Por Alonso Cueto
Trabajar en El Dominical de El Comercio ha sido una de las experiencias más memorables de mi vida, y lo fue gracias a las personas que conocí durante esos años. Convivir con gentes que uno no ha escogido en una oficina es una de las mayores pruebas del mundo moderno. El trabajo compartido de cerca, sobre todo cuando está marcado por la prisa de los cierres y de las reuniones, produce una serie de de exigencias y malentendidos que pueden crear o malograr amistades, pero que siempre ayudan a conocer a las personas. En mi paso por El Comercio, la generosidad y la inteligencia de mis jefes de entonces, Francisco Miro Quesada Cantuarias y Bernardo Roca Rey, hicieron que los reconociera de cerca y los valorara y admirara. Lo mismo puedo decir de Manuel Cisneros Milla y de todo el grupo de diagramadores, ilustradores, fotógrafos, administrativos y periodistas con los que estuve. Varios de ellos -Anselmo Escobar, José Blanco, Lupe Aynayanque, Jorge Paredes y Diego Otero-, siguen mostrando su calidad en las páginas de El Comercio, junto a un gran periodista, Alonso Rabí. Haber tenido a colaboradores como José Miguel Oviedo, Fernando de Szyszlo, Iván Thays, Alonso Alegría, Guillermo Niño de Guzmán, Carlos Bejarano, Abelardo Sánchez León y Ricardo Bedoya, entre otros, que empezaron a escribir o volvieron a El Dominical de los años en los que estuve allí, me llena de orgullo. Una de las experiencias que mejor recuerdo fue la de las ediciones especiales con las infografías e informes que hicimos sobre novelas como Conversación en la catedral, Crónica de una muerte anunciada, Los Ríos Profundos, entre otras. Ese fue un proyecto que contó con la invalorable ayuda de Xabier Díaz de Cerio. Los suplementos dedicados a los siete pecados y las siete virtudes capitales fueron hechos con mucho entusiasmo por todos nosotros. Claudia Gastaldo fue una gran y permanente colaboradora, lo mismo que Jacky, Queta y Magaly Paredes, en la administración, y mi amigo Diego Miro Quesada en los suplementos comerciales.
Mi paso por El Comercio, por otro lado, me hizo formar lazos de amistad con personas cuya lista sería interminable. Creo que durante ese tiempo fui testigo cercano de la honestidad, la decencia, el compromiso que tiene el periódico con la democracia, el bienestar y el futuro de nuestro país. Al igual que otros diarios, El Comercio es una institución de gran nivel moral y profesional, en un país como el nuestro que las necesita y también las merece.
A diferencia de la literatura, el periodismo está dirigido a un lector específico. Un escritor no piensa en un lector cuando escribe (a no ser que sea un ingenuo escritor de best-sellers). Un periodista, en cambio, está obligado a identificar a sus lectores. Los lectores que buscábamos en El Dominical eran aquéllos interesados por la actualidad de lo permanente, es decir por lo que mejor podían ofrecernos los libros, las películas, el teatro, el arte y las actividades que en general tienen que ver con una expresión estética de lo humano. El Dominical, nos parecía, no debía depender solo de la actualidad de la semana. Era una de las secciones del diario destinada a ser guardada por sus usuarios, una publicación hecha para la defensa de los derechos de una minoría, y parte de la responsabilidad del diario con la difusión cultural. Desde que lo dirigieron Luis Miro Quesada y Francisco Miró Quesada hasta hoy, El Dominical ha mantenido esa línea, con el permanente apoyo de la dirección del periódico.
El puesto de editor de un suplemento supone un esfuerzo de intuición pero también de ejecución y rapidez. Las reuniones para decidir el temario, la búsqueda y corrección de los artículos, las reuniones y los cierres son parte de una dinámica en la que el cansancio debe servir solo para generar nuevas energías. Durante esos años, comprendí también que el puesto de editor es un puesto de poder. Uno decide los contenidos de los suplementos en función de lo que piensa es el interés de los lectores, lo que no siempre es comprendido por conocidos que buscan convencer al editor de poner uno u otro tema ligado a sus intereses privados. Los verdaderos amigos, sin embargo, nunca me pidieron favores durante ese tiempo.
Los errores de impresión, que siempre atribuimos a la corrección automática de la computadora, son parte de la experiencia de cualquier editor. En una ocasión, un colaborador entregó un artículo en el que decía que había ido a visitar "los viejos infolios" de una famosa biblioteca pública. Por algún motivo, en la edición impresa, apareció que la visita se había hecho a los "viejos infelices" de la misma. Como editor de otras revistas y publicaciones fuera de El Comercio, recuerdo casos parecidos. En una ocasión, la palabra "Busco tus huesos" del original apareció como "Busco tus huevos" en la edición impresa y una vez el "aura" de un poema se convirtió en "cura", lo que trajo a nuevos exegetas a investigar el elemento religioso del poeta en cuestión. El "Instituto de calidad" apareció como "instituto de caridad" y en otra ocasión la palabra "hebrea" se convirtió en "ebria". En realidad, en El Dominical tuvimos pocos errores, al menos pocos de los más embarazosos. El hecho de tener poco tiempo, de enfrentarse rápidamente a un hecho consumado, a una publicación ya hecha, sin embargo, siempre fue parte del trabajo.
Las bromas entre los que asistíamos al cierre eran parte de los estímulos que nos dábamos para continuar. Uno de los desafíos mayores era lograr buenos titulares, razón por la cual recurríamos en la redacción de Somos, a la ayuda de Jennifer Llanos, una de las mejores tituleras del periodismo peruano. Tener una oficina cerca de amigos tan inteligentes y estimulantes como Fernando Ampuero y Oscar Malca, en esos años, fue también una razón para sentirse en casa. La maravillosa franqueza de Silvia Miro Quesada fue otra.
Algunas madrugadas me despierto y me imagino otra vez, a esa hora, en las salas de cierre junto a la máquina de diagramación, esperando llegadas de avisos, entre discusiones y polémicas, y luego gratificaciones o frustraciones cuando veíamos el ejemplar impreso. Estoy viviendo de este lado ahora, como un escritor de novelas, no pensando en un lector específico. Sin embargo, el periodismo me enseñó que lo que puede decirse en cien palabras, a veces puede decirse mejor en noventa o en ochenta o acaso en setenta. La concisión y la precisión como valores son parte en la formación de cualquier escritor, y por eso también, la experiencia de esos años sigue presente, ahora que recibo El Dominical y abro sus páginas con la misma curiosidad e interés, todas las semanas. El suplemento lleva el nombre de un día de la semana y no se concibe un domingo sin él.