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ANIMAL DESPITADO

Queridos infelices

Por Renato Cisneros

"La gente feliz no es interesante. Es mejor aceptar la carga de la infelicidad e intentar transformarla en algo que valga la pena". Esa es la reflexión lapidaria que el protagonista de la novela Juventud (J.M. Coetzee) hace delante de su novia Jacqueline, cuando ella lo trata de persuadir de hacer terapia psicológica para que así recupere cierta felicidad perdida.

Descontextualizada, la frase podría sonar inequívocamente pesimista, pero al completar la lectura de la novela esa línea adquiere toda la relevancia de una poética, y siembra en la cabeza del lector una duda magnífica respecto del sentido último de ser feliz.

No es casual que el protagonista del libro sea un jovencito aficionado a la poesía, dispuesto a sufrir las penurias sociales del anonimato, con tal de convertirse algún día en un escritor de grandes ligas.

¿Cuántos de nosotros (sin ser tan jovencitos) aún cobijamos esa misma pretensión? ¿Cuántos de nosotros compartimos ese espíritu orgullosamente desvalido, esa curiosidad hacia lo imperfecto, esa disciplinada indiferencia hacia todo símbolo de perpetuo confort?

Siempre he creído que una de las cosas que más identifica a los artistas es su propensión hacia el estropicio, la fatalidad, el error, hacia esa circunstancia emocionalmente límite que los confronta, los interpela, los incomoda y los arroja violentamente a la creación. No me animaría a precisar si se trata de una inclinación del todo involuntaria. A veces pienso que no. Que los artistas son una extraña estirpe de vampiros paranoicos que, sin ser sensibles a la luz, igual le huyen, azuzados por el miedo de perder el recuerdo definitivo de la oscuridad en que nacieron, o tal vez por el pudor de ya no saber desenmascararse lejos de ella.

Aceptar la carga de la infelicidad, como aconseja Coetzee, no es resignarse a ser un infeliz. Es ser consciente de lo profundamente erráticos y contradictorios que son los seres humanos, y de lo absurda que resultaría la vida si todo alrededor de ella estuviese teñido de esa provisoria (y a la larga engañosa) calidez que la felicidad trae consigo.

La otra noche coincidíamos con mi amigo el poeta Diego Otero en que la felicidad (o lo que se supone que ella representa) dura lo que dura un escalofrío; y quien no se percate de ello corre el riesgo de relajar su instinto suspicaz y disconforme, tan vital en los hombres y mujeres que aspiran a reconocerse como artistas. "Los artistas tienen que vivir con su fiebre, sea buena o mala. La fiebre es lo que los hace artistas, por eso hay que mantenerla con vida", dice el personaje de 'Juventud'. Y al leerlo uno enseguida corre a tomarse la temperatura, con la callada esperanza de estar irreversiblemente enfermo.

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