Inaugurada la semana pasada, en medio de un fuego cruzado entre la Municipalidad de Barranco y los directivos del IAC (Instituto de Arte Contemporáneo), la muestra La construcción del lugar común ha vuelto a poner en agenda la pertinencia de un museo de arte contemporáneo en nuestra capital.
Por Diego Otero
La exposición La construcción del lugar común, montada en el terreno inconcluso del MAC (Museo de Arte Contemporáneo), es hoy el telón de fondo de un delicado y complejo conflicto, que se hizo ampliamente visible la noche de la inauguración -cuando la Municipalidad de Barranco intentó clausurar el espacio-, y que a partir de ahí ha sido materia de discusión incluso en noticieros de TV. (¿Cuántas oportunidades, cabría preguntar, tiene el arte contemporáneo de aparecer en nuestra señal abierta?). Pero no se trata de un conflicto generado a partir de esta exposición. Es, más bien, una larga disputa. Y éste, solo un nuevo episodio.
Hoy, si uno desea visitar la muestra, tiene que toparse con un enorme cartel blanco que reza "clausurado por disposición municipal", para descubrir al instante, con irremediable estupefacción, que las puertas permanecen abiertas. El juego de sentidos que se intentó plantear en el título de la exposición -la idea del museo como la edificación colectiva de un lugar inclusivo y horizontal, en el que se puede observar reflexivamente a la sociedad en su conjunto- ha sido puesto en jaque desde el ingreso, y no por el talento de algún artista para representar críticamente una realidad, sino por la realidad misma. Por lo pronto, al menos, nadie puede negar el hecho de que Miguel Zegarra y Jorge Villacorta, los curadores de La construcción del lugar común, pusieron el tema sobre el tapete.
Pero, ¿en qué consiste exactamente ese conflicto tan complejo y delicado? Pues en la pertinencia o no de un museo de arte contemporáneo en los límites de lo que era el parque de la lagunita, llamado en verdad Parque de la Confraternidad -irónico nombre para el escenario de lo que parece ser un desacuerdo entre (por lo menos) tres partes: la alcaldía, un grupo organizado de vecinos del área, y los directivos del IAC. Evidentemente, el conflicto hace rato que empezó a exceder los contornos de lo legal para pasar a convertirse en el preocupante síntoma de una serie de incapacidades que nos atañen a todos. La más importante, la incapacidad de establecer un diálogo auténticamente horizontal entre distintos sectores de la sociedad, más allá de cualquier presuposición y estereotipo.
Si por un lado tenemos al alcalde Felipe Mezarina, con su ignorante (¿alguien dijo interesada?) cerrazón y sus escasos modales, por el otro tenemos a los directivos del IAC, que -más allá de todas las buenas intenciones, y de la necesidad real de un espacio de estas características- han demostrado, por lo menos hasta hace poco, escasa sensibilidad a la hora de intentar tender puentes entre la comunidad artística, el proyecto del MAC, y el emplazamiento urbano-social en el que dicho recinto está siendo levantado. (Pensemos si no en la descartada decisión de bautizar al museo con un nombre propio, o en la realización de fiestas -pro fondos de la misma construcción- sin la respectiva notificación y explicación a los vecinos, por citar un par de ejemplos). Al observar el conflicto diera la impresión de que se han venido dando por supuestos tanto los mecanismos de funcionamiento del MAC como los beneficios que brindaría no solo al distrito, sino al país entero.
Lamentablemente, en una sociedad como la nuestra, en la que la información sigue siendo un absoluto privilegio, el arte contemporáneo (con su complejidad autorreferencial o su descarnada sencillez) suscita sospecha. Y ahí el café no es solo para la gente del IAC. Todos los que estamos de alguna u otra manera vinculados a la producción y circulación de este tipo de manifestación somos responsables de diluir esa sospecha. ¿Cuán bien lo hemos estado haciendo? Pues no tanto, por lo menos a la luz de estos acontecimientos.
Pero la palabra privilegio, mencionada líneas arriba, nos retrotrae a la exposición. Con más precisión, a la instalación de José Carlos Martinat, en la que con una notable capacidad de síntesis e ironía se comenta acerca de lo que sucede en los límites del museo. Martinat ha levantado un pequeño monte de tierra, y sobre él, con piedras y tiza, ha escrito la frase "Perú privilegiado". Su instalación juega a parodiar (y a homenajear la gratuita creatividad de) ciertas arengas políticas informales o ciertas manifestaciones públicas espontáneas que se suelen inscribir en los cerros áridos de la costa; pero juega también a poner el dedo en la llaga: en este cerro a escala no hay espacio para que todos puedan escribir la palabra privilegio. Además, la decisión curatorial de disponer el trabajo casi flanqueando la entrada al museo lo torna todo más áspero e intenso.
La contraposición de Perú privilegiado -y una de las claves básicas de lectura, no solo de la muestra sino de todo el impasse alrededor del MAC- quizás esté en Invernadero, esa alegoría ecológica de Ishmael Randall Weeks. Invernadero recoge el detritus de un sistema industrial contaminante (un conjunto de botellas de plástico) para construir un recinto que salvaguarde la naturaleza. De ese modo capitaliza las deficiencias de una coyuntura en pro de lo opuesto. Invernadero es un sencillo y desarmante homenaje a la imaginación, y una prueba metonímica de que todo lo que sucede hoy en torno al MAC es superable, reversible.
Quizá, como en Invernadero, lo cardinal ahora sea capitalizar la energía de la disputa, y convertirla en una red de iniciativas para hacer del MAC -que ya está en pleno proceso de construcción, con mucho dinero invertido y una logística en operación- una auténtica plataforma social, desde la cual los habitantes del distrito (y de todo el país, porque de lo que hablábamos era de inclusiones) puedan pensar y edificar una comunidad cultural que les pertenezca. ¿No es ese, después de todo, uno de los imperativos básicos de lo que se entiende hoy como un museo de arte contemporáneo?