Por Óscar Caipo. Presidente de KPMG Perú
En una economía globalizada, las empresas compiten por los mercados y los estados compiten por las inversiones. Sin embargo, para ser exitosos, no basta hacer las cosas bien, es necesario que sus líderes utilicen la velocidad como herramienta estratégica para la competitividad. Tener éxito no es fácil ni frecuente. El éxito en la empresa y el Estado nunca es casualidad, siempre es el resultado del esfuerzo inteligente de sus líderes.
En más de dos mil años de la era cristiana se han producido tres revoluciones tecnológicas con una característica común: la velocidad como herramienta estratégica para la competitividad. La primera revolución tecnológica se inició en 1455 con la invención de la imprenta con caracteres móviles y su detonante fue el libro. La segunda revolución se inició en 1765 con la invención de la máquina de vapor utilizable económicamente y su detonante fue el motor a vapor. Y la tercera revolución tecnológica es la revolución digital y su detonante es la computadora.
En el Perú hay numerosos lugares en los que no se ha iniciado aún ninguna de las tres revoluciones tecnológicas. En muchas poblaciones del país no se conoce el libro, no se utiliza el motor ni se tiene el beneficio de la computadora y el Internet. A muchos de estos lugares no ha llegado el Estado o su presencia ha sido insuficiente. Un efecto de esta realidad es el porcentaje de pobreza en el país, que en promedio alcanza el 50% de la población rural y urbana. Reducir progresivamente la pobreza es un objetivo estratégico del Estado. Hace algunos meses escuché al ministro de Economía decir que una meta del Gobierno para el 2011 es reducir la pobreza al 40%. Es una meta ambiciosa, pero posible, y alcanzarla dependerá, en parte, de la velocidad que impriman los líderes de la empresa y el Estado en sus actividades y procesos estratégicos.
La brecha económica y social de infraestructura del país, según el Plan Nacional de Infraestructura, bordea los US$43.000 millones. La brecha económica, que es de US$30.000 millones, incluye los sectores transporte, saneamiento, electricidad, telecomunicaciones, riego y gas natural. La brecha social, que es de US$13.000 millones, incluye los sectores vivienda, educación y salud. Cerrar la brecha económica puede ser una oportunidad de inversión para la empresa privada y cerrar la brecha social puede serlo para el Estado.
Sabemos que la inversión para el trabajo es prioridad en la agenda del Gobierno, por eso, el auge económico temporal que experimenta el país debería ser aprovechado para avanzar en las reformas que harían del Perú un país más competitivo, con una economía más estable y predecible; es decir, un país consistentemente atractivo para la inversión nacional y extranjera. Será consistente en la medida que el Gobierno Central entregue oportunamente recursos financieros a municipalidades y regiones; priorice privatizaciones, concesiones e inversiones descentralizadas en infraestructura; y promueva la inversión privada en las regiones.
El Perú es ahora un país más competitivo para atraer inversiones, pero necesita avanzar en la implementación de reformas institucionales para, también, alcanzar la calificación de grado de inversión. Será necesario que nuestros líderes en la empresa y el Estado utilicen la velocidad como herramienta estratégica para la competitividad. No se trata de una velocidad irracional, temeraria o improvisada; es, más bien, una velocidad inteligente, reflexiva y programada. Es una velocidad estratégica para competir por los mercados y las inversiones. Es que en ambos casos se persiguen objetivos similares: de un lado, crecer más que nuestros competidores, mejorando y anticipando ingresos y flujos de efectivo; y, de otro, reducir el costo de las actividades y procesos.