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TRAS LAS HUELLAS DE LA INOCENCIA

Los ojos y el tiempo

Por Carlos López Degregori

Elba Luján es una poeta que no puede adscribirse a ninguna generación ni promoción de poetas peruanos y que ha esperado el trabajo del propio y paciente molino interior para entregar varios libros que pueden leerse como el testimonio de una actividad secreta y necesaria. Sus dos primeros poemarios -Negro equino (1997) y Mar adentro (2000)- surgieron de este impulso y Rastros, el volumen que acaba de publicar Peisa, confirma esta vocación.

Rastros es un libro que se mueve en las coordenadas del viaje como una forma de autoconocimiento. El viaje desde una perspectiva simbólica, explica Cirlot, no es una simple traslación en el espacio, sino prueba iniciática, rito de purificación y proceso evolutivo que va del desconocimiento a la luz en un trayecto de pruebas y estaciones sucesivas. El punto de partida de ese viaje a la propia memoria es una súbita necesidad de contar, de volver claridad una experiencia nebulosa que se presiente: "No sé de donde vienen esas ganas de contar / o como surgen estos textos / recuerdos fugaces / inestables / envueltos en una luz / que solo deja ver con claridad / mi propio cuerpo / No logro determinar si ese resplandor / viene de afuera o de adentro".

Ese "resplandor" actúa como el faro que en la oscuridad guía la travesía; el hablante (o la hablante) poético atraviesa diversas casas, recintos, habitaciones, vuelve a encontrar a las personas que marcaron su experiencia, se detiene en los objetos tantas veces mirados y tocados. Esa es la clave. En la portada hay una niña atisbando desde un reloj antiguo. La imagen es exacta y reúne, creo, los dos puntos cruciales de este libro: los ojos y el tiempo. Son los ojos observando el tiempo que pasó y que quieren reconocerse en él como si se tratara de un espejo. No es una nostalgia condescendiente, tampoco la idealización del pasado o ese paraíso perdido que a veces llamamos infancia. Es, por el contrario, una sensación contradictoria de fascinación, porque hay un deslumbramiento en todo lo que observa el hablante poético, pero también de profundo desasosiego como si se contemplara aquello que no debe verse: "Siempre me pareció más estético / el modo de vivir ajeno / Tal vez ese fue el origen / de mi fugaz voyerismo / arrancado de raíz / la tarde más larga de mi infancia / cuando en una casa vecina / desangraron lentamente / a un cordero".

No sé si este breve texto tenga su origen en una experiencia cierta, o si es una manipulación, un falso recuerdo que a fuerza de tenerlo presente termina tatuado en nuestra experiencia; pero hay algo en él que nos sacude y que cae justo en la tensión de todo el libro: los corderos remiten simbólicamente a la blancura y la inocencia y este poema canta su inmolación. El libro todo puede leerse, pues, como el sacrificio del pasado para fortalecer al yo presente y adulto que escribe.

El poema muestra, además, la naturaleza de un discurso despojado y contenido, un fugaz voyerismo. Es una poesía en voz baja la de Elba Luján, casi un murmullo en el que las palabras hablan consigo mismas desde la emoción controlada y la exactitud. Canto y cuento es la poesía, reclamaba Antonio Machado, y esa equidistancia de relato y ritmo encantatorio es la que domina todo el libro. Es casi como un vaivén en el que solo cabe lo esencial. Hay un poema que encarna la virtud tensiva de este ajustado libro:

"Era un segundo piso / Aún recuerdo el miedo / y la sensación de ahogo en la garganta / cuando atrapada del tobillo / me sacaban de cabeza por la ventana / No era por maldad / simplemente les divertía / verme patalear y manotear en vano / El mundo vuelto del revés / sin nada a qué asirme".

La niña se bambolea y conoce el miedo que nada deja decir: solo una sensación de ahogo en la garganta. Es como una campana que nos ahuyenta y convoca al mismo tiempo. Es la inocencia que termina y sin ella, como la niña del poema, ya no tendremos de qué asirnos. Tal vez eso sea la madurez. Pero de esa inocencia algo nos queda; esos rastros que Elba Luján ha sabido devolvernos.

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