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LA SEMANA QUE PASÓ

No solo hay que defender a Silvia Reyes

Por Pedro Ortiz Bisso

Causa vergüenza ajena que entre la recatafila de opiniones escuchadas y leídas en favor de la  árbitra Silvia Reyes, agredida verbalmente por el futbolista uruguayo Mario Leguizamón, se hayan deslizado argumentos abiertamente machistas. Los ha habido para todos los gustos: desde aquellos que han señalado que el ambiente del fútbol es así --léase procaz-- y ella sabía dónde se metía, hasta aquellos que han pedido que no use los pantalones cortos tan ajustados a fin de no incitar la libido del público masculino.

Si esto es lo que dijeron sus defensores, sobra imaginar lo que señalaron aquellos que justificaron las expresiones del ahora ex jugador del Deportivo San Martín. Hasta se ha llegado a cuestionar la presencia de las mujeres en el arbitraje, como si la capacidad de una persona se midiera no por su desempeño, sino por la letrita que aparece debajo de la palabra sexo en el DNI.

La cobardía de Leguizamón es repudiable y, aunque su abrupta salida del club puede parecer a primera vista excesiva, era evidente que su permanencia se iba tornar insostenible. Sus propios compañeros habían condenado su comportamiento y el uruguayo, en el instante mismo en que ofreció disculpas públicas, mantuvo su tono desafiante y habló mal del balompié nacional. ¿Que sus críticas a nuestro fútbol son ciertas? Así es, pero olvidó que fue en este ambiente que él llama mediocre en el que se dio a conocer, obtuvo un título nacional, jugó una Copa Libertadores y formó parte de una institución modelo que, al menos en lo que al fútbol se refiere, posee códigos de conducta muy severos.

En esta danza de adjetivos calificativos, nos hemos olvidado de algo que, por ser casi cotidiano, no deja de ser repudiable: los árbitros también son insultados. ¿Acaso los jugadores de fútbol no hacen alusiones a su falta de hombría o a algún problema con su virilidad? Vaya a un estadio, siéntese en una gradería cercana al campo de juego y escuchará las miles de barbaridades que se dicen, muchas de ellas abiertamente sexistas, de igual o peor calaña que las sufridas el domingo pasado por Silvia Reyes.

Como bien dijera el periodista Jaime Cordero en una columna publicada en este Diario el último miércoles, este tipo de discriminación positiva, inconsciente por el acendrado machismo que rige nuestras vidas, no es buena justamente por eso: porque discrimina.

Los insultos hacia Silvia Reyes merecen el más absoluto rechazo, pero no hay razón para no adoptar igual actitud cuando el afectado sea un varón. Como árbitros ambos son la autoridad dentro de un campo de juego, tienen el encargo de administrar justicia y, como tales, sus decisiones deben ser respetadas.

Que nuestra solidaridad se extienda no solo a Silvia Reyes, sino también a sus colegas varones. Y rechacemos siempre cualquier agravio, al margen del sexo, raza o credo de aquel que lo reciba.

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