Por Moisés Sánchez Franco
¿Cuántas novelas mecanografiadas, cuántos manuscritos de cuentos, poemas y obras de teatro ha perdido para siempre la literatura universal? A veces el olvido; otras, la desesperación o simplemente el afán perfeccionista, así como las guerras, son responsables de la desaparición de más de una joya literaria. Por ejemplo, se sabe que Sófocles escribió más de cien tragedias, sin embargo el tiempo solo ha preservado siete, así como el fragmento de una sátira, Los sabuesos. Esquilo escribió cerca de 90 obras. Actualmente conocemos el nombre de 79, pero solo podemos leer siete, pues el resto, entre las cuales se encuentran las desaparecidas Las danaides y Los egipcios, yace en el olvido. De la literatura latina, solo quedan noticias de la tragedia Medea y varios fragmentos de Los fastos del romano Ovidio, libros que recibieron juicios encomiásticos por los críticos de su tiempo. Otro que ha sufrido los avatares de la pérdida de textos es el renovador del teatro español, el prolífico Lope de Vega. Algunos llegaron a calcular sus creaciones en más de 1500 obras, pero solo podemos acceder a unos cientos. En 1922, cuando Hemingway residía en Lausana, le pidió a su mujer, Hadley Richardson, que le llevara todos sus manuscritos hasta allí. En un descuido, la abrumada Hadley olvidó parte de los textos originales en una estación de París, con lo cual las primeras creaciones de Hemingway desaparecieron para siempre. El hecho provocó una rencilla eterna entre el autor de El viejo y el mar y su olvidadiza primera esposa. Otro libro extraviado en una estación de París es la versión original de Los siete pilares de la sabiduría del aventurero Thomas Edward Lawrence. El libro que escribió el famoso Lawrence de Arabia entre París y El Cairo tenía alrededor de 200 mil palabras. Era una obra monstruosa y la pérdida parecía irreparable. No obstante, Lawrence se sobrepuso a la adversidad y reescribió una primera versión, que echó al fuego tiempo después por parecerle sosa y mecánica. Haciendo un acopio de fuerzas volvió a reescribir el texto y así plasmó una de las obras más intensas y colosales del siglo XX.
LATINOAMERICANOS: PERDIDOS Y RECOBRADOS
Los escritores latinoamericanos también han perdido varios escritos. Un caso llamativo es el de Macedonio Fernández. Su carácter díscolo y hermético, su portentosa inteligencia, que lo llevó a inventar religiones y doctrinas filosóficas por docenas cada día, son algunas razones que explican su condición de leyenda literaria. Pero fue su afán por crear una contraliteratura y su convencimiento de la irrealidad de la existencia humana los que le incitaron a mirar con desprecio la necesidad de archivar y publicar sus escritos. Sin embargo, gracias a la diligente labor de su hijo, se pudo rescatar una buena parte de su obra, como la desconcertante Museo de la novela de la eterna, que cuenta con más de sesenta prólogos. Otros textos, sobre todo aquellos que hablan de la fundación de religiones y de la refutación de ciertas doctrinas filosóficas, así como una serie de poemas y relatos que Macedonio le comentaba al joven Borges se perdieron definitivamente en la desordenada vida del genial autor de Papeles de recienvenido. En esta lista no debemos dejar de mencionar a otro escritor argentino que se ufana de haber destruido más de una de sus creaciones: Ernesto Sábato, autor de tres novelas editas y de muchas otras que, según propia confesión, echó al fuego por su hartazgo y, acaso, su afán perfeccionista. Gabriel García Márquez echó a la basura, sin proponérselo, varias notas de cuentos, los cuales fueron pacientemente recordados, escritos y finalmente publicados en su famosa colección Doce cuentos peregrinos. Incluso Julio Cortázar omitió, por descuido y apuro, un fragmento fundamental para entender el nacimiento de Rayuela, el famoso capítulo 126, el cual fue recuperado por Julio Ortega y Saúl Yurkievich para la edición de editorial Ayacucho en 1980. Cortázar confesó que dicho capítulo "era la base de todo el edificio llamado Rayuela". Pero un caso dramático es el del escritor cubano Reinaldo Arenas, cuya obra fue perseguida y buena parte de ella destruida o mutilada por el régimen castrista, que no toleró su homosexualidad ni "su discurso contrarrevolucionario".
