A unque finalmente el Congreso dio marcha atrás, lo sucedido el miércoles en el hemiciclo, entre gallos y medianoche, no fue una 'otorongada' más. Fue un acto corrupto. Porque la corrupción no solo consiste en robar dinero, también es corrupto el político que abusa del mandato recibido por el pueblo para actuar de espaldas a él y en beneficio propio.
Los hechos: Tula Benites, congresista aprista por Trujillo, contrató al trabajador Juan Carlos Cuadros de quien se entiende recababa parte de su ingreso. Por una situación similar se había ya desaforado a Elsa Canchaya (UN). Pero como muchos parlamentarios apristas creen que pueden estar por encima de la ley y el orden pretendieron exculpar a su colega de bancada e impedir que pase al Poder Judicial. Es evidente que el espíritu de cuerpo dentro del Congreso a favor de acusados de graves delitos sigue siendo cerrado, no importa el alto costo moral y político que la institución pague por ello.
Felizmente, en el caso de Benites, la dirigencia aprista dio ayer marcha atrás. Bien por el presidente García que, como líder del partido, habló alto y fuerte para llamar a disciplina a sus correligionarios. Y tenía razón. ¿Con qué cara habría salido a hablar de orden y de confianza en el país cuando al interior de su partido se daba tan burda sinvergüenzada? Lamentablemente una parte importante del daño estaba hecho.
Se debe reconocer que la cúpula del gobierno ha sido permeable a la inmediata e implacable reacción de la opinión pública y de los medios de comunicación --que tanto escandalizan a los fujimoristas. De lo contrario, se habría perpetrado un atroz atentado contra la institucionalidad democrática.
Y es que de todo esto trasunta que el Apra, como hemos sostenido repetidamente en El Comercio, sigue, como partido y bancada, pensando consciente y premeditadamente en los intereses del partido antes que en los del país.
Un indicio es que el secretario general del Apra Mauricio Mulder mintió cuando exigió una sesión secreta aduciendo que el mismo trato se aplicó al caso de la desaforada congresista Elsa Canchaya. ¿No resulta evidente que lo que se quería era, a escondidas y en secreto, concretar uno de los más grandes y corruptos ultrajes a la democracia de los últimos tiempos y esconderle a la ciudadanía quiénes eran los responsables?
Mauricio Mulder, quien indicó a su bancada que la votación sería 'de conciencia' (sic), ha demostrado que el cargo le queda grande. Será un buen organizador de triquiñuelas, pero no ese líder con visión de estadista que requiere una bancada de gobierno que se propone enfrentar el duro reto de iniciar cambios estructurales en el país. Es inconmensurable el daño que le ha hecho a su gobierno en pérdida de confianza a cambio del triunfo pírrico de intentar salvar a una congresista corrupta. Mulder habrá ganado frente a sus partidarios, pero el partido de gobierno ha perdido frente al país.
¡Qué difícil es creerle ahora a Mulder cuando señala que los apristas que votaron ayer en contra de la acusación constitucional de Benites serán sometidos a un proceso disciplinario!
¡Qué decir el presidente del Congreso Luis Gonzales Posada que dilató y dilató la sesión del miércoles! (¿Aparentemente para crear las condiciones propicias y luego votar en contra?)
¡Y qué decir del vicepresidente de la República Luis Giampietri! Votó como un fujimorista más, incluso ayer, en contra del desafuero de la parlamentaria.
¿Qué pretendían estos líderes apristas del Congreso? ¿No eran conscientes de que estaban abjurando de lo más preclaro de una conducta política honesta?
Y es que son estas actitudes democráticamente corruptas las que empujan a un amplio sector de nuestro país a buscar otra salida política fuera del sistema democrático. ¿Como pedirle a ese sector no incluido de nuestra sociedad que no vote por el antisistema cuando el sistema se comporta tan corruptamente? Es esa una de las más serias consecuencias de la irresponsable actitud de apristas y fujimoristas.
Ahora, luego del traspié del Congreso, solo esperamos que el Poder Judicial actúe de manera transparente y no se haga eco de la actitud cínica y sospechosa con que la desaforada Tula Benites dijo no temer al proceso que tendrá que enfrentar en los tribunales.
Algunas cosas buenas quedan de todo esto. Que la cúpula del gobierno tiene la agilidad para reaccionar y no dejarse arrastrar por el partido (finalmente, aunque tarde, Benites ya fue expulsada del partido). Pero también que los congresistas se van dando cuenta --por las malas-- que si bien ya no es posible mantener la infame y sempiterna práctica de asesores fantasmas, tampoco el país acepta maniobras congresales corruptas, de corriente uso antaño. Y es que un país que progresa se vuelve cada vez más celoso de sus instituciones.