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EL PRESENTE DE LA MINERÍA PERUANA

¿Sombras nada más?

Por Álvaro Rojas Samanez. Politólogo

Si hay algo fácil de mostrar es la existencia de un activo grupo que ha optado por oponerse y rechazar la minería, hoy la actividad productiva más importante.

Su acción se basa en la denuncia, el peso y la exposición mediática de las empresas. Se enfrenta a ellas no solo por malos resultados de su tarea productiva. Se muestran impactos negativos reales en el ambiente, rememorando el pasado, produciendo percepciones ( y reacciones) específicas en la ciudadanía, facilitando un rechazo que parece preexistir en distintos segmentos.

Se habla de efectos contaminantes, alteración del ambiente, emisiones peligrosas para aire, tierra o agua. Se enfatiza en la elevadísima cotización de los metales y se reclama mecanismos que permitan una distribución todavía mayor de la riqueza.

La confrontación insiste en la falta de conductas orientadas a la 'excelencia ambiental' de la empresa y el escaso impulso al desarrollo de procesos productivos encadenados; falta de obras de infraestructura y dotación de servicios, obviando el hecho de que mucho de eso corresponde al Gobierno nacional o regional.

Otro lado de la balanza corresponde a la empresa que debe comprobar su responsabilidad con el entorno, la atención a los aspectos sociales y si está privilegiando el contacto humano cuando busca "licencia social". Ello implica disposición para los temas socio-ambientales, incremento de la inversión destinada a producir con mínimo riesgo para la naturaleza y menor perjuicio a la comunidad. En la Convención Minera de Arequipa hubo un acuerdo esencial: el primer contacto no es con la tierra, sino con el hombre. Y ello debe primar en el desarrollo del yacimiento.

No pueden quedar fuera los pasivos ambientales. Hay avances en la legislación sobre cobertura de planes de cierre desde que se inicia la explotación y se financia un proceso que se realizará 15 años después con fideicomisos y garantías fiduciarias, destinadas a remediación y recuperación de terrenos cuando no sean productivos.

Hay que hablar de la falta de contundencia de la información minera. En su comunicación insuficiente tal vez se encuentre uno de los puntos de quiebre de un sector con enorme dinamismo económico, que vive expuesto a protestas y reclamos, destinando tiempo a responder agravios y reclamaciones. En Majaz, La zanja y Quilish, sin haber extraído un gramo de mineral. Pese a los choques, el gremio no articula una estrategia informativa convincente y global. Probablemente esta sea la hora.

No se trata de ausencia de temas: es que su efecto se dispersa en informaciones aisladas, dirigidas a grupos específicos, sin percatarse de que la audiencia debe ser tan masiva como el reclamo y la condena.

La industria minera debe ganar representatividad, tener respuestas y capacidad de acción. Posee datos valiosos cuyo conocimiento ayudaría a evitar que el conflicto los desborde: el aporte voluntario, la distribución vía canon del 50% del impuesto a la renta pagado por las empresas, entre otros. Hoy, los diagnósticos de la minería proporcionan claves únicamente respecto de la proclividad al conflicto, la crisis, el enfrentamiento. Agazapa a la industria, la muestra a la defensiva, reactiva. No rescata la opción por el diálogo y el acuerdo.

El tema adquiere relevancia cuando se discute la creación de un ministerio para el medio ambiente. Es hora de revisar los lados oscuros y luminosos de la minería, sus aportes, fallas y riesgos. Ese esclarecimiento debe circular para lograr esfuerzos armónicos.

Informar antes es mejor que defenderse después, especialmente si existe evidencia de la trascendencia de un sector que aporta más de 14 mil millones de dólares al ingreso nacional por exportaciones, algo así como el sueldo del país. Y eso no es algo que se pueda dejar de lado.

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