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LOS MONSTRUOS EN LA LITERATURA LATINOAMERICANA

Catálogo del espanto

Por Moisés Sánchez Franco

Desde la Epopeya de Gilgamesh hasta los exitosos relatos de Stephen King, los monstruos han poblado las mejores páginas de la literatura universal. Esta fijación de los hombres por los seres excepcionales se explica en la necesidad que tiene toda sociedad de legitimar las fobias sexuales, la intolerancia religiosa y los afanes de pureza étnica y moral. Así toda sociedad necesita de los monstruos para demostrar los peligros que se sufren cuando se trasgreden los límites entre lo civilizado y lo bárbaro, lo saludable y lo enfermo, lo divino y lo demoniaco, lo humano y lo animal. Acaso por ello, a lo largo del siglo XX, la literatura latinoamericana ha creado una sólida tradición de narrativa sobre esperpentos, al punto que es posible organizar un catálogo de rarezas ficcionales de nuestro continente. En primer lugar están las bestias e híbridos. El decadentista Clemente Palma (1872-1946) nos presenta a la gigantesca reina alacrán que busca tener contacto sexual con el morfinómano Macario en "El príncipe alacrán". En "Las vampiras", unas sensuales pero tenebrosas mujeres sedientas de sangre y placer aparecen en la noche en las habitaciones de los hombres lanzando voces mezcladas con aullidos. Estos monstruos son mujeres blancas, tienen los ojos amarillos y fosforescentes como los búhos, los labios de un rojo sangriento son carnosos y, detrás de ellos, los dientes lucen contraídos y blancos como los de los ratones. En "El almohadón de pluma", Horacio Quiroga (1878-1937) nos presenta a un horrendo ser que escondido entre las plumas del almohadón succiona la vida de la bella y joven Alicia. Al ser descubierta, esta gran bola viviente de patas velludas y piel viscosa, estaba tan hinchada de sangre humana que apenas podía abrir la boca. En "Un señor muy viejo con alas enormes", Gabriel García Márquez (1928) describe a un hombre decrépito que carece de cabellos y dientes, y ostenta unas sucias y gigantescas alas de gallinazo. En ese mismo cuento, aparece la mujer que se había convertido en araña por desobedecer a sus padres. Era una espantosa tarántula del tamaño de un carnero y con la cabeza de una doncella triste. Este desdichado ser era la atracción de un circo de deformes y se alimentaba de bolas de carne fresca. Los deformes también son personajes que ocupan un lugar importante en nuestro catálogo. El ecuatoriano Pablo Palacio (1906-1947), amante de lo mórbido, describe a unas siamesas celosas que padecen ataques histéricos y sostienen terribles peleas por amores fatuos. Jorge Luis Borges (1899-1986) también abordó el tema de los deformes en la historia del enmascarado Hákim de Merv. Hákim porta una máscara dorada, porque afirma que sus ojos tocados por Dios poseen un gran fulgor, pero cuando los hombres logran observar el rostro del falso profeta comprueban que este estaba deformado por la lepra, así "no tenía cejas; el párpado inferior derecho pendía sobre la mejilla senil; un pesado racimo de tubérculos le comía los labios; la nariz inhumana y achatada era como de león". Otro deforme notable es el protagonista de Bomarzo, el noble renacentista Pier Francesco Orsini, el personaje culto y melancólico creado por Manuel Mujica Láinez (1910-1984). Dicho personaje poseía una joroba, así como una deformación en la pierna derecha que le obligaba a arrastrarla levemente. Orsini tenía dos peculiaridades: una vida ilimitada y un bosque poblado de imágenes monstruosas. En los mundos cotidianos de Julio Cortázar (1914-1984), es posible encontrar a seres antropófagos, como "Las Menades"; brujas envenenadoras, como "Circe" y enfermos que atraen polillas y rebotan, como Severo de "Las fases de Severo".

Pero Cortázar también narra la vida de la deforme Leticia en "Final del juego", una bella y macilenta adolescente del barrio de Palermo que padece un endurecimiento de la espalda que le impide mover la cabeza a los lados y la asemeja a una tabla de planchar. En "Crónicas del ángel gris", el humorista argentino Alejandro Dolina (1950) también ha acometido la empresa de describir seres excepcionales, como el gigante Gorrindo, el arrebatador de sombras del barrio de Flores. Con un facón luminoso, el gigante corta las sombras de los pasantes y se las apropia. Al ponerse el sol las proyecta y entonces cae la noche en el barrio porteño de Flores.

En La Guerra del fin del mundo, Mario Vargas Llosa describe al sobrecogedor Felicio, uno de los más fieles seguidores del Consejero. Al nacer con la cabeza enorme y las piernas muy cortas, este desdichado ser caminaba por los escabrosos sertones, utilizando sus cuatro extremidades. Por su enorme cabeza cubierta por tupidas crenchas que le tapaban las orejas y zangoloteaban con sus movimientos, los hombres lo llamaron el León de Natuba. Otro grupo de monstruos representados es el de los engendros de la ciencia y de la fe. Acaso como una crítica velada a los excesos cientificistas, Adolfo Bioy Casares (1914-1999) escribió "Bajo el agua" donde, en medio de un experimento por buscar la fuente de la juventud, Flora y el mediocre pintor Ragazzo son transformados por un científico excéntrico en salmones y condenados a vivir en el fondo de un lago por el resto de sus días. Inspirado en la leyenda del rabino Juda león y en la novela de Gustav Meyrink, Borges creó "El Golem", un poema sobre una vasta criatura de ojos de perro y aterradora apariencia que espanta a los gatos. El Golem fue creado por el rabino Juda mediante la pronunciación de una palabra que cifraba los secretos poderes divinos. Su naturaleza brutal obligó a su hacedor a quitarle la vida. José Donoso (1924-1996) creó la ciudad de los seres alucinados en El obsceno pájaro de la noche. Una caterva de monstruos puebla La Rinconada, un lugar construido por el millonario don Jerónimo para su deforme hijo Boy. Pero en esta novela de seres de pesadilla destaca el imbunche, un cruel invento de la fe, un niño bastardo cuyo sexo, boca, nariz, oídos, manos y piernas son cosidos desde su nacimiento por siete ancianas que esperan formar así a un ser puro, que no se entregue a los placeres carnales y que las lleve al reino de los cielos. Finalmente debemos destacar las diversas representaciones de Satanás hechas por nuestros escritores. Clemente Palma, por ejemplo, representó al demonio en "El último evangelio" donde un elocuente y corrosivo Satán le muestra el desconsolador futuro de la humanidad al Cristo crucificado. Satán posee un aliento corrosivo que quema el hombro del Mesías y camina dando botes como una pelota de goma. Tiempo después, en "El hombre del cigarrillo", un escéptico Palma representará al demonio como un gris y decrépito ciudadano de clase media. Bioy Casares también configuró al demonio en "Historia prodigiosa". En plena fiesta de disfraces, el diablo se bate a duelo con Lancker luego de una acalorada discusión teológica. El olor a azufre, las alas rojas, la ironía y las enormes manos son características que Bioy Casares atribuye al príncipe de las tinieblas.

Por último, Guillermo Niño de Guzmán (1955) propone una imagen distinta del diablo en su cuento "Montblanc". Aquí el demonio tiene la apariencia de Omar Sharif en El doctor Zhivago, luce una garra en vez de una mano, tiene ojos llameantes, acento extranjero y bebe un vermut.

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