más sus cuentos que la novela. De Roncagliolo solamente he leído Abril rojo; me parece que tiene buen dominio de la técnica, sabe atraparte.
¿Eres de los escritores que se irían a una isla, a escribir mirando el mar?
-Nooo, me vuelvo loco. Yo tengo que vivir en una esquina llena de autos y de bulla, y salir y encontrar gente. Necesito mucho movimiento. Si me invitan por el fin de semana a un pueblito, el silencio de la noche no lo aguanto. Necesito la noche con ruido. No sé a qué se deberá.
En todo caso pedirías una librería cerca.
-No solo librería, sino gente, movimiento. Solo no puedo.
¿Cuánto tiempo te demoró escribir esta última novela?
-Escribir me tomó ocho meses, de corrido, con trabajo diario. Y he acabado una tercera que espero publicar el próximo año, que también me llevó ocho meses. Luego la revisión y corrección, las relecturas, es un proceso aparte, que me llevó unos cuatro meses más.
¿Te peleas con tu editor?
-A veces no nos hemos puesto de acuerdo, pero trato de no discutir. Los editores tienen, con todo derecho, su punto de vista particular. Probablemente quieran simplificar las cosas. No sé cuál es su posición. Y uno trata de defender su texto original.
¿Qué sugerencias has admitido y cuáles no?
-Esta última vez, muy pocas. Por ahí quité algunas cosas superfluas, digresiones inútiles. En el primer libro sí reescribí todo el comienzo, porque estaba medio enredado.