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DEL EDITOR

Kósovo se le escapa de las manos a Serbia

Por Virginia Rosas

No se han cerrado aún las heridas de las sucesivas guerras de los Balcanes que terminaron desmembrando la Yugoslavia de Tito hasta su desaparición. Diez años han transcurrido desde la ofensiva en Kósovo emprendida por Estados Unidos --en alianza con la OTAN-- para evitar la supuesta 'limpieza étnica' que el presidente serbio Slóbodan Milósevic quería emprender en esa provincia serbia, habitada en un 90% por ciudadanos de origen albanés. Una guerra cruenta y dolorosa que tuvo como escenario el mismísimo patio trasero de la Unión Europea y que finalizó en 1999 con un acuerdo que ponía a Kósovo bajo administración de las Naciones Unidas, pero sin emanciparse de Serbia.

El anuncio del primer ministro kosovar, Hashim Thaci, de que declarará unilateralmente la independencia de su provincia, sin el visto bueno de Serbia, no hace sino despertar viejos fantasmas belicistas en la región.

Si, como está previsto, la independencia se proclama hoy, no solo Serbia pondrá el grito en el cielo. Ya a finales de enero el presidente de Rusia, Vladimir Putin, había advertido que su país interpretaría cualquier decisión independentista de Kósovo como ilegal e inmoral. Teme que otras regiones con veleidades secesionistas en el Cáucaso tomen como precedente Kósovo para emanciparse.

Serbia, por su parte, acaba de elegir como presidente a Boris Tadic, un moderado que busca el ingreso de su país al exclusivo grupo de la Unión Europea, y que se impuso en la justa electoral al ultranacionalista y antieuropeísta prorruso Tomislav Nikolic, dispuesto a lanzar hordas de guerreros ante cualquier intento de desmembrar aun más la Gran Serbia.

Tadic no ha desempolvado los tambores de guerra, pero sí amenaza con cortarle la electricidad, los alimentos y aislar diplomáticamente a Kósovo si se independizara.

La batalla se libra también al interior de la UE, pues las grandes potencias del grupo quieren reconocer la independencia de Kósovo, pero un puñado de países encabezados por Chipre y España, entre los que se encuentran Grecia, Bulgaria, Eslovaquia y Rumanía, rechazan sus veleidades independentistas.

Sin contar a los kosovares del norte, que son de origen serbio y que no están dispuestos a aceptar otra bandera ni otro himno ni a reconocer a otro gobierno.

Quien se encuentra en una verdadera encrucijada es el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon: Estados Unidos y las potencias europeas esperan que reduzca a la mínima expresión a los efectivos de la Misión de la ONU en Kósovo para dejarle el lugar a una misión civil europea compuesta por policías y juristas.

Rusia, por su parte, lo presiona para declarar ilegal cualquier proclamación de independencia y lo conmina a que no ofrezca ninguna facilidad a los kosovares. Moscú no solo amenaza con hacerle la vida imposible al secretario general si apoya la independencia, sino que impediría su reelección a la cabeza de la ONU.

Aunque a la UE no le importa si la ONU aprueba o no el envío de su misión, Ban Ki-moon está entre la espada y la pared, entre las amenazas rusas si apoya a Kósovo y la violencia que podría desatarse en la región si rechazara la independencia.

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