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SECRETOS EPISTOLARES

Pasión escrita

Por Nelly Luna Amancio

La carta es el fetiche del amante inconcluso. Porque siempre hay algo más que decir cuando no se está cerca y se está solo frente a una hoja en blanco. Porque en la soledad se ama más y lo ausente se torna inalcanzable.

De ese miedo nace el sentimiento preciso. Cuando el amante escribe sabe que alguien al otro lado aguarda. ¿Será esa extraña sensación, la de la pasión en papel, que puede ser tocada, olida y guardada, la que impulsó a los amores de la literatura universal a escribirse? En sus cartas desnudan sus emociones y tormentos, son tiernos, vulnerables, contradictorios, a veces cursis y lejanos a los personajes que sus obras encarnaron. Por ellas conocemos al hombre o la mujer detrás del escritor.

Y nadie mejor que el poeta español Pedro Salinas para explicar el peso de una carta. En 1932 escribió a Katherine Whitmore, literata americana con la que había iniciado una relación extramarital: "¡Qué mentira eso de que el papel no pesa! Anoche el papel de tu carta me pesaba como la más hermosa y grave de las realidades. Lo sentía allí en el bolsillo, como una prueba material de que eras, de que habías existido. Porque, ¿sabes?, empecé a dudar. A dudar de todo, de tu realidad, de la mía, del mundo. Solo el peso de tu carta me servía de prueba. Vivía yo en ese rectángulo de papel", le dijo en una de las 354 cartas que le envió. La relación se acabó cuando la esposa de Salinas se enteró del engaño e intentó suicidarse. Whitmore se alejó pero eso no amilanó al poeta, que continuó escribiéndole con desvelo hasta que ella se casó con un abogado.

Cuando el Internet y el celular no existían, el amor crecía entre papeles. Ahí están también las más de 20 cartas que un joven Octavio Paz escribió entre julio y octubre de 1935 a Elena Garro, cuyos padres se oponían al noviazgo. "El temblor que nos sobrecoge es un temblor sagrado. Un hombre ama a una mujer y la besa: de ese beso nace el mundo", dice tiernamente. En otras, él intenta convencerla de que enfrente la decisión de sus padres de enviarla a un convento: "A nombre de una hipotética vida, de un futuro remoto, te arrebatan el presente. te convierten el mundo en una prisión", escribía sin imaginar que tiempo después se casaría con ella a escondidas, para luego separarse y terminar declarando que Elena "fue la plaga de su vida".

Enviar una carta supone siempre una inquietante, y a veces, inagotable espera. Antes de publicar Rayuela, Julio Cortázar escribió a la mujer que tiempo después inspiraría aquel personaje de inocente sabiduría, 'la maga', Edith Aron. "No sé si se acuerda del largo, flaco, feo y aburrido compañero que usted aceptó para pasear muchas veces por París. para ver un eclipse de luna en el parvis del Notre Dame, para botar al Sena un barquito de papel, para prestarle un pulóver verde. Yo soy otra vez ése.Voy a volver antes. tengo un poco de miedo de que usted esté ya muy cambiada. Por eso le pido desde ahora. si no necesita este pedazo de pasado que soy yo, me lo diga sin rodeos. Me gustaría que siga siendo brusca, complicada, irónica y que un día yo pueda prestarle un pulóver".

Cortázar llegó a París y el idilio empezó, aunque no por mucho tiempo. Se dio paso a la amistad hasta que un día Edith -que traducía al alemán Rayuela- se enteró de una carta que el argentino envió a su editor Paco Porrúa: "No necesito decirte quién es Edith, vos lo habrás adivinado... ¿Vos te imaginas Rayuela traducida por ella?.. Te acordás de que la Maga confundía a Tomás de Aquino con el otro Tomás. Eso ocurriría en cada línea.". Indignada, Edith Arón se alejó para siempre: "me confundió con el personaje", declaró.

CLAROSCUROS DE UNA PASIÓN
Las cartas son más intensas mientras más tormentosas son las relaciones. En sus líneas se descubren amores rotos cargados de culpa y desesperación. Como cuando Rimbaud escribe en julio de 1873, angustiado por la partida de Paul Verlaine a París: "No paro de llorar desde hace dos días. Vuelve. Sé valiente. Nada está perdido todavía. Solo tienes que emprender el viaje de regreso. Viviremos aquí, valientemente", suplicaba el poeta, en una de sus últimas cartas, a quien fue su compañero de noches y opio.

