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DEL EDITOR

Horror en Austria en pleno siglo XXI

Por Carlos Novoa

Hasta qué punto las miserias humanas pueden sorprendernos, como el caso de Josef Fritzl, hoy de 73 años, quien durante 24 años secuestró y abusó de su hija Elisabeth, con quien tuvo nada menos que siete hijos.

Este sórdido caso ocurrido en Amstetten, Austria, representa un ejemplo de esa suerte de submundo que algunas sociedades prefieren soslayar amparadas en el manto de modernidad propia del siglo XXI. Pensar que un caso de miseria como este pueda ocurrir en un país del Primer Mundo, de la Europa tradicional y tranquilo, como lo es Austria, parece uno de esos inexplicables caprichos del destino.

Sin embargo, el Caso Fritzl nos escupe una horrorosa realidad que además de conmocionar a la opinión pública mundial, busca explicaciones a un alterado comportamiento que expertos psicológicos de todo el mundo intentan explicar.

La respuesta no solo es psicológica. También la sociedad, en sus distintos niveles, les debe una explicación, no solo a los austríacos y europeos, sino al mundo en general. Lo ocurrido en Austria, un país caracterizado por la belleza de sus paisajes y la amabilidad de su gente, es un lamentable e inequívoco signo de la maldad de nuestra especie, que no ve nacionalidades, ni territorios, ni clases sociales.

Son los propios austríacos los que, de momento, buscan respuestas a estas manifestaciones de insania. Porque el Caso Fritzl no es el único. Natascha Kampusch pasó ocho años secuestrada y violada en un sótano por un hombre, hasta que logró escapar de su cautiverio.

Por ahora existen dos tipos de preguntas que pueden brindarnos algún tipo de luz en este horrendo caso. La primera es propia de la investigación policial: ¿Cómo es posible que ni la esposa de Fritzl ni los hijos, ni los vecinos supieran lo que ocurría?

La segunda pregunta tiene un alcance global: ¿Cómo puede ocurrir una tragedia de esta naturaleza en estas épocas? Nadie tiene las llaves de solución al problema de la miseria humana, pero lo que no puede hacer ninguna sociedad, sea europea o latina, rica o pobre, es hacerse de la vista gorda. Cualquier esfuerzo por evitar tragedias como estas será importante, aunque se trate de una gota en un océano y aunque no resuelva el problema de fondo.

Este es un caso que debe servir, al menos, como una lección para el futuro.

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