Por Enrique Sánchez Hernani
Aunque James Ellroy es un tipo refinado que suele visutar restaurantes exclusivos -como el neoyorkino The Four Seasons- y un escritor disciplinado y cumplido, no ha logrado escapar a su fama de vecino destacado de los bajos fondos literarios. Feroz cultor de la novela negra y príncipe de esa subespecie del género policiaco estadounidense que hubo que inventarle, el hard boiled, además de escribir novelas y cuentos donde ha retratado sin piedad el lado siniestro de las calles de su país, también fue un redactor aplicado de la revista GQ, donde colaboró desde 1993 durante más de una década. Con extraordinarios reportajes policiales, por supuesto.
Producto de aquella experiencia paraliteraria, Ellroy pudo publicar dos libros que reunían sus mejores textos en la mencionada revista. Uno de ellos, Ola de crímenes, acaba de llegar con cierto retraso a nuestras librerías. Esperamos que el otro, Destino: la Morgue, nos haga compañía pronto. Ola de crímenes compila ocho reportajes de portentosa factura y tres ficciones cortas tributarias de su novela L.A. Confidencial ("Chantaje en Hollywood", "Hush-Hush" y "Tijuana, Mon Amour") que, sin embargo, están ferozmente emparentadas con la realidad, pues fueron escritas al influjo de sucesos reales, en gran parte contados allí, como las andanzas de Danny Getchell, manipulador redactor de la revista de chismes de la farándula Hush-Hush, que tiene en sus manos a todas las estrellas y a las cuales aprieta de vez en cuando para obligarlos a contarle las oscuras intimidades de sus amigos, a cambio de guardar discreción sobre los desmanes de sus forzados cómplices. En el volumen figura la primera versión de la historia que luego Ellroy desarrollaría sin censura en su novela Mis rincones oscuros: la historia del hallazgo del cuerpo sin vida de su madre, Geneva Hilliker Ellroy, borrosa enfermera que solía irse de copas con cuanto hombre se le cruzase por el medio, y que moriría cruelmente a manos de su último acompañante. El resultado es estremecedor. No solo porque sabemos que la víctima a quien investiga es su madre, sino por su lenguaje sin adornos ni oropeles, y que resulta ser tan seco como el golpe de una navaja en la piel humana. Los detalles sórdidos, sin embargo, son tratados con una elegancia magistral, que nos lleva de las narices a terminar de leer toda la historia.
Extraordinario también resulta "Sexo, oropeles y codicia. La seducción de O. J. Simpson", donde sin rubor ni clemencia disecciona la extraviada personalidad del célebre deportista y la consumación del crimen por el que fue llevado a los tribunales. La lógica implacable de Ellroy camina de un dato a otro, sacando sus conclusiones y vertiendo atinadísimas reflexiones sobre las relaciones entre la fama y la demencia, entre el dinero y la obscenidad. Cada párrafo, lleno de información, se anuda al siguiente mediante una atinada y bien construida frase, sin darle tiempo al lector a que recargue sus pulmones de oxígeno. La conclusión (tienen que leerla) es la cavilación de alguien que sí ha pisado los sótanos más bajos de la vida, como le pasó al escritor, por lo que resulta ser tan sabia como sobrecogedora.