CASOS PERUANOS: PÉRDIDAS Y REESCRITURAS
Impactado por las historias tejidas en torno a las expediciones de Gonzalo Pizarro y Lope de Aguirre al Amazonas Ricardo Palma emprende, alrededor de 1878, la escritura de su novela Los marañones. Pero las tropas chilenas invaden Lima en 1879 y ocupan la casa del escritor peruano más prestigioso de la época. En la batahola, el ejército chileno no duda en incendiarla. Así, la novela de Palma y unos apuntes de sus memorias desaparecieron por el fuego del invasor. Otra obra que ha padecido los reveses del tiempo y la extinción es la del narrador de cuentos fantásticos y decadentes Clemente Palma. Aún hoy los investigadores buscan con acuciosidad dos novelas descritas por el autor de Cuentos malévolos en una de sus cartas dirigidas a su padre Ricardo: Mi tía Salomé y Tras la dicha. Todo parece indicar que ambos textos han desaparecido definitivamente. Sin duda Martín Adán es uno de los autores cuya vida bohemia y perturbadora está llena de poemas extraviados en asilos, hoteles y bares. La depresión que lo aquejaba y su debilidad por el alcohol sumergieron al poeta en hondos y laberínticos estados emocionales, que lo llevaron al abandono de sí mismo y de todo lo que producía. Unos de sus admiradores, el editor Juan Mejía Baca, se dedicó por mucho tiempo a seguir los pasos nocturnos del poeta por los distintos bares de Lima, pues sabía que Martín Adán, luego de beberse unas copas, escribía versos en papelitos menores, como servilletas grasientas. Dichos papeles quedaban en la mesa cuando el poeta se retiraba o a veces caían y se confundían con el aserrín, las cenizas de cigarrillo, los escupitajos y la espuma de cerveza que suelen arrojar al suelo los parroquianos. Mejía Baca recuperó varios textos, pero muchos otros simplemente se perdieron para siempre. Por si fuese poco, Adán destruyó buena parte del poema "Aloysius Acker" y actualmente sólo quedan algunos fragmentos que reflejan el gran talento del autor de Escrito a ciegas. Finalmente cabe mencionar el caso de Alfredo Bryce Echenique, quien a mediados de la década del sesenta, cuando regresaba de Grecia a París, perdió los originales de su libro de cuentos Huerto cerrado, texto que escribió en la apacible ciudad italiana de Perusa. Al parecer un astuto ladrón se apoderó del equipaje del autor de Un mundo para Julius y se llevó consigo no solo la ópera prima de nuestro autor, sino también una máquina de escribir y bastante ropa. Pero Bryce se repuso rápidamente y volvió a escribir el texto, con tanta excelencia que en 1968 ganó el premio "Casa de las Américas". La reescritura de Huerto cerrado llegó a ser todo un éxito, aunque Bryce varias veces bromee sobre la calidad inferior del libro que conocemos en comparación con el libro original. Pero los avatares de Bryce no terminarían con ese episodio, pues veinte años después le volvió a suceder algo similar, cuando extravió el manuscrito de Magdalena peruana en Barcelona, aunque tiempo después logró reescribirlo y publicarlo. No hay duda de que todo libro perdido es un signo de lo irreparable, una señal de la precariedad de todo esfuerzo humano. Pero, por otro lado, el texto perdido siempre se presenta como una figura promisoria y alienta la leyenda literaria y la imaginación del lector, que no dejará de preguntarse cuán interesante, revelador e intenso pudo haber sido aquel libro que el tiempo ha consumido y que, por cierto, jamás leerá.