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UNA MARCHA QUE REMECIÓ COLOMBIA

El mundo contra las FARC

Por María Clara Galvis (*) Abogada

El pasado 4 de febrero más de diez millones de personas en 130 ciudades marcharon contra las FARC. "No más FARC", "no más secuestros", "no más terrorismo", eran algunos de los reclamos escritos en las pancartas. Hasta un grupo de 600 guerrilleros, desde las cárceles, se unieron a la marcha: "Los guerrilleros detenidos de las FARC exigimos: la libertad incondicional para todos los secuestrados".

La marcha es, en sí misma, muy importante, al menos, por dos aspectos: es un signo de fortalecimiento de la sociedad civil colombiana y es una señal del aislamiento político de las FARC y de sus prácticas de barbarie.

La marcha es un signo evidente de que la sociedad colombiana y mundial del siglo XXI rechazan a las FARC y las prácticas de terror que han empleado. La indignación contra las FARC se había ahondado, aun más, con la publicación de las pruebas de supervivencia de algunos secuestrados, pero la protesta mundial en su contra sella su aislamiento político; quedan en un lugar de falta de apoyo ciudadano, sin comunicación con un mundo que exige un lenguaje diferente a la barbarie para lograr sociedades mas justas y menos desiguales. En el siglo XXI las "batallas" por la inclusión social y por la protección de los derechos de los más débiles y desposeídos se dan en las sedes de los gobiernos nacionales y locales, en los parlamentos, en los tribunales, y sin armas diferentes a la razón y a la propuesta.

¿Sabrán las FARC entender este mensaje? Lo dudamos. Creo que es poco probable que la marcha tenga alguna incidencia en el cambio de comportamiento de una guerrilla que lleva 50 años violando sistemáticamente las leyes de la guerra y que no ha dado signos de que va a dejar de hacerlo.

Luego de la marcha, la libertad de los secuestrados ya no está únicamente en la agenda de sus familiares; también es prioritaria para la misma sociedad que por años había permanecido inmóvil y ahora hace un enfático llamado en favor de la libertad; y debería serlo también para el gobierno, que hasta poco antes de la liberación de Clara Rojas y Consuelo González había dejado la libertad de los secuestrados en un lugar secundario de su agenda.

En Colombia la marcha suscitó varias alternativas: marchar, no marchar o marchar con aclaraciones. Ello, debido, en parte, a válidas consideraciones sobre la desigualdad en la reacción ciudadana frente a las también repudiables prácticas de horror de los paramilitares y de algunos agentes del Estado. Si bien es indispensable superar este desequilibrio y rechazar con igual firmeza todas las atrocidades, consideramos válido que la marcha contra las FARC se haya convocado únicamente para eso, para rechazar a las FARC.

Quienes nos indignamos por igual ante todas las formas de barbarie y nos duelen por igual los 700 secuestrados y las 120 mil víctimas de los paramilitares, tenemos el desafío pendiente de lograr 'igualar' la reacción frente a las diferentes formas del terror. Buena parte de la sociedad colombiana se indigna menos o poco ante la crueldad de los paramilitares y del Estado. Tomar nota de esta cruda realidad y pensar seriamente en cómo superarla tal vez sea una forma de empezar a caminar hacia la condena masiva del terror a secas, de las atrocidades sin adjetivos ni comparaciones, del terror y punto, sin importar si este proviene de las guerrillas, de los paramilitares o del Estado.

* EXPERTA COLOMBIANA EN DERECHO INTERNACIONAL DE LOS DERECHOS HUMANOS

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