Cual tuertos en país de ciegos, solo algunos presidentes regionales son idóneos. El resto sueña con autonomías imposibles, mientras sigue el estallido social
Por Hugo Guerra
Agotado lector, la caótica regionalización actual debe analizarse sin melodramas, pero sin considerar como simples payasadas posturas extremistas como la del independentismo puneño.
Desde la Constitución de 1979 fue evidente que crear regiones autonómicas en el Perú es innatural y peligroso para la república unitaria.
El esquema de cortes transversales (que complementaran costa, sierra y selva) tenía lógica económica, pero resultaba socialmente inviable. Luego, la decisión de crear 25 regiones en el 2002 puso la carreta delante de los bueyes por el interés politiquero de la oposición al toledismo. Primó el afán electoral de cara al 2006 antes que el estudio técnico.
La elección de los gobiernos regionales fue, entonces, una reedición de los cacicazgos históricos, porque solo un puñado de autoridades así surgidas ha demostrado idoneidad. Hoy, la incompetencia mayoritaria tiene recursos enormes pero imposibles de aplicar con eficiencia: más de 5.400 millones de soles están depositados por las regiones en el Banco de la Nación y pronto recibirán otros 6.000 millones que apenas ganan intereses mientras estalla la protesta social.
La culpa es compartida por un Estado cuyo proceso de modernización es exasperantemente lento. Recién existe una nueva Ley Orgánica del Poder Ejecutivo; todavía no se norman los niveles autonómicos; es incierto el futuro de las empresas públicas; existe conflicto de competencia entre regiones, municipios y gobernaciones; la regulación de las inversiones sigue demasiado embrollada; el régimen de contrataciones es de pánico; los mejores profesionales no quieren trabajar con pobrísimas remuneraciones; los fondos de compensaciones, regalías y cánones no están homologados; persisten equívocas exoneraciones tributarias; y, los proyectos de desarrollo no entienden al Estado como unidad.
Así, pocos presidentes regionales destacan como tuertos en país de ciegos. Los demás viven el sueño del un federalismo utópico; y los extremistas plantean la independización azuzados por el chavismo.
Esa amenaza es real. El corredor aimara de Puno a Bolivia y a Tacna sigue consolidándose demográfica, comercial y políticamente sin que se le intervenga con energía. En el norte los huambisas, aguarunas y otros adelantan proyectos "autonómico-nacionales" en zonas volátiles como la frontera con Ecuador y Colombia. Y después de lo ocurrido en Kósovo, no deberíamos imaginar una eventual balcanización como algo exótico en el Perú.
Debe, por tanto, corregirse la regionalización. El Gobierno Central sí necesita poderes expresos constitucionalmente para intervenir aquellas regiones donde sus autoridades afecten la unidad republicana. Urge también revisar el esquema de transferencia de recursos hasta tanto las regiones demuestren capacidad de planeamiento y ejecución de proyectos de alta rentabilidad nacional, no solo local.
Hace bien entonces el Parlamento presidido por Gonzales Posada en establecer mecanismos de concertación con las regiones, pero debe imponer objetivos concretos: por ejemplo, que no se reproduzcan nuevas olas de agitación política; y, precisar fecha para la macrorregionalización, pues mientras persistan los cacicazgos seguirá ese caos en el cual solo ganan los reyezuelos del interior y sus cortes corruptas, en desmedro del pueblo peruano.