Por Fernando Vivas. Periodista
El derecho a la protesta es sagrado. Cuando viajo y veo una marcha --porque en todas partes se acatan paros y se cuecen habas-- suelo acercarme para indagar por la razón del pacífico pataleo. Y si está clara y creativamente impresa en banderolas y volantes, lo más probable es que me coja un 'feeling' solidario.
Pero ante la turbamulta y la toma de carreteras no hay más remedio que poner los pies en polvorosa y desear que la policía haga bien su trabajo. En una democracia con canales abiertos de participación política, con un proceso de descentralización avanzado, con medios de comunicación capaces de trasmitir las plataformas de lucha aunque se opongan a sus posiciones editoriales, caray, ¿a qué viene tanta violencia?
Aquí está, pues, el problema: los espacios para la protesta pacífica y democrática, están a disposición de la sociedad, pero hay una crisis de representación política que hace que las comunidades alzadas los pasen por alto o desperdicien.
Hay liderazgos, sí, pero recién se están formando o mal formando, no rinden cuentas ni a partidos ni al largo plazo, privilegian el impacto de la medida violenta que puede catapultarlos a un rentable figurettismo, perdiendo, en el intento, el dominio de sus bases. Al primer contacto con la carretera vacía, ellas los desbordan y asfixian la razón última de la lucha en la fumarola de las llantas quemadas. A la vanguardia --corridos los dirigentes a la ciudad-- se colocan la desesperación, la matonería, el machismo y hasta la borrachera. Y cuando llega el enfrentamiento con la policía, o con otros ciudadanos enardecidos por la violación a su libertad de tránsito, la violencia estalla en sus rostros y queda al desnudo la furia atávica de los no contactados. Por movimientos políticos, quiero decir.
Sobran, pues, líderes mal formados y faltan esos movimientos con agenda nacional y bancada congresal que, ahí donde solo habitan las ONG y sin tomar el lugar de los dirigentes ni atrapar gremios como botín (lo que hace Patria Roja con el Sutep), ayuden a canalizar pacífica y ordenadamente la protesta; que den a las reivindicaciones de los desfavorecidos o de los que sin serlo especialmente se sienten con derecho a aumentar su participación en su sector económico en crecimiento, la capacidad de cabildeo o lobby legítimo que tienen otros gremios y comunidades solventes. O sea, hay que profesionalizar y tecnificar la protesta. Y hacerla más imaginativa, para que sea la creatividad y no el trágico saldo de muertos y heridos lo que asegure su repercusión mediática. Que no se pierda la relación simbólica entre la reivindicación y la forma de lucha. ¿Qué tiene que hacer, por ejemplo, el reclamo de mejores condiciones para el agro con cerrar el tránsito? Si son campesinos, que enarbolen los frutos de su tierra. Perdido su simbolismo, la lucha puede perder sentido ante la sociedad.
En el reciente paro agrario, cuyos cadáveres no solo deben pesar al Gobierno sino a los dirigentes, la turbamulta ha sido tal que no se han consolidado liderazgos, la alianza gremial se cuarteó y la plataforma se expresó confusamente: miedo al encarecimiento futuro del agua, a los efectos del TLC, al precio de los fertilizantes. Demandas atendibles que la violencia del paro resolverá o compensará en alguna escasa medida. Que piensen los reclamantes que les iría mejor empleando los canales que les franquea la democracia.