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LECTOR SIN PLAN

De lo que hablan los escritores

Por Enrique Planas

El peor error que puede cometer un aspirante a escritor es tomar al pie de la letra las declaraciones de un escritor profesional. Conozco casos en que el respeto por las frases se convierte más bien en fetichismo, en repetida oración de creyente que sigue sin dudas ni murmuraciones al único profeta. Es el vicio de quien repite de paporreta frases de un autor admirado y cree que cualquier idea contrastante con sus enseñanzas resulta una herejía.

Lo curioso es que, de un tiempo a esta parte, el casi género de entrevistas a escritores ha perdido entre nosotros buena parte de atracción.

En tiempos en que estaban de moda los opinadetodo, el lector esperaba de un escritor que le descubriera con lucidez lo que estaba más allá de lo evidente. Economía, sociología, coyuntura política, todo formaba parte de la sabiduría del escritor mediático. Hoy, sin embargo, cuando los estudiosos sociales debieron legar buena parte de su espacio a los tecnócratas y economistas, la palabra del escritor se hizo, salvo notables excepciones, mucho menos urgente, atendible, necesaria. La gente prefirió la información y la cifra práctica que la especulación con estilo.

Y creo que está bien así. Más allá de sus calidades artísticas, la mayoría de los escritores locales son pésimos entrevistados. Se cuidan de siempre parecer serios, siempre se creerán actores fundamentales para la cultura peruana y, por ello, todo lo que digan debe ser grabado en bronce. Personajes siempre evadiendo reflexiones más profundas que el mero anecdotario de sus años felices e indocumentados.

¿O quizás es todo culpa del periodista que no pudo hacerle decir aquello que tanto esconde, cuando es incapaz de descubrir al personaje en cuestión? Puede ser. En todo caso, uno de los pocos autores que sí sabía divertirse con un redactor era el recientemente desaparecido José Adolph. La última que le hice, recuerdo, fue en su cocina, y él me recibió en tirantes y sin camisa. Nada más cubría su cuerpo. Por supuesto, sus respuestas solían ser igualmente desprovistas de vergüenza o corrección política, pura ironía, lucidez e irresponsabilidad.

La mejor actitud cuando escuchamos hablar a un escritor debería ser, más bien, la de la sospecha permanente. Pensar dónde está la trampa en toda reflexión, aforismo o máxima de un autor que hable sobre su oficio. La verdad, en uno de los oficios con menos ciencia como es el arte de escribir historias, hay tantas definiciones de literatura como autores que se animan a formularlas. Cada escritor, además de una voz, construye su dogma de fe, su personal reflexión sobre el acto de crear ficciones.

Sin duda, uno de los mejores antídotos para evitar la adherencia de interpretaciones ajenas de lo que sea la literatura es la lectura de compilaciones de entrevistas a escritores. Y, quizás no mienta si digo que las mejores son las que publica The Paris Review, la revista fundada en 1953 que arrancara los más sabrosos y profundos diálogos con los autores imprescindibles para las letras del siglo pasado. La edición que acaba de lanzar El Aleph Editores, editada por el crítico y editor catalán Ignacio Echevarría es especialmente relevante: después de introducciones siempre útiles, en un solo volumen conviven William Faulkner y el mito del escritor puro, la deliciosa frivolidad de Isak Dinesen, la conciencia moral de Georges Simenon, la escandalosa lengua de Evelyn Waugh ("un artista debe ser reaccionario" afirma sin ruborizarse); la brusca ironía de John Cheever, el cinismo brutal de Kurt Vonnegut, la rectitud e inteligencia de Joyce Carol Oates.

La de Faulkner fue realizada en 1956 y no ha perdido el brillo dorado del whisky que sostiene en la mano. La de Céline (1964) todavía asusta en su hostilidad, la de Puig (1989) aún divierte, la de Naipaul (1998) aún sobrecoge. La de Jean Rhys aún conmueve por su frágil, desdichada experiencia. Todos resultan testimonios diversos que demuestran que no hay respuestas perennes para lo que hacen los escritores, solo definiciones al uso que se usan y desechan mientras el tiempo persiste.

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