Por Ricardo Bedoya
Al parecer, cada época futura tendrá una versión fílmica de Soy Leyenda, la novela de ciencia ficción que Richard Matheson publicó en 1954.
La primera adaptación, vista hoy, parece provenir de la era primitiva del cine, aunque date de 1964. El último hombre en la tierra, dirigida por Sydney Salkow en colaboración con Ubaldo Ragona (acreditado como único director en las versiones en lengua italiana), era una coproducción ítalo-norteamericana filmada en blanco y negro, con Vincent Price, sobreviviente en un mundo devastado por un virus y asediado por mutantes depredadores. La parábola sobre los horrores generados por el uso irresponsable de la ciencia estaba apuntada allí, pero primaba el espectáculo primitivo del ataque de los zombies nocturnos, atropellándose para acabar con el solitario inmune. Vincent Price usaba ajos y espejos para ahuyentarlos, rescatando la parafernalia defensiva del más ortodoxo filme de vampiros. Puro placer de una película de serie B, producida por la impagable empresa American International, que sirvió de modelo e inspiración a George Romero para su Noche de los muertos vivientes, hecha cuatro años después.
Con el mayor presupuesto aportado por Warner Bros. en 1971, Charlton Heston fue el protagonista de una versión de toques pop y contraculturales. The Omega Man exhibía la nostalgia de Woodstock como último vestigio de la civilización y acto cultural multitudinario antes de la infección final. La actriz negra Rosalind Cash, con african look, era el punto de encuentro de la "blaxploitation" (cintas con actores negros convertidos en superhéroes de filmes de acción muy exitosos a fines de los años sesenta e inicios de los setenta) con la ciencia-ficción. Los zombies de la versión anterior se convertían en una secta de iluminados revolucionarios, de tez albina y vestidos medievales, dispuestos a arrasar con los representantes de la civilización tecnológico-industrial responsable de la difusión del virus que exterminó a la especie humana.
FUTURO SOLITARIO
El Soy Leyenda de 2007 aporta nuevos giros, recoge miedos renovados y luce una impresionante fisonomía digital. Will Smith es un Robinson Crusoe, cazador y recolector, que ha construido un espacio personal de soledad en medio de la gran metrópoli, vacía desde que sus congéneres dejaron de existir hace tres años como consecuencia de una epidemia. Su soledad se ha convertido en una rutina provechosa, que la película describe en casi una hora de proyección, la mejor de todo el metraje de Soy leyenda.
Ahí vemos al hombre solo recorriendo un mundo de puros escenarios virtuales, imágenes generadas por computadora que apuestan a la recreación hiperrealista de esquinas conocidas de Manhattan pero transformadas por un toque de extrañeza, por el giro de un detalle salvaje o por el aire de selva urbana que adquieren los espacios físicos por el mero hecho de estar vacíos. El Nueva York de Soy Leyenda tiene el mismo aspecto sonambúlico pero riesgoso de los paisajes iniciales de 2001: Odisea del espacio, recorridos solo por bestias al acecho. Las imágenes de las pistas neoyorquinas cubiertas de vegetación o de las avenidas recorridas por fieras salvajes y la formidable atmósfera sonora que registra hasta el mínimo ruido de amenaza para el sobreviviente, son derroches técnicos que el director Francis Lawrence luce con orgullo de conquistador de la era digital.
FANTASÍA Y HORROR
Pero este Robinson Crusoe no se encuentra con un buen salvaje. Soy leyenda cruza dos tradiciones del filme fantástico: la ficción post-apocalíptica, la fantasía del Armagedón, con los mitos tradicionales del horror, ya que los antagonistas terrenales de Will Smith son como una mutación de los espantajos de las adaptaciones previas de la novela de Matheson. Mutantes quintaesenciados que tienen de zombie y de vampiro, apelando a la mitología gótica de los personajes de la noche y a la fascinación visceral del cine de terror por los seres caníbales. Se parecen a los monstruos del abismo que imaginó El descenso, esa notable película de horror estrenada en 2006.
Soy leyenda acierta al hacer convivir lo más atávico y visceral del género con la apariencia de riesgo para la humanidad en peligro inminente. Cuando el mundo doméstico es ya solo un vestigio del pasado, la necesidad de sobrevivir ha convertido al ciudadano más ejemplar en un cazador despiadado, mientras los animales caseros están poseídos por la rabia y algunos vecinos son bestias depredadoras. Y todo ello ocurriendo ahora mismo, a la vuelta de la esquina, en 2012, tres años después del gran desastre bacteriológico. La temporalidad de la película dramatiza los temores por las pandemias y las fantasías luctuosas de la gran ciudad convertida en desolada "zona cero".
Los afanes redentores de la parte final de Soy leyenda resultan débiles e inconsistentes.