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EL ASESINATO DE JESSE JAMES POR EL COBARDE ROBERT FORD

El héroe y su verdugo

Por Ricardo Bedoya

A Jesse James le llamaban "el bandido bienamado". El cine le acuñó una imagen de rebelde, resistente, insumiso, infatigable en su combate contra los abusos de los banqueros, los empleados del ferrocarril y los vencedores de la Unión. Jesse y su hermano Frank, confederados de espíritu, guerrilleros de un Sur que solo existía ya en la imaginación y el recuerdo, mantuvieron su "guerra privada" hasta muchos años después del final de la Guerra de Secesión. La leyenda popular quiso que fuera un forajido generoso, un hombre apuesto, un glorioso resistente. Y que muriera como los nobles: traicionado por un cobarde. A Jesse solo se le pudo matar disparándole por la espalda.

El Jesse James cinematográfico fue encarnado por los actores más glamorosos de cada época, desde Tyrone Power en los años treinta del siglo pasado hasta el Brad Pitt de hoy, pasando por Robert Wagner en el Hollywood de los cincuenta. La leyenda del apellido James atrajo el interés de directores de sensibilidades opuestas, desde un cineasta clásico de la Fox, como Henry King, hasta el alemán Fritz Lang, además de los rebeldes Nicholas Ray y Samuel Fuller (director de la magnífica I Shot Jesse James).

El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, dirigida por el neozelandés Andrew Dominik, tiene las dosis exactas de equilibrio para no afiliarse a la nostalgia, el decadentismo, la complacencia agónica con los climas, personajes, ambientes, melodías, sentimientos y retóricas del western, ese género que vuelve, con apariencia fantasmal, cada vez que alguien entona un réquiem.

Aquí, Dominik esboza retratos de la vida cotidiana de un James visto desde la intimidad, en interiores de luz filtrada o en espacios que se perciben con la apariencia de viejos grabados, de daguerrotipos. Es el Jesse reservado, oculto, camuflado en una apariencia de respetabilidad, llevando una doble vida para poder sobrevivir. Lacónico, frío, explosivo en ocasiones, arbitrario, incluso sádico. Siente melancolía por lo que fue, el héroe de un mundo primitivo y libre, sabiendo que vive sus tiempos finales.

La secuencia nocturna del asalto al fantasmagórico tren que avanza en la oscuridad, proyectando la sombra del bandolero en contraluz, es la única secuencia de acción colectiva que vemos en la cinta. Está ubicada en el primer tercio del filme, como para saciar pronto las expectativas del público por la acción y evitar la filmación de más asaltos o de otro "hold-up".

Y es que en esta película elíptica, fragmentaria, impresionista, contemplativa, Jesse no está dispuesto para las largas cabalgatas ni para exhibir su poder. Solo se prepara para convertirse en un personaje más de la cadena de héroes míticos consagrada por la literatura popular del Oeste y la iconografía impresa en las carátulas de las novelas baratas, de papel rústico, que Robert Ford lee con devoción hasta el punto de decidir afiliarse en la banda James. Brad Pitt interpreta la espera de Jesse con gesto taciturno, que es el mejor registro del actor, a salvo de las morisquetas convulsas de Doce monos.

La filiación de Robert Ford es central en la película. La pertenencia a la banda de James y su trato personal con Jesse es el asunto que recorre la película de cabo a rabo.

Como en tantos otros westerns, aquí se relata la historia de la relación de dos hombres, de edades y experiencias diferentes. El tranquilo y el impulsivo; el bandolero famoso y el novato; el pistolero y el aprendiz; el que se vuelca al futuro y el que vive en el pasado. Río Rojo, The Tin Star, Cowboy, Río Bravo, Más corazón que odio, Pat Garret y Billy the Kid: en esos westerns, y en muchos más, vemos hombres que se conocen, cabalgan juntos, se quieren, establecen relaciones de competencia y rivalidad, cotejan habilidades, se transmiten experiencias, se cuidan y apoyan, enfrentan peligros y son transformados por el tiempo que pasa y la aventura que viven. En El asesinato de Jesse James. los dos hombres, Jesse y su verdugo, están colocados allí para poner en escena su inevitable final. Es un destino. Robert Ford pasa de la admiración patológica al deseo de imitar a su héroe y de allí a los celos y el resentimiento. Casey Affleck encarna a Ford como el "idiota de la familia" -de todas las familias, la de los Ford y la de los James- que busca el reconocimiento de un padre por procuración que será también su víctima.

Dominik convierte a Robert Ford en el último criminal de la era primitiva del Oeste. Luego de matar a James, al salir del escenario del crimen, la cámara se abre en un gran plano general que contrasta la frágil figura del asesino con la presencia de la ciudad construida sobre lo que fue la pradera. Vemos por primera vez, sobre el horizonte, la imagen de una civilización que no admite más a un libertario como James. En ese mismo instante, Robert Ford se transforma en el primer cobarde mediático: ocupa primeras planas, es tema de baladas, representa sobre el escenario una y mil veces su traición.

Andrew Dominik sabe que la historia de Jesse James se ha contado muchas veces. Sabe también que es imposible volver sobre el romanticismo, el impulso épico, la amplitud narrativa y el "aura" de las películas de antaño. Por eso, toma distancia del asunto para enfocarlo desde aquí y ahora: el narrador cuenta la historia de James y Ford con precisión de cronista y sabiduría de historiador y se imponen las secuencias débiles que presentan la intimidad del personaje más que su encanto legendario. Pero por momentos las imágenes proyectan destellos o reflejan una luminosidad intensa y especial que deslumbra: como si el cineasta percibiera que a pesar de sus intentos distanciadores está lidiando con un género que no puede desligarse de la fascinación del mito.

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