Por Mariella Balbi
Hoy es el Día de la Tierra y hay poco que festejar. El avance del conocimiento y la tecnología en el siglo XX y en el que vivimos es exponencial respecto de lo ocurrido en tiempos anteriores. Se llegó a la Luna, tenemos robots, los órganos vitales se trasplantan, las células madre parecen ser el camino a la inmortalidad, la informática es la inteligencia del momento, se han descubierto nuevos planetas. Con una discreta operación uno puede combatir el paso del tiempo, los robots reemplazarán la mano de obra, los alimentos se manipulan genéticamente a voluntad, vacas y ovejas abren el camino de la clonación, pero --lastimosamente-- somos mucho más rapaces que antaño. La protectora capa de ozono tiene un huecazo, los glaciares se derriten como un helado expuesto al sol y la contaminación persiste a pesar de tanto avance científico. Eso somos los seres humanos del siglo XXI, grandes depredadores y, al parecer, incurables.
Los antiguos peruanos poseían una sabiduría incuestionable, su veneración por la tierra habla de ello. La pachamama era el origen y el fin, ¿cómo no hacerle un pago, un agradecimiento, si de ahí venían los alimentos y la vida misma? Los andenes fabulosos con los que ampliaban las áreas de cultivo, los sofisticados sistemas hidráulicos que crearon nos muestran un manejo sostenible de los recursos realmente admirable. Los peruanos de hoy estamos alejadísimos del culto a la pachamama. Nos ubicamos en el extremo opuesto, prueba de ello es esta escalofriante e inamovible cifra: de 2.834 municipios existentes en el país solo siete tratan adecuadamente sus residuos sólidos y sus aguas servidas. Los ríos y el mar son nuestras letrinas contemporáneas.
Durante más de un siglo y medio de república, los gobernantes no se han ocupado del detritus y todos nosotros nos hemos habituado a ser peligrosamente tolerantes con esta situación. Son pocos quienes se interesan por la contaminación del Huallaga, por ejemplo; son menos los que se estresan al saber que por lo menos 20 millones de peruanos viven entre heces, excrementos y basura. Ahora tenemos un caso trágico y pintoresco a la vez, la decidida protesta por la muy probable apertura del colector del distrito de La Perla (una gran ironía porque no hay nada más puro que una perla).
Como en el lienzo "La nave de los locos", donde se concentra lo peor de la humanidad, viajando sin puerto, los excrementos de una buena parte de Lima no encuentran destino. Ventanilla --con razón-- ya no quiere recibirlos, pero La Perla se opone rotundamente a ser el destinatario de semejante detritus. El Ministerio de Vivienda, manu militari, ha dicho que la inmundicia saldrá por La Perla. Ilusamente ha estipulado que las manifestaciones de protesta quedan absolutamente prohibidas. La anterior gestión gubernamental cometió el error de tener primero el colector para luego iniciar la construcción de la planta de tratamiento de las aguas servidas: el mundo al revés. Alguna explicación se tendría que dar por esa torpeza. Feliz Día, Tierra, si de algo sirve.