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ARGUEDAS Y RIBEYRO, DOS NOVELAS

La estación de los hallazgos

Por Peter Elmore

La aventura existencial del crecimiento, del tránsito de los predios de la edad temprana a los confines de la edad adulta, es el asunto y la sustancia de la 'novela de aprendizaje'. En la narrativa peruana, no hay subgénero más frecuentado y significativo que el que se consagra a contar la educación sentimental y a trazar el retrato de un personaje adolescente. Los ríos profundos (1958), de José María Arguedas, y Crónica de San Gabriel (1960), de Julio Ramón Ribeyro son, sin duda, dos de los ejemplos más altos de esos relatos en los que un héroe recién salido de la infancia debe, con la brújula de la intuición y los recursos de la voluntad, encontrar su sitio en un mundo dividido.

"Yo tenía catorce años; había pasado mi niñez en una casa ajena, vigilado siempre por crueles personas", recuerda el narrador -ese Ernesto en el cual reconocemos a un alter ego del autor- en Los ríos profundos, la obra más bella y lograda de Arguedas. Luego de padecer el amparo amargo de los extraños, el personaje se convierte en el compañero de viajes de su padre, un abogado de vida precaria y ánimo errático con el cual conoce "más de doscientos pueblos". El centro del drama que la novela evoca, sin embargo, ocurre cuando Ernesto ingresa a un internado católico en Abancay. Solo, librado a sus propias fuerzas, tiene que superar pruebas y tentaciones en el claustro ominoso del colegio y en la sociedad convulsa de "un pueblo cautivo, levantado en la tierra ajena de una hacienda": la forja de su sensibilidad y el curso de su destino dependen, en gran medida, de lo que sucede en esa estación violenta. Ejemplar y singular al mismo tiempo, el frágil héroe del relato ha de situarse y definirse en "un mundo de monstruos y de fuego, y de grandes ríos que cantan con la música más hermosa al chocar contra las piedras y las islas", según expresa el narrador en una frase memorable que, con lírica plasticidad, concentra la envergadura del drama de la formación.

"Solamente el fanatismo que se tiene a los quince años me permitió poner en esta aventura el ardor que se despliega en los grandes negocios de la vida", confiesa el narrador de Crónica de San Gabriel. Como Ernesto en Los ríos profundos, Lucho es -en la primera y mejor novela de Julio Ramón Ribeyro- el cronista que desde la distancia de los años da cuenta de un periodo crucial de su existencia. Al igual que su par en la novela de Arguedas, el protagonista del libro de Ribeyro encara las encrucijadas de la identidad y de la vocación en un territorio que es para él nuevo y desconocido. La hacienda San Gabriel, en la sierra de La Libertad, es la tierra incógnita donde probará su temple un muchacho que hasta entonces ha conocido solamente la vida de la urbe. El tiempo de su estadía en el campo se muestra pródigo en incidentes trágicos y vivencias extremas: es no sólo instructivo, sino casi abrumador. No es gratuito que, al iniciar el perspicaz ensayo sobre Crónica de San Gabriel que incluye en El sol de Lima, Luis Loayza subraye con ironía la profusión de acontecimientos que la trama acumula: "En esos meses pasados en San Gabriel, como que para que no faltase nada, hubo también un terremoto".

CONCIENCIA Y EXPERIENCIA
 También la riqueza episódica distingue a Los ríos profundos. Lúcidamente emotivo y mágicamente preciso, el estilo de Arguedas destila la compleja conciencia de un individuo que siente y piensa en quechua y castellano. De ahí que el fuero interno sea, al mismo tiempo, la fragua del discurso y el centro de gravedad del argumento. Eso, por cierto, no significa que la novela excluya peripecias y soslaye los desgarramientos de la semifeudalidad andina. Desde la oscura iniciación en los ritos del sexo hasta el estallido diurno de la protesta popular contra los abusos del gobierno, no son escasos ni triviales los sucesos que el relato consigna. Por cierto, la índole tumultuosa y en apariencia heterogénea de la materia narrada no dejaría de impresionar a uno de los primeros lectores del libro: "Nos da la impresión de que Arguedas se encuentra un poco embarazado por el torrente de los acontecimientos narrados", observó Julio Ramón Ribeyro en una por lo demás elogiosa reseña que publicó, a fines de abril de 1959, en El Dominical.

