Por Fernando Vivas. Periodista
El año pasado, en "Una comedia homofóbica" (6/12/2007), les conté que funcionarios de la cancillería se enredaron en sus miedos y prejuicios cuando resolvieron que el Perú debía adherirse a la Convención Iberoamericana de Derechos de los Jóvenes, pero con reservas porque estimaron que los artículos que hablaban del respeto a la libertad e identidad de los jóvenes, y de la no discriminación de sus orientaciones sexuales, podrían abrir la puerta a la unión gay. La convención no hablaba de eso, pero podría resbalarse por allí, razonaron. Y le mandaron a la Comisión de Relaciones Exteriores del Congreso un proyecto de ley con reparos.
La mentada comisión, presidida por el fujimorista Alejandro Aguinaga, no le dio mayores vueltas al asunto y aprobó el texto que le mandó Torre Tagle.
Por fortuna, en el pleno hubo congresistas mesurados que se dieron cuenta qué linda la íbamos a hacer si planteábamos reservas, por pura paranoia homofóbica, a derechos que reconoce nuestra Constitución. Ello implicaba un rechazo a todo lo avanzado en materia de igualdad de género, de libertades civiles y de legislación antidiscriminación. Así que se resolvió devolver el dictamen a la Comisión de Relaciones Exteriores y pidieron que la Comisión de la Mujer se sumara a la revisión.
¡La que se armó! El lobby conservador se rasgó las vestiduras y el liberal no se quedó con los brazos cruzados. El canciller José Antonio García Belaunde se percató del desaguisado originado en época de su predecesor Óscar Maúrtua, aunque en sus predios, y buscó la manera de enmendarlo. El Perú era el único país que planteaba reservas a una inocente y bienintencionada declaración pro juventud. Un papelón. Torre Tagle optó, entonces, por cambiar el término 'reserva', que en diplomacia significa desacuerdo y reparo serio, por 'declaración interpretativa', que entraña una voluntad de acuerdo, pero fraseándolo de tal modo que no se contradiga con nuestra legislación.
Y el propio canciller fue el martes a la sesión conjunta de las comisiones de Relaciones Exteriores y de la Mujer para plantear la nueva y razonable figura. Sin embargo, la paranoia homofóbica había hecho presa de congresistas como Lourdes Alcorta y Luisa María Cuculiza, y también --esto me resulta escandaloso-- de Judith Puente de la Mata, jefa del Consejo Nacional de Juventudes (Conaju), que pidiendo reservas ante una convención pro derechos de la juventud, se descalifica para ese cargo que, presumo, lo debe al hecho de ser hija de la ex defensora de Alan García, Judith de la Mata. En la votación ganó la cordura y se aprobó el dictamen con declaraciones interpretativas. Lo mismo debe suceder cuando vuelva al pleno.