Edición impresa

  • Imprimir página
  • E-mail
  • Aumentar texto
  • Disminuir texto
  • Favoritos
  • Mr. Wong
  • Delicious
  • Menéame
  • Google
  • Facebook

Una decente manera de dejar el pasado atrás

Por: Juan Paredes Castro |

Su visita a Palacio de Gobierno tiene que haberle recordado a Mario Vargas Llosa muchas cosas, entre ellas que, desde cierta perspectiva, el pasado deja de ser por un momento el que era y el presente pasa a ser más bien el espejo, aunque imperfecto, de lo que alguna vez el escritor soñó para el país.

En efecto, el pasado se llena de rubor cuando el otrora empeñoso líder de la estatización de la banca, Alan García, puede hoy, vuelto al poder, extenderle la mano, como convencido creyente de la economía de mercado, a quien fuera entonces el principal opositor de aquel absurdo; nadie hubiera imaginado hace veintiún años que Vargas Llosa, firme en sus ideas, esperaría ver pasar por delante suyo a un Alan García codo a codo con la modernidad y cada más lejos del arcaísmo político.

El pasado se encoge como una burbuja cuando Alan García decide reivindicarse consigo mismo y con la historia, como el preso de conciencia que busca redimir sus errores con sus nuevas obras, no importa cuanto lo aleje ello de la estructura doctrinal y de los intereses de su partido o de la vieja izquierda que en pose de estatua de sal lo mira estupefacta. Con la misma autoridad moral con que él mismo ha evolucionado en sus ideas y posiciones políticas, Vargas Llosa no puede dejar de reconocer el salto cualitativo de García como hombre de partido y como gobernante, de la misma manera como no puede dejar de inventariar, en el terreno de los hechos, el éxito de muchas de sus propuestas liberales del noventa, que encubiertamente acabaron formando parte del plan económico del régimen de Fujimori y se proyectaron hasta hoy.

El pasado asoma gris y desvaído cuando tanto Vargas Llosa como Alan García revelan que han crecido en edad, en ideas, en valores, en tolerancia, en su visión del Perú y del mundo, y en su concepción de lo que debe ser la democracia, el poder y sus fines. Pero también ambos han acortado distancias ideológicas y políticas entre sí desde el tiempo de senderos radicalmente cruzados hasta el actual de coincidencias fundamentales, pasando por esa apuesta electoral crucial, confesada por el propio autor de "Conversación en la catedral", de su voto por Alan García en la segunda vuelta del 2006.

El pasado pierde finalmente sus códigos severos a la zaga cuando en suma la historia le devuelve a Vargas Llosa la satisfacción de que su efímera siembra política del 87 al 90, que parecía condenada a la frustración total, recobra después de veintiún años el sentido de futuro que el Perú se merece y que Alan García parece dispuesto a reafirmarlo.

Decente gesto de García de interesarse por la salud del prestigioso escritor. Decente gesto de Vargas Llosa de retribuirle la cortesía. Decente manera de dejar ambos el pasado atrás.

  • Imprimir página
  • E-mail
  • Aumentar texto
  • Disminuir texto
  • Favoritos
  • Mr. Wong
  • Delicious
  • Menéame
  • Google
  • Facebook