Por Miguel Ángel Cárdenas
AFINAMIENTO DE LA PRIMERA CUERDA
Paccho es el eslabón peregrino en la cadena de evolución del arpa: uno de los instrumentos más antiguos del mundo. Se conocen primeros ejemplares en Asiria y se sabe que de Egipto pasó a Grecia (donde, junto con la cítara, el arpa es descendiente directo de la lira, el instrumento mítico de Orfeo y de todos los poetas y aedos). Se conoce también que fue muy popular durante la Edad Media con la clásica arpa celta hasta llegar a la moderna de orquesta, usada sobre todo por Claude Debussy y Maurice Ravel. Alice Coltrane la introdujo en las bandas de jazz; en Paraguay alimenta la música popular a ritmo de polca galopera y en Venezuela, a tono de joropo. En el Perú fue una revolución su simbiosis con el huaino, a mediados del siglo pasado y continúa de moda con las divas del folclor en las miniseries televisivas.
"Y en esta innovación destaca el arpa pacchina, que se diferencia de las otras por su sonido más dulce y por su elaboración artesanal con símbolos de animales de nuestras leyendas. Fue mi padre Melquíades Diego que difundió el arpa por todo el norte chico a los pioneros y él mismo tuvo un grupo histórico llamado Los Halcones de Paccho", dice su hijo Ángel Juan Diego, el hoy pertinaz difusor de las pacchinas, que tienen por tradición una lira tallada como escudo.
"Y ahora nos han comprado arpas que usará un grupo de rock ayacuchano y después otro de reggaetón. El arpa sigue en evolución", dice Juan Hurías Diego, el nieto continuador.
ENTONAMIENTO DE LA SEGUNDA CUERDA
Las tres generaciones se unen por su afición a la iconografía: el abuelo Melquíades adoraba tallar pumas (él les decía leones andinos) como sello, el hijo Ángel Juan idolatra a las sirenas que dice haber visto en una caída de agua a los 12 años y el nieto Juan Hurías, a los dragones que ve por Internet.
Todo empezó en 1950, Melquíades se fue a trabajar a una hacienda en el valle de Sayán y vio un arpa muy antigua y rota allí. Los dueños le pidieron arreglarla pensando que su padre, Sócrates Diego, era el carpintero del pueblo. Pues la arregló a tientas, pero antes de devolverla estudió el modelo y pasó noches incólumes en su taller perfeccionando una réplica, el diseño y hasta aprendió a tocar de oído solo explorando las notas.
En 1968 participa en un concurso de luthiers con un arpa de 80 centímetros y solo 27 cuerdas y ganó el primer lugar. Lo recuerda Ángel Juan: "Después hizo un arpa grande para su conjunto, me daba mucha alegría que todos los días a las cinco de la mañana comenzara a tocar un huainito de mi tierra: 'paca, paca, malagüera' y un vals que decía: 'desde lejos te estoy viendo, todo lo que vas haciendo, a la vez todo va pasando, sin más que recordarte'. Y tocaba su arpita".
PULSAMIENTO DE LA CUERDA DE EN MEDIO
Melquíades murió en el 2000 y hoy su hijo de 46 años y su nieto de 25 innovan sus enseñanzas: trabajan con cedro blanco, rojo ("conduce bien el sonido"), nogal negro ("ideal para lo melodioso y acústico"), pino báltico u oregón y caoba ("perfecciona las notas"), para combinar las modulaciones del sonido: seco, suave, potente.
El proceso de elaboración empieza con la tapa armónica en la que se demoran dos días, luego vienen las llamadas lunas y los trece paños o costillas, que son maderas unidas en piezas, el traste, el 'encalibrado', el 'marqueteado', las aplicaciones y empotrados de la madera misma.
"Y les ponemos pastillas, que son reproductores de sonido al amplificador, porque hacemos arpas electroacústicas y modernas", dicen los Diego. Con su modelo característico: con recubrimiento por dentro que le da seguridad y durabilidad al arpa de 1 metro con 30 centímetros y 45 centímetros de ancho.
Esta vez Ángel Juan y Juan Hurías perfeccionan el diseño de un águila en madera para incrustarla en la espina dorsal del arpa: "Porque vuela en lo alto y es para que el artista tenga la meta de llegar a lo supremo", junto a un dragón, iniciativa del más joven: "es la fuerza, el impulso, el fuego de la música". Mientras trabajan, dicen que solo aceptan seis pedidos al mes, porque no crean pacchinas solo por negocio, sino por pasión al arte.
