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MIGOYA APUESTA POR EL ESCÁNDALO

Que nadie se asuste

Por Enrique Sánchez Hernani

Hernán Migoya llega a Lima con su más reciente libro de cuentos, Putas es poco, llevando a cuestas una aureola de escritor maldito, y con los estragos de la paliza que le propinara en España, su país de origen, una moralidad pacata y poco sensible al humor de su escritura. Su anterior libro de relatos, Todas putas, se hizo de una celebridad no requerida cuando la crítica y una cohorte de moralistas se cebaron en uno de los cuentos incluidos, "El violador", donde su personaje expresa sus particulares puntos de vista sobre la conveniencia de semejantes relaciones. La clave humorística de aquella perorata no fue entendida de esa manera y hubo quien, incluso, pidió la salida de la circulación del libro.

Este nuevo libro de relatos rinde tributo a las circunstancias de aquella publicación. Innecesariamente, creemos. Migoya no solo reitera la provocación del título, en innegable alusión al volumen de cuentos previo, sino que ahora la incrementa al haberse hecho retratar para la portada, travestido a la manera de las chicas pin-up que adornaban los calendarios de los hombres estadounidenses de los años 60 o de las chicas Vargas. Dentro, el escritor figura en otra foto, con la peluca en la mano y el maquillaje corrido. ¿Cuál es la estrategia de un escritor que cede a semejante guiño publicitario? Obviamente el de aprovechar los peligrosos réditos del escándalo para algo bastante prosaico: vender el libro. Migoya debió desentenderse de tamaños aderezos y apostar por enfrentar a la crítica desde su propia literatura, con sus nuevos cuentos. No lo ha hecho así sino que además, en este nuevo volumen, incluye un nuevo relato, "El violador 2 (la secuela)", donde con humor noir relata las peripecias pasadas con su anterior cuento.

Si nos abstraemos de esta obvia desesperación por llamar la atención, los cuentos de Migoya no resultan ser malos. El grueso de ellos reflexiona con bastante dureza e ironía sobre los meandros del alma humana en sus intentos de aparearse con un alma próxima o darle manotazos a la soledad y sus daños colaterales. Su estilo desgarrado, directo, con evidentes influencias de su otra pasión, la del guionista de cómics (labor en la que ha logrado gratificaciones relevantes), logra crear atmósferas angustiantes que se liberan paulatinamente en estallidos de humor.

Migoya, además, parece estar muy consciente de su papel de escritor al momento de realizar su oficio. En varios de sus cuentos los personajes le ceden la voz al autor (el propio Migoya), que usa el interfase para bromear un rato con el lector y darse pequeños golpecitos a la espalda haciendo chacota con su noble rol de escriba.

Los mejores cuentos son "Un hombre solo en París" (un hombre que aplaza su suicidio va en busca de casquivanas francesas). "Apología del terrorismo" (Dios, sí, Dios, se va a una fiesta de Año Nuevo y se encuentra con el mismísimo diablo y, juntos, se van de farra), y "Jirón de amor" (una truculenta y efectiva historia de una prostituta y su pequeña hija, donde la primera persona está en femenino). Los demás cuentos evidencian una mano diestra pero no se convierten en piezas de realismo sucio a lo Bukowsky como para merecer el título general que su autor le ha dado al libro.

El lector deberá esperar más la exploración de las relaciones interpersonales a las que aludíamos y ciertos tics desarrollados en la sociedad española (leer "El sudaca" para este fin), y aún explosiones controladas de ternura ("Mi gato") o de violencia sexista ("El corazón en un puño") que demuestran a las claras que nuestro autor no es el crápula que creyeron ver los moralistas chapetones. Migoya no tiene la malicia necesaria para eso. Aunque sí dejaremos constancia del lánguido cinismo que se resbala por algunos de sus cuentos, punto de vista necesario con que el escritor se arma para burlarse de los hombres, de sí mismo y del pobre planeta. Pero todo es un uso narrativo. Ni Migoya ni sus cuentos resuman maldad.

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