Edición impresa

  • Imprimir página
  • E-mail
  • Aumentar texto
  • Disminuir texto
  • Favoritos
  • Mr. Wong
  • Delicious
  • Menéame
  • Google
  • Facebook
QUOBO, ARTE EN BERLÍN 1989-1999

Huellas de la euforia

La curadora Ingrid Buschmann, una de las dos responsables de la concepción de Quobo, la muestra itinerante de arte berlinés de los noventa que inauguró el Mali la semana pasada, conversó con nosotros sobre la intensa y crucial escena de la capital alemana luego de la caída del muro.

Por Diego Otero

Desde la caída del muro, en noviembre de 1989, Berlín empezó a convertirse en un núcleo de intensos intercambios vivenciales y experiencias artísticas de orden experimental. Tanto en términos físicos como simbólicos, a lo largo de la década del noventa la ciudad se fue consolidando como punto de encuentros y tensiones entre la Europa de occidente y la de oriente.

Con el Berlin-Mitte (el centro histórico) reconfigurado y abierto, los artistas jóvenes no perdieron tiempo en tomar espacios baldíos para convertirlos en auténticos focos de creatividad. Focos de los que salieron propuestas que reflexionaban acerca de las transformaciones que la ciudad vivía vertiginosamente. ¿Por qué Berlín empezó a atraer de pronto a artistas de todo el mundo?, ¿qué queda de todo ello?

Quobo, el título de la muestra, es también una pieza de Adib Fricke (Frankfurt, 1962) que consiste en la invención y circulación de una palabra (quobo) que no significa nada. ¿Por qué optaron por ese enigmático título para la  muestra? 
Quobo es la primera obra que se ve cuando el visitante entra a la muestra. Nos pareció un punto de partida ideal pues el trabajo de Fricke habla sobre las relaciones entre contexto, comunicación, economía y significado. Para una exposición como ésta, que va de gira por muchos países, la palabra quobo adquiere significados y sentidos cuando se habla de ella, cuando se la imprime, se la cita o se la introduce en las conversaciones.

Muchos de los artistas de Quobo son herederos del arte situacional, y trabajan a partir de los vínculos entre las características del espacio específico y la subjetividad. ¿No hay una contradicción entre las obras concebidas y realizadas para contextos singulares, concretos, y el hecho de que la exposición sea itinerante?
Ese es el gran desafío que nos planteamos al armar la exposición: cómo reordenar el trabajo de estos artistas para que funcione en la dinámica de una recontextualización constante. Por otro lado, muchas de estas obras juegan con un proceso de 'evolución' durante la exposición. Es decir, están planteadas para que el espectador las aprecie como una vivencia en tiempo real, y entonces, de algún modo, toman un cariz especial en cada lugar en el que se montan. Plastered, el trabajo de Monica Bonvicini,  es por ejemplo un piso que se va rompiendo conforme los visitantes lo recorren; prácticamente son ellos los que 'hacen' la obra. Algo similar sucede con la obra de Albrecht Schäfer, una  escultura cuya materia prima es un gran número de ruedas de tecnopor que en cada lugar son ensambladas por un artista local, y que por ende alcanza una forma diferente en cada montaje.

Es innegable que desde la caída del muro, Berlín empieza a convertirse en un punto de encuentro entre la Europa de occidente y la oriental. Imagino que a partir de ahí los procesos de reflexión política deben haber sido muy intensos, ¿Cuánto de eso está en esta exposición?
El arte después de la caída del muro ha sufrido un gran cambio, pero no se trata de un cambio ligado directamente a su posible contenido político. Antes de la caída del muro, los jóvenes artistas de la RDA no tenían mucha posibilidad de exponer. La década del noventa les brindó una nueva libertad, y de un modo casi espontáneo establecieron contacto con los artistas del Berlín occidental; las exposiciones en conjunto y el intercambio de ideas, experiencias e información no demoró en llegar. Ese acercamiento fue mucho más rápido y profundo que el de cualquier otra área de la vida pública en la ciudad reconfigurada.  Y ese fue quizás el acto político más importante del arte berlinés de ese momento. Lo que ellos han enseñado es ese encuentro; la libertad de experimentación de manera conjunta. De otro lado, además, la infraestructura crítica de la ciudad les sirvió como espacio y como asunto temático. El Berlin-Mitte ofrecía toda una zona cercana a las ruinas del muro plagada de propiedades abandonadas, que habían pertenecido a familias judías, y que los artistas tomaron generalmente sin pagar ningún alquiler y convirtieron en galerías, clubs de música, talleres o espacios híbridos, que operaban como todas estas cosas a la vez.