TENSADO DE LA PENÚLTIMA CUERDA
Elmer de la Cruz. Douglas Buitrón. Mateo Palomares. Sósimo Sacramento. Los hermanos Ortega. Elmer Jesús. Elmer Mendoza. David Falcón. Rosmel Pacheco. William Perfecto. No serán nombres que aparezcan en los grandes medios, pero son los más eminentes instrumentistas de arpa que llegan al taller de los Diego en una loma del distrito de Independencia para proveerse de las mejores pacchinas.
Ángel Juan conoce con arpa, corazón y lira toda la historia del instrumento: "En un principio se utilizaba en orquesta, era un conjunto, dos violines, una mandolina y un arpa. Mi padre fue un pionero con Los Halcones de Paccho en 1968, hasta esa época el arpa no era conocida como un instrumento solista. La primera persona que hace eso es Pelayo Vallejo, de Oyón, él es el pionero de la música vernacular en solista; después vienen Ángel Dámaso, Totito Santa Cruz...".
Hasta Paccho, un pueblito de 1.500 habitantes, que hoy produce mangos, se iban los arpistas: a 82 kilómetros de Sayán para arriba, antes de Churín, del paradero de Pacchotingo a la mano derecha subiendo hasta Colcapampa y Huacar. Había una caminata del arpa a la que solo se aventuraban los puristas. Por eso, Ángel Juan decidió en 1990 venirse con su hijo de 7 años.
Y se traía en la mente y en las manos todo el bagaje de Melquíades: "Yo crecí en una época en que en la sierra no había luz, entonces la habilitación de la madera era a pulso, así aprendí. A los 14 años ya hacía arpas, tallaba. Mi papá me decía: 'Tienes que mirar bien, porque mirando se aprende mejor'. Cuando tenía 16 años, vino un señor que necesitaba tres arpas, y él me dijo: 'Usted haga una'. Yo no podía ensamblar la manzana con la figura de un león y mi papá se fue del taller a propósito. Entonces dentro de tres horas llegó y me dijo: '¿Ya lo hiciste?' Me estaba probando, haciéndome fuerte".
Un día bueno de 1972 llegó exhausto un señor llamado Leonidas al taller de Melquíades. Y le dijo: "Yo tengo tres hijos jóvenes y quiero dejarles como herencia sus tres primeras arpas, hágamelas por favor. Como esto es importante haremos un 'rimachico' (brindis de honor)". Ese señor se apellidaba Pacheco y era el padre de Ronald, Robert y Rosnel Pacheco, los hermanos que serían precursores del estilo de huaino con arpa.
MODULACIÓN DE LA ÚLTIMA CUERDA
El abuelo fue su mentor y el padre, su censor. Freud decía que la psiquis humana queda definida hasta los 7 años, la edad completa en que Juan Hurías, el sucesor, convivió con Melquíades, antes de venirse a Lima: "Él me enseñaba desde chiquito y cuando regresaba me quedaba dos meses con él, me enseñaba a tornear a mano, trucos con el armado de la manicera y del recubrimiento por dentro y la forma de cerrar el arpa. Y me encantaba escuchar sus canciones melancólicas".
Pero fue su padre quien le enseñó rigor y disciplina a este joven que ha estudiado ebanistería en el Senati para innovar con la madera: "Él llegaba de trabajar como carpintero en una empresa y sacaba al artista que tiene dentro por las noches. Yo lo ayudaba y ayudaba".
Mientras elaboraban los símbolos pacchinos heredados del abuelo y dibujaban los bocetos de un picaflor, Juan Hurías no se cansaba de escuchar la vieja historia de la sirena de Ángel Juan: "Yo la vi. A dos kilómetros de Paccho hay un cerro con una catarata que tendrá 80 metros de altura. Una vez mi madre me mandó a pastar las ovejas, como en enero no hay mucho pasto, junto a la catarata sí hay. Eran las tres de la tarde, justo empezaba la neblina, tenía que bajar, yo he estado más o menos a tres metros de la caída de agua. Y cuando entro a sacar a las ovejas, me quedé sorprendido, justo aparece una mujer dentro, saliendo, con un cabello bien doradito, blanca, se le veía de la cintura hacia arriba, pero no de la cintura hacia abajo, que estaba dentro del agua. Me miraba y otra vez se escondía. Entonces esa imagen se quedó grabada en mi mente. Éramos dos chicos y los dos la vimos. Y las fuerzas aparecieron, agarramos las ovejas y corrimos rápido de la impresión".
De tanto escucharlo, el hijo le sugirió tallar a una sirena. Y el padre vio la luz del agua: hoy es como su heráldica. Igual que para el hijo son los dragones que revisa en las revistas. Las arpas pacchinas, sin embargo, no dejan de tener referentes andinos, como los diseños "del Sol de los incas", que han copiado de las chullpas del pueblo a las que, afirman los Diego, ningún arqueólogo ha llegado ni investigado. Por eso creen que sus arpas revelan en sus símbolos la dulzura de lo oculto.