Por Raúl Cachay A.
Se trata de un nuevo asedio a uno de los tópicos más extendidos y desarrollados en la historia del cine y la creación artística en general, pero sorprende y entusiasma en esta pequeña joya del cine británico contemporáneo la forma como el realizador Joe Wright ha estructurado el devenir de este amor imposible.
Los puntos de vista se confunden y superponen, los planos narrativos pendulan entre la ficción y la metaficción, pero todo eso es planteado de una forma tan diáfana que no existe lugar para la confusión: hay que estar hecho de piedra para no sentirse genuinamente tocado por las desventuras y tribulaciones de estos personajes estoicos y minuciosamente humanos.
Pero, más allá del pertinente romanticismo de su argumento (con mucho tino fue estrenada el pasado jueves, fecha en el que se celebra el llamado Día de San Valentín, como para que los espectadores entiendan que en una sala de cine el amor no necesariamente tiene que ser contaminado siempre por la huachafería), la película también nos enfrenta a otros temas cruciales, como el peso de la culpa, la manera como un error o un instante de párvula malicia puede desencadenar auténticas hecatombes domésticas o cómo mucha gente jamás conseguirá abstraerse de los prejuicios propios de sus círculos sociales cuando se trata de juzgar a los demás.
Resulta imposible no admirar la magnífica dirección artística del filme, que se manifiesta tanto en las fastuosas escenas bélicas como en la equilibradísima reconstrucción de los espacios de la época.
Y el trabajo de sus actores es también notable, especialmente en los casos de la grácil e irresistible Keira Knightley --que, como Cecilia Tallis, puede pasar con total naturalidad de una distancia casi glaciar a una contagiosa efervescencia amatoria--; el dócil James McAvoy; y las tres actrices que tienen a su cargo el papel de Briony Tallis: la joven nominada al Óscar Saoirse Ronan (obcecada por la literatura como una versión adolescente de Madame Bovary), Romola Garai (flemática y culposa) y la legendaria Vanessa Redgrave, que en sus escasos minutos en la pantalla logra transmitir la dolorosa resignación de una persona que sabe que ya tiene las horas contadas.
Esta es, en resumen, una cinta que --como las grandes adaptaciones cinematográficas de obras maestras literarias-- no solo recoge el temperamento y las atmósferas de la novela de Ian McEwan, sino que también las proyecta hacia nuevos horizontes con un despliegue audiovisual casi portentoso.
Otra cinta imprescindible en este momento extrañamente feliz de nuestra cartelera comercial. La próxima semana se entregan los Óscar. Póngale algunas fichas a "Expiación, deseo y pecado".