La escena berlinesa actual es una de las más importantes del mundo. ¿Qué ha determinado que llegue a ese sitial?, ¿Cuántas de las obras de Quobo son parte de la génesis de esa experiencia?
La euforia que existe en Berlín -y creo que esa es la palabra- comienza en los años noventa, y esto se debe a que muchos artistas de todo el mundo se fueron a Berlín, básicamente porque ahí se podía vivir bien; los talleres no eran tan caros. Hoy, por ejemplo, se puede hablar de comunidades enteras de artistas, sobre todo del norte, de Dinamarca y de Suecia, establecidas en Berlín. Creo que el encuentro y la confluencia de estos artistas internacionales han generado una escena rica, versátil. Y eso ha reconfigurado también el mercado del arte, evidentemente. Muchas de las galerías importantes de otras ciudades de Alemania se han mudado a Berlín. Hoy deben existir unas seiscientas galerías de arte en la ciudad; y claro, todo eso de alguna manera empezó en los noventa.  Quobo,  en ese sentido, es una selección representativa de esos procesos iniciales. Se trata de un grupo de artistas de distintas nacionalidades -Israel, Italia, Las Islas Canarias, además de Alemania-, que viven y trabajan en Berlín, y que siguen haciendo obra importante, obteniendo galardones, exponiendo en Documenta u otros lugares cruciales.

Imagino que el apoyo estatal, en términos de auspicios institucionales, por ejemplo, debe haber sido vital para que esta escena crezca y se desarrolle.
En los noventa hubo un cierto apoyo a través de becas y de talleres financiados por el senado de Berlín, pero también hay otro lado que tiene que ver con la iniciativa de los propios artistas, que hicieron sus propias exposiciones en clubes donde podían, ellos también, ganar su sustento. Esta suerte de fusión entre arte y música y entretenimiento social funcionó.

¿Cómo es el panorama hoy?, ¿Esos clubes siguen activos?
En Berlín ha sucedido un fenómeno muy curioso, que Nueva York ha vivido dramáticamente también. Los estadounidenses le llaman gentrification, y es un fenómeno vinculado al hecho de que la zona en la que los artistas trabajaban y tenían sus talleres se ha vuelto muy prestigiosa, y los precios han subido mucho. De modo que los propios artistas, que gracias a su trabajo impulsaron directamente esa especie de puesta en valor, se han visto obligados a abandonar esa zona. Esto ha sucedido en el Soho, en Nueva York, y en Auguststrasse, en Berlín. Ambos son ahora lugares sumamente caros, tomados por el fashion y cierto tipo de vida social.

QUOBO Y LA ITINERANCIA
Gracias a un esfuerzo conjunto entre el Museo de Arte de Lima (Mali) y el Goethe-Institut Lima, Quobo, la muestra que desde el 2000 viene recorriendo buena parte del mundo (China, Nueva Zelanda, Rusia o Estonia), se podrá visitar hasta el 25 de mayo. Los días martes 20 y jueves 22, a las 6:30 pm., habrá visitas guiadas (y de ingreso libre) a cargo de Sharon Lerner. Quobo es parte de un proyecto mayor que incluye un "archivo de red" que puede visitarse en: www.quobo.de

  • Imprimir página
  • E-mail
  • Aumentar texto
  • Disminuir texto
  • Favoritos
  • Mr. Wong
  • Delicious
  • Menéame
  • Google
  • Facebook