Una biografía navideña
Los primeros regalos de Navidad de los que se tiene noticia fueron los entregados por los Reyes Magos en el pesebre en que nació Jesús. Sin embargo, la asociación entre la Navidad y la entrega de regalos tendría lugar muchos siglos después, con la aparición de San Nicolás, patrono de mil y un oficios y, sobre todo, un hacedor de proezas, maravillas y milagros que acabó transformándose en Papá Noel.
La imagen que todos conocemos de Papá Noel, la del gordito bonachón y de largas barbas blancas que por arte de magia conduce un trineo volador tirado por renos y va por el mundo repartiendo regalos le debe poco, en realidad, a su antecesor, San Nicolás, obispo de Myra (en la actual costa de Turquía), que vivió en el siglo IV d.C. Aunque los Reyes Magos fundan la costumbre de asociar la fiesta navideña con la entrega de regalos, el hábito de regalar se convertiría en una tradición más sólida recién a inicios del siglo XII, cuando San Nicolás -por entonces uno de los santos más poderosos en el calendario de la Iglesia- es reconocido como la figura mágica encargada de los presentes. Por otra parte, la instauración de la fiesta navideña tiene singular importancia para la historia de la Iglesia, en la medida en que sirvió para reemplazar una serie de celebraciones paganas, que descendían de las calendas y las saturnales, vestigios de la Roma imperial que aún latían en el Imperio Bizantino. Pese a ello, la algarabía y la excitación propias de estas fechas no siempre fue bien vista y hubo voces discordantes que criticaron, desde el mismo seno eclesiástico, el rumbo que tomaba la Navidad.
SAN NICOLÁS: LA LEYENDA
Venerado en todo el Mediterráneo, San Nicolás era un obrador de milagros y tenía, entre otros dones, el del vuelo y el transporte mágico y no discriminaba entre creyentes o no creyentes al momento de ejercer sus poderes. Una de las leyendas sobre él cuenta lo siguiente: Un hombre, padre de tres hijas, se hallaba desesperado porque no tenía recursos para las dotes de sus hijas, razón por la cual decide venderlas como esclavas. Enterado del asunto, San Nicolás apareció secretamente en la casa de este desdichado durante tres noches seguidas, dejando, en cada visita, una bolsa llena de oro.
Hay otra historia, un punto más escalofríante, que lo tiene como protagonista de una maravilla. El dueño de una posada había matado -vaya uno a saber por qué- a tres estudiantes jóvenes y, no contento con ello, había usado algunos pedazos de sus cuerpos para preparar un guiso. San Nicolás, que a la sazón se hallaba en el lugar, detectó el problema y, sin más, hizo el milagro: devolverle la vida a los tres jóvenes, salvándolos de su escabechado destino. Pero no solo eso. El santo perdona al asesino -quien agobiado por la culpa le había confesado su delito- y lo premia, dando a su mujer, que era estéril, el don de la fecundidad. Este episodio, dicho sea de paso, se convirtió en un frecuente motivo pictórico de diversas escuelas de pintura clásica.
San Nicolás, pues, era un santo poderoso y admirado. En 1087 los restos de San Nicolás fueron secuestrados, lo que acrecentó más su prestigio en el santoral. De sus restos se decía, entre otras cosas, que exhudaban mirra. Los restos del santo descansaban en San Marcos de Alejandría y como la ciudad estaba ya en manos de los turcos, varios grupos de cristianos se vieron tentados de organizar expediciones para llevar los santos despojos a territorio católico. Así, unos mercaderes del puerto de Bari (Italia) llegan a la antigua Myra y, en las narices de los musulmanes, rescatan los restos. Hubo algo, según la leyenda, que facilitó la operación: que sus custodios, unos monjes ortodoxos, habían sido puestos sobreaviso por el propio San Nicolás, a través de un mensaje en el que expresaba su voluntad de abandonar Myra.
De esta forma, San Nicolas fue enterrado en Bari. Y como ya se sabe que una leyenda engendra a otra, los venecianos, envidiosos, decían que los restos del santo descansaban en realidad en algún lugar de la ciudad de los canales. Y en Myra se decía, en tanto, que los restos entregados no eran los de San Nicolás.
UNA LENTA TRANSFORMACIÓN
Hacer regalos en Navidad era una costumbre observada desde el medioevo, pero a comienzos del siglo XII un grupo de monjas ideó un sistema que consistía en dejar regalos en las casas sin que nadie, en especial los ninos, se diera cuenta. Allí nace, seguramente, otro mito familiar: los chicos duermen y en la noche llegan los regalos, traídos, naturalmente, por San Nicolás, que aprovecha el sueño ajeno para meterse a la casa por la chimenea con su bolsa llena de regalos. Con las diversas reformas protestantes surgidas siglos después se prohibió, entre otras cosas, el culto a los santos, lo que provocó un declive en la figura de San Nicolás. Eso no evitó, por cierto, que surgieran otros portadores mágicos, desde reyes hasta brujas. Desde el siglo XVII, por ejemplo, los protestantes exhortaban a sus fieles en Europa a dejar de dar el crédito a Nicolás por los regalos.
Ya en esa época se quiso oficializar al nino Jesús como el portador de los presentes, pero el resultado no fue el esperado.
Además, había un problema con las fechas. En un inicio, los regalos se entregaban entre el 5 y el 6 de diciembre, cuando se celebraba el día de San Nicolás, pero paulatinamente se fue alterando el calendario hasta el día en que hoy celebramos esta fiesta la mayoría de cristianos.
OTRAS FORMAS DE LA LEYENDA
Hoy casi nadie se acuerda de San Nicolás y su lugar ha sido tomado por Santa Claus -del alemán sinterklaass-, el simpático hombrecito de rojo que, en buena cuenta, es la suma de elementos que provienen de distintas tradiciones culturales. En 1808, el escritor estadounidense Washington Irving -el autor del célebre Cuentos de la Alhambra- retrata a un Santa Claus viajando en un carro tirado por caballos; catorce años después, Clement Clarke Moore le da un toque más escandinavo y cambia los caballos por renos y añade algunos de los rasgos que más identifican al personaje, como la risa y el aire bonachón. Finalmente, en 1863, Thomas Naass termina por moldear a Santa Claus, fijando, de paso, su domicilio no en los cielos, como correspondería a un santo, sino en el Polo Norte. De entonces a nuestros días, casi nada ha cambiado, salvo que la imagen de este bondadoso señor ha sido explotada hasta el hartazgo por la publicidad y la mercadotecnia. Feliz Navidad, queridos lectores. (ARD)
LITERATURA Y NAVIDAD
La información de este artículo proviene de dos fuentes. La primera, el libro Santa Claus. Una biografía, de Gerry Bowler (Diana, México, 2005) y la web Solonosotras.com (http://www.solonosotras.com/archivo/08/cult-mitol-070101.htm). Por otra parte, el tema de la Navidad tiene una presencia importante en la literatura occidental. Aquí le recomendamos algunos títulos que tal vez podría compartir con su familia:
-Canción de Navidad. Charles Dickens.
-Cartas de Papá Noel. J.R.R. Tolkien.
-Cuentos de fin de año. Ramón Gómez de la Serna.
-El abeto. Hans Christian Andersen.
-El cascanueces. E.T.A. Hoffman.
-El gigante egoísta. Oscar Wilde.
-El regalo. Ray Bradbury.
-Nochebuena. Guy de Maupassant.
-Un cuento navideño. Mempo Giardinelli.
-Vida y aventuras de Santa Claus. L. Frank Baum.