Por: Alejandro Deustua. Internacionalista |
Por su amplitud sectorial, dimensión operativa y propósito político las visitas oficiales del presidente García a Japón y China pueden calificarse de estratégicas. A ello contribuye el status global de los anfitriones (la mayor potencia tradicional asiática y la mayor potencia emergente), su extraordinaria importancia regional y su condición determinante en la cuenca del Pacífico. Estas características superan los requerimientos preparatorios de la cumbre de la APEC y confirman que el Perú busca en Asia objetivos que superan la dimensión de ese foro.
En cuanto al Japón, el presidente ha dejado claro que pretende renovar la relación bilateral superando el lastre de la turbia etapa fujimorista y de la neutralización diplomática posterior. El Gobierno Japonés parece coincidir con ese planteamiento. Sin embargo, los resultados inmediatos se limitan ahora al anuncio un futuro acuerdo de protección de inversiones, a otro comercial (quizás en el 2011) y, como no, a la cooperación económica tradicional.
Si estos resultados inmediatos son exiguos, también están condicionados por una agenda económica quizás corta y por una política limitada al desbloqueo. Si de eso se trata, aún seguimos esperando una explicación sobre el vínculo entre el ex jefe de Estado Fujimori y una potencia extranjera que, en su acápite final, llevó a una subordinación manifiesta. Tan vergonzoso y debilitante acontecimiento no puede ocultarse en los requerimientos del pragmatismo.
Por lo demás, el Gobierno debe definir mejor su disposición a renovar la inserción del Estado en los escenarios en los que Japón y China son trascendentes. Y estos no son puramente económicos. Si Japón es el principal aliado de Occidente en el Pacífico noroccidental, el Perú debiera intentar mejorar la cooperación de seguridad con ese socio en el marco del perfeccionamiento de la relación con Estados Unidos y la Unión Europea. Para culminar esa operación, el siguiente paso debiera ser el de tender similares puentes con Australia y Nueva Zelandia. Si ello se logra, el mejoramiento de la inserción externa será equivalente a la potenciación del estatus nacional.
Por lo demás, en el campo económico también es minimalista aspirar a más cooperación tradicional japonesa o a impulsar el escasísimo comercio exterior y la inversión con ese país. Lo verdaderamente estratégico sería la inversión en tecnología de punta, la presencia de grandes empresas japonesas en sectores no tradicionales y en infraestructura (el impacto geopolítico en puertos sería mucho mejor que el que ofrece China).
De otro lado, si es evidente que la importancia de China es la de un mercado inmenso que ya consume lo que el Perú produce, lo importante sería el incremento de la capacidad de oferta peruana con participación china y la minimización nacional del riesgo importador. Aquí la aplicación del trato diferenciado debiera ser una contraprestación al reconocimiento de China como economía de mercado (cuando no lo es).
En materia de seguridad, el objetivo debiera enmendarse: no es conveniente establecer una 'asociación' con una potencia que privilegiará crecientemente el balance de poder en términos que probablemente no serán coincidentes en el futuro con el interés nacional. A estos efectos, no es útil cubrir el vínculo chino con un país chico con el estatus de "país en desarrollo" que en el caso de la potencia emergente es francamente cuestionable. Estas eventuales divergencias podrán ser compensadas por los regímenes consensuales que brinda la APEC.
Lo que sería francamente contraproducente es que Japón no respondiera al interés peruano y China sí (como ya ha ocurrido en el pasado), y que el esfuerzo político pierda de vista la necesidad de cerrar la brecha creciente que separa al Asia de América Latina.