Las irremediables peleas destrozaron esta ya de por sí decadente relación: para viajar con Rimbaud, Verlaine había abandonado en Francia a su esposa enferma y a su pequeño hijo. En 1875, a los 21 años, Rimbaud renuncia a la poesía y se dedica a deambular por Europa y África donde acabó como mercenario y traficante de armas.

AMOR Y LIBERTAD
El intercambio epistolar entre Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre quiebra la imagen fría que ellos se encargaron de imponer. En sus párrafos se mezclan ternura y una descarnada sinceridad. "Quiero contarle algo extremadamente placentero e inesperado que me pasó: hace tres días me acosté con el pequeño Bost. Estamos pasando unos días idílicos y noches apasionadas. Me parece intensa, pero es leve y tiene un lugar muy determinado en mi vida. Tengo ganas de pasar unas interminables semanas a solas contigo", escribía Simone, a quien Sartre llamaba 'castor' porque trabajaba sin descanso.

Desde un inicio su relación se basó en la honestidad y la libertad. Simone asumía que lo esencial era "la comunicación absoluta"; Sartre, por su parte, sostenía que "no podían renunciar a los amores contingentes". El filósofo dice en otra misiva: "la quiero muchísimo encanto mío. hay una idiota aquí, dieciséis años, la hija de la dueña, todo el tiempo hace: Eh! Eh!". Esta pareja fue más allá de los celos y el tiempo. En algunas cartas se burlan cruelmente de sus amantes, que en algunos casos compartían.

A quien las infidelidades sí la torturaron fue a Frida Kahlo. Su esposo, el muralista Diego de Rivera, se acostaba con quien pudiera. Pese a ello, la pintora siempre se mostró complaciente con él: "Nada comparable a tus manos ni nada igual al oro-verde de tus ojos. Mi cuerpo se llena de ti por días y días. Eres el espejo de la noche... El hueco de tus axilas es mi refugio. Toda mi alegría es sentir brotar la vida de tu fuente -flor que la mía guarda para llenar todos los caminos de mis nervios, que son los tuyos".

Uno de los infieles más versátiles fue Edgar Allan Poe. En una carta del 14 de noviembre de 1848 escribe loco de amor a Sarah H. Whitman: "amada de mi corazón, de mi intelecto, vida de mi vida. Dos días después, en otra misiva, le dice a Annie L. Richmond: "sabes que te amo como ningún hombre amo jamás a ninguna mujer".

SE ACABÓ Y ADIÓS
Son quizá los textos que Gabriela Mistral (Lucila Godoy) dirige a Manuel Magallanes los que con más desconsuelo narran el fin de un enamoramiento que comenzó a través del papel. Él la quiere conocer y ella responde: "Tú no serás capaz (interrógate a ti mismo) de querer a una mujer fea. Me voy convenciendo de que nuestro encuentro va a ser la amargura más grande de mi vida. Tal vez llegarás a besarme, para engañarte más que para engañarme.". Magallanes insiste en conocerla, enamorado de la mujer que en una carta le dijo "por ahorrarte una lágrima andaría un camino de rodillas", pero la escritora chilena le confiesa su temor: "¿Serás capaz de quererme después de haberme visto? Como un heroísmo tal vez, pero yo no admitiría heroísmos de esta especie". Finalmente, el encuentro se produjo; el resultado estaba anunciado. Mistral lo explica en una última carta: "¿No me debía extrañar su beso en mi mano? ¿Debía yo aceptarlo? ¿Era el beso cortesano que se da a las mujeres?.... No era una falsedad, era algo peor, era la piedad. ¡Ah! Menos noble la piedad que la franqueza". La escritora nunca logró superar este tormento. Aun cuando la pasión o el amor se consuma (o solo cambie de lugar), el papel siempre guardará la huella imperecedera de lo que alguna vez fue. Pasión. Odio. Despecho. Celos. Nostalgia. Desesperación tangible con aroma del papel. Pues, como Octavio Paz dijo, "lo terrible de una carta es que vamos nosotros mismos en ella".

LAS CARTAS DEL JOVEN WERTHER
Fuera de la realidad, quizás sean las cartas del joven Werther las que más lágrimas hayan arrancado. Antes de matarse envió una última carta: "Carlota, quiero morir y te lo participo sin ninguna exaltación romántica, con la cabeza tranquila, el mismo día en que te veré por última vez. Cuando leas estas líneas, mi adorada Carlota, yacerán en la tumba los despojos del desgraciado que en los últimos instantes de su vida no encuentra placer más dulce que el placer de pensar en ti".

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