Por Daniel Flores Bueno
Un hombre tiene varios sueños. El camino más corto entre esos sueños y la realidad es una vida intensa. A veces ni siquiera alcanza esta última. Pepe Ludmir falleció pocos días antes de ver cumplido uno de sus más grandes anhelos: narrar en vivo y en directo la ceremonia del Óscar. Eso ocurrió hace 12 años en Los Ángeles, exactamente el 12 de febrero de 1996. Pero su historia es mucho más que una ironía. Su vida es la de un periodista que logró en 1951 lo que nadie en América Latina había hecho: cubrir desde Hollywood la fiesta del cine. Ojo. Eran tiempos en el que los aviones tenían hélices, los vuelos internacionales salían de lo que hoy es el Ministerio del Interior. Épocas en las que la radio reunía a la gente y la televisión en blanco y negro recién estaba por aterrizar en Lima.
Su compañero de trabajo de esos años Humberto Martínez Morosini nos recibe en su departamento ubicado en el malecón de Miraflores, quinto piso de un edificio con una espectacular vista al mar. Le hemos pedido una entrevista para hablar sobre Pepe Ludmir. Mientras el camarógrafo prepara la cámara de video para la entrevista, Martínez Morosini me cuenta que ellos dos, junto a un muchacho Bacigalupo que venía de trabajar en la BBC de Londres, fueron los fundadores de Radio Panamericana. Años de competencia muy fuerte que en el caso de Pepe Ludmir se dio claramente cuando un muchacho argentino llegó con pretensiones de reemplazarlo. Martínez Morosini dirá algo que irán repitiendo uno a uno todos los entrevistados: "Pepe Ludmir era irreemplazable".
Lo mismo me explicará su discípulo y amigo Iván Márquez. La voz inconfundible de Panamericana se da un alto en el canal para señalar que conoció a Pepe Ludmir cuando entró a trabajar en la radio el año 65: "Alguna vez controlé el audio de su programa 'Charlas de cine'. De allí surgió una amistad. El señor fue en su tiempo el único latino que transmitía el Óscar, y el peruano, para orgullo nuestro, que trajo el Óscar a toda Latinoamérica, incluyendo México. Además Pepe nunca fue egoísta. Compartía todo lo que sabía y de esa forma abrió la puerta a todos aquellos que querían comenzar a transmitir esta fiesta del cine. Alguna vez Pipo Mancera, uno de los grandes maestros de ceremonias que tuvo la televisión argentina, dijo que le agradecía personalmente a Pepe Ludmir, porque gracias a él pudo ingresar a Hollywood a transmitir el Óscar".
La voz de Márquez cambia de registro conforme bucea en sus recuerdos. Su mente es como una máquina del tiempo donde se va sucediendo una serie de imágenes. Al escucharlo imagino la Lima de finales de los años sesenta y comienzos de los setenta: caras, calles, edificios y sobre todo las oficinas de Radio Panamericana. Iván se queda en silencio tratando de elegir la mejor metáfora que explique la pasión de su amigo. De pronto me dice: "El señor Ludmir era tan especial. Para él la entrega del Óscar era como el Año Nuevo para los adultos o la Navidad para los niños. Una fiesta. La época más linda. Fíjese cómo era el trabajo de Pepe, que ni bien acababa la ceremonia en Los Ángeles, se iba a los estudios de grabación y allí armaba el programa para radio y televisión. Se pasaba toda la noche en vela convirtiendo las tres horas de ceremonia en una hora y media. Interpretando aquello que pudiera conectar con nuestra forma de ser. Luego el martes agarraba a primera hora un vuelo para Lima y el miércoles a más tardar se transmitía la ceremonia primero por Radio Panamericana y el domingo por Panamericana Televisión. Gracias a Pepe Ludmir los cinéfilos comenzamos a ver Hollywood de otra manera. En cada una de sus transmisiones Pepe se daba el lujo de contar hasta el último detalle y a veces comentar los chistes que adaptaba a nuestra idiosincrasia. Era allí donde se veía su mano maestra y cuando resumía en pocos segundos lo que había dicho el artista en varios minutos. Eso nadie logró hacerlo en todos estos años de su ausencia. Supongo que esa es la razón por la que Frecuencia Latina ha optado los últimos años por recurrir a traductores profesionales, que tampoco lo hacen como lo hacía él", ha dicho Márquez. ¿Es verdad que nadie es imprescindible?
