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¿Una metáfora para la resignación?

Por: Juan Paredes Castro |

Alan García no ha hecho más que repetir en esta semana una de las metáforas más viejas de este país, que tiene mucho que ver con dos males patéticos de la misma edad de la República: la intolerancia y la impotencia o la mezcla de ambas.

"Hay que sacar a patadas" esto o aquello es una frase no precisamente feliz que ya estuvo en boca de virreyes y conquistadores, de independentistas y liberadores, y, por supuesto, de tiranos y autócratas, de esclavistas y revolucionarios. No es ajena, pues, a los usos, propósitos, emociones, pasiones y frustraciones del poder. Puede pretender aludir un acto de justicia, siendo este en el fondo todo lo contrario.

Si la metáfora de García es lo que pensamos, una metáfora (con riesgo a equivocarnos) y no una bravuconada cualquiera, ¿qué es lo que tendríamos que sacar a patadas en este país, desde la primera hora de cada mañana?

¿Nada más que sacar a patadas a la media docena de corruptos del Banco de Materiales o al directorio del Fonafe que no solo nunca vio lo que ahí pasaba sino que tampoco sabe lo que ha puesto y dejado de poner en los directorios y gerencias de las demás empresas del Estado a su cargo? ¿O mejor hacerlo con los que todavía creen que el Estado tiene que administrarse colocando el interés político y partidario por delante, antes que el criterio moderno de invertir en gestión técnica, especializada, productiva y competitiva como ya lo hacen tantos países a los que deseamos dejar atrás antes del 2011?

¿No ganaríamos algo importante sacando a patadas a los que frustran cada día la reforma del Estado y cualquier otra reforma destinada a cambiar nuestras vidas?

Así como podría resultar muy sencillo sacar a patadas (seguimos creyendo en la metáfora presidencial) a funcionarios de confianza ya quisiéramos verlo al Gobierno tratando de sacar a patadas a funcionarios corruptos "de carrera" que forman parte de la enraizada estructura de corrupción de los ministerios, y frente a los cuales no hay ley capaz de romper con esa impunidad y, peor aún, con los mecanismos judiciales que los devuelven a sus puestos cuando son despedidos.

No podrá sacarse a patadas a ningún corrupto mientras no se haya sacado a patadas a quienes montan barreras inexpugnables contra la sanción del delito, inclusive, desvergonzadamente, en la misma fuente donde nacen las leyes: el Congreso.

Si el país no logra extirpar las estructuras de corrupción que están a la vista, faltarán patadas para sacar a los corruptos que vengan detrás de los sancionados, porque simplemente no se habrá movido lo que tendría que moverse.

Si esto no es posible, ¿a quién sacamos a patadas? Prácticamente a nadie.

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