El riesgo de la dispersión no se consuma, sin embargo, en ninguna de las dos novelas: el vínculo entre los narradores adultos y sus avatares adolescentes garantiza la unidad y la coherencia tanto de Los ríos profundos como de Crónica de San Gabriel. En estos relatos, la primera persona muestra su historia y declara su trayectoria, haciendo así que el interés de la lectura se concentre en el proceso a través del cual un individuo encuentra su imagen y su destino. Es cierto que Arguedas tenía casi la misma edad que el Ernesto de Los ríos profundos cuando, en 1924, estudió en un colegio religioso de Abancay. Por su parte, al dar cuenta de la génesis de Crónica de San Gabriel, Ribeyro -que nació en 1929- la remontó a "unas vacaciones que pasé en una hacienda andina cuando tenía catorce o quince años". Aunque, en mayor o menor grado, los dos escritores recurrieron al caudal de su propia experiencia, es preciso subrayar que la índole de ambos textos no es principalmente documental. De hecho, en el sentido artístico y simbólico, tanto Los ríos profundos como Crónica de San Gabriel son ficciones radicalmente autobiográficas porque, en ellas, la ceremonia de la narración invoca y reconstruye una estación decisiva y ya distante. El Ernesto de José María Arguedas y el Lucho de Julio Ramón Ribeyro elaboran el misterio de la identidad personal: por obra del tiempo y del recuerdo, los narradores se convierten en paradójicos herederos de su propia existencia.

LOS ESTÍMULOS DE LA LECTURA
En "La novela y el problema de la expresión literaria en el Perú", Arguedas recuerda el influjo que sobre él ejerció la lectura de Don Segundo Sombra, del argentino Ricardo Güiraldes. El protagonista y narrador de esa novela -Fabio Cáceres, el huérfano a quien protege y educa el gaucho Sombra- tiene al inicio de la historia la misma edad con la que Ernesto llega al internado. En ambos casos, el mundo natural está lejos de ser un decorado de la acción. Por el contrario, se trata de una presencia viva e intensa. De ahí que algunos de los pasajes más hermosos de Los ríos profundos sean aquellos que, como los dedicados al río Pachachaca o a la flor llamada ayak'zapatilla, ilustran con lírica elocuencia la comunión profunda del protagonista con la naturaleza; ésta -a diferencia de la sociedad andina, lacerada por la opresión racial, la explotación semifeudal y el machismo- se nos revela orgánica y armónica: es, en suma, una fuente de inspiración y un espíritu tutelar. Por su parte, en Crónica de San Gabriel el narrador apunta que el paisaje no le resulta familiar y, con agudeza, reconoce el motivo por el cual excede sus posibilidades expresivas: "En San Gabriel había demasiado espacio para la pequeñez de mis reflejos urbanos". Las dotes de observación de Lucho, que son considerables, se ejercitan sobre todo en el escrutinio de los abismos sociales y en el examen de otros individuos. Sin énfasis panfletario, la primera novela de Ribeyro muestra a través de un testigo alerta y sensible la caducidad de un orden que se sostiene, con precariedad, a través del abuso y la violencia. Ese, sin embargo, es el telón de fondo. Como la novela que le sirvió de inspiración -me refiero a El gran Meaulnes, la admirable obra de Alain-Fournier-, Crónica de San Gabriel coloca en primer plano las perplejidades del despertar erótico: el objeto del deseo -y del análisis- de Lucho es Leticia, la enigmática prima hermana cuyo secreto deviene, finalmente, la razón de la partida del héroe. En dos márgenes -la de la adolescencia y la de madurez- suceden la historia y su relato.

Entre esas orillas fluye una elipsis, un intervalo de años a través del cual se tiende el puente del sentido: la temporada del hallazgo de sí mismos, inquietante y turbadora, determina el descubrimiento de la vocación de Ernesto y de Lucho. Sin duda, no en todas las novelas que cuentan la crisis formativa esa vocación es artística, lo cual hace aún más significativo que, en los libros de José María Arguedas y Julio Ramón Ribeyro, el destino de los personajes sea la escritura. Cuando las primeras ediciones de Los ríos profundos y Crónica de San Gabriel salieron de las imprentas, el medio de la literatura en el Perú era parco y estrecho. Contra la corriente gris de su contexto inmediato, los textos de Arguedas y Ribeyro profesan la fe en el poder de las ficciones y reivindican los fueros del oficio de escritor. Ahí reside, acaso, la lección más valiosa y duradera de estas novelas de aprendizaje.

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