A miles de kilómetros de Lima, en Los Ángeles, vive Bruce Ludmir, uno de los dos hijos de Pepe, en quien recayó la difícil tarea de reemplazarlo en la transmisión de el Óscar. Bruce acaba de llegar a su oficina a eso de las 9 de la mañana y una pregunta lo ha obligado a retroceder en el tiempo muchos años atrás. Hoy su voz suena más tranquila. Todavía recuerdo su llanto desconsolado al final de la ceremonia del Óscar a la hora de despedirse como se despedía su papá. Lo he llamado por teléfono para pedirle que me explique qué sintió ser comparado con su padre, competir con él e inevitablemente lidiar con ese fantasma que dice que los hijos deben superar a los padres. Bruce Ludmir responde:
"Nunca fue mi objetivo ponerme en los zapatos de mi papá, porque no tengo ni su personalidad ni su carisma. Él tenía sus virtudes y defectos, como los tengo yo. Entonces, nunca sentí esa presión de reemplazarlo. Hacerlo hubiera sido vivir para complacer el deseo de los demás y la vida es demasiado corta para andar haciendo eso. Para mí transmitir el Óscar era otra cosa. Era como cumplir con un legado. Una vez al año podía, a través de esa ceremonia, tener un vínculo con mi papá. La gente que estaba en la cabina conmigo era la gente con la que había trabajado los últimos 20 años. La directora del departamento de publicidad internacional; Gil Cates, el productor del Óscar, todos ellos son gente que he conocido muchos años durante el tiempo que ayudé a mi padre. Por eso, para mí esta ceremonia era como juntarme una vez al año con la familia profesional de papá, para hacer algo que por equis circunstancias había heredado. Trataba de hacer lo mejor posible, porque no era un compromiso comercial sino emocional. A algunas personas les gustaba y a otras no, pero yo nunca traté de imitar a mi papá".
Conforme avanza la conversación el segundo hijo de Pepe Ludmir, que se graduó de psicólogo, dice "Mi papá alguna vez me dijo abiertamente que aquel mundo de Hollywood no era fácil". Es un mundo poblado por una gran cantidad de gente que necesita ser admirada por los demás. "Por eso tienes que lidiar con un montón de egos inflados que solo les encanta que les digan cosas bonitas". Bruce se dio cuenta de ese detalle cuando comenzó a acompañar a su papá y observó que los actores se comportaban de una manera cariñosa solo para proyectar una buena imagen. "Se pueden acordar de tu cumpleaños o la talla de tus zapatos simplemente para dar una imagen positiva. Todo para que la gente se acuerde de ellos. Esto no es algo que critico. Es simplemente una realidad. Gajes del oficio. El mundo en el que están ellos solicita este tipo de comportamientos. Pero también uno puede conocer personajes muy sencillos. Uno fue Jack Lemmon. Lo conocí poco antes de su muerte. Me impresionó porque fue una de las personas más sinceras que podría uno conocer en Hollywood. Se sentó antes de la entrevista y hablaron de las viejas épocas con mi papá media hora como viejos amigos. En ese momento trabajaba en una película. Pero no fue por una cuestión de imagen, sino que mi papá de verdad lo conocía de muchos años atrás. Gente como él era más la excepción que la regla".
"La primera vez que acompañé a mi papá al Óscar fue en 1976. En ese entonces no había la cantidad de gente involucrada en la ceremonia como hay ahora. Caminábamos por la alfombra roja junto a los artistas, productores y directores. En ese entonces tenía 20 años y uno de los nominados ese año era Christopher Reeve (el actor de "Superman"). Recuerdo que en la cabina de transmisión había una mujer del equipo de México que le pedía a mi papá que le presentara al actor. También me acuerdo la primera vez que se estrenó "Rocky". En ese tiempo el actor Silvester Stallone era totalmente desconocido en el mundo de Hollywood. En el preestreno para la prensa mi papá le hizo una apuesta. Le dijo a Stallone que su película iba a ser nominada e iba a ganar el Óscar. Apostaron un dólar. Tengo la foto de cuando la película gana y mi papá le hace otra entrevista a Stallone y este saca de su billetera un dólar, le estampa su firma y se lo regala".
Bruce sigue sacando recuerdos como si sacara fotografías de un cajón: con Peter Sellers en Hawái, con Burt Reynolds montando caballo, con Dustin Hoffman hablando de la posibilidad de hacer una película sobre un periodista como Pepe, que cubre los incidentes de este mundo, lo conoce tras bambalinas y crece junto a esta industria de sueños. Entonces Bruce dice algo que ha estado esperando decir durante mucho tiempo: "Mi papá se enfocaba en la proyección de este mundo. A mí en cambio me interesa saber qué es lo que de verdad sienten o piensan las personas".
Así como para Bruce el mundo del cine es una ilusión, su papá es una realidad. Es el hombre que lo acompañó en el primer accidente serio de su vida, cuando una puerta casi le hace perder un dedo en el nido. "En el quirófano me tranquilizó diciéndome que los doctores tenían máscaras como los vaqueros bandidos". Un papá tierno que le cantaba canciones y le enseñó a ser generoso y auténtico con las personas. "Por todo eso lo último que mi papá escuchó de mí fue que él tenía su punto de vista y yo el mío, pero que por encima de todo lo quería mucho. Se lo dije un viernes, tres días antes de su muerte".
Si Pepe Ludmir estuviera vivo, como de hecho lo está en el recuerdo de miles de televidentes, seguro que un domingo como este diría al finalizar la ceremonia del Óscar: "Chao Bruce, chao Sharon. Nos vemos en el cine".