Por Enrique Sánchez Hernani
No deja de seguir sorprendiendo el vigor literario de Ernest Hemingway. Su talento enorme lo llevó a ser un claro precursor aún en rutas paraliterarias como las del periodismo, donde hizo gala de ser un tenaz y elegante cronista, siendo muy joven todavía. No por nada su producción de crónicas para los diarios y revistas donde trabajó en los albores de su carrera literaria es considerada la madre del Nuevo Periodismo, que en los 50 forjarían ya muy claramente gentes como Tom Wolfe o Truman Capote, entre muchos otros formidables periodistas que escribieron para diarios y revistas con nervio literario.
La recopilación hecha en este libro de la mayor parte de lo escrito por Hemingway para el Toronto Star entre 1920 y 1924 adula nuestro buen gusto. El estilo que luego lo haría famoso, aquel de descripciones directas y certeras, de párrafos cortos y oraciones escritas como con un rápido navajazo, aparte de su sublime uso de los diálogos, aparece ya aquí, en su producción periodística primera.
Acusado de servir al día siguiente solo para envolver pescado, el periodismo es un acto sublime cuando Hemingway lo escribe al pie de su mesa de trabajo. Y no solo sublime, inmortal. Ser un corresponsal viajero le permitió al escritor ser un formidable estilista e informante del alocado mundo de esos años.
En pocas carillas nos enteramos de las agitaciones europeas de la guerra o de los hábitos en torno a los aperitivos o un baño caliente. Geniales resultan las piezas donde describe al fosco dictador Benito Mussolini y sus hordas de camisas pardas. La vida misma palpita allí, certera y sin amaneramientos. Y eso que escribió estas crónicas cuando era un perfecto desconocido y antes de ingresar por la puerta grande de la literatura.
La recopilación de crónicas y reportajes del estadounidense es apasionante y seguro no defraudará a sus seguidores. Y debiera ser un libro de lectura obligatoria para estudiantes de comunicaciones y periodistas en ejercicio. Todos debieran leer, por ejemplo, cómo Hemingway traslada a una breve información periodística los libros de William Blake, Coleridge o Shakespeare; una delicia. La edición también trae un devoto prólogo de Rodrigo Fresán, que nos da las pautas para descubrir al periodista Hemingway. El libro, está de más decirlo, nos ha dejado de veras entusiasmados.