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EDITORIAL

El viento que sembró Evo Morales

Aunque ganó el Sí, es claro que el referéndum realizado el domingo en el departamento boliviano de Santa Cruz no ha resuelto el grave conflicto que distancia al gobierno del presidente Evo Morales de los llamados sectores autonomistas.

Todo lo contrario. Lo sucedido solo ha puesto sobre el tapete una situación inestable y explosiva, cuyas consecuencias presentes y futuras deberá asumir el Gobierno Boliviano, luego de haber puesto contra la pared a gran parte de la población no indígena que se siente segregada por el discurso presidencial.

Y es que las iniciativas autonómicas, separatistas y federalistas no son nuevas en Bolivia. Datan del siglo XIX y a lo largo de la centuria pasada fueron activadas frecuentemente, casi al mismo ritmo que las regiones cruceñas accedían a un desarrollo económico cada vez más sostenido respecto del resto del país.

Es lamentablemente, por ello, que el presidente Evo Morales no haya logrado conciliar con esas posiciones que, en el fondo, no solo rechazan el centralismo --finalmente inherente a la historia boliviana--, sino en general el quehacer de un gobierno que, entre otros problemas, acaba de aprobar, entre gallos y medianoche, una reforma constitucional que gran parte de la población percibe como unilateral.

Evidentemente cualquier intento separatista es contraproducente para Bolivia y para cualquier país latinoamericano.

Como ha reconocido la OEA, este tipo de conflictos podría conducir a la escisión institucional, afectando el Estado de derecho, la unidad del gobierno y su representación democrática. Para el Perú, como consta en nuestra carta constitucional, el Estado es uno e indivisible, y las autonomías solo pueden tolerarse en el seno y al amparo del Gobierno Central, bajo los esquemas que establece la descentralización de regiones y municipalidades.

Más que acentuar la confrontación, el presidente Evo Morales debería defender el estado unitario y al mismo tiempo lograr un acercamiento político con los sectores de la oposición. Después de todo, la democracia también implica aceptar la discrepancia y el derecho a disentir. En segundo lugar, haría bien en cambiar su actual discurso por otro más equitativo que no diferencie entre sectores indígenas y no indígenas. Finalmente, todos son bolivianos.

En tercer lugar, Morales debería distanciarse de modelos autoritarios como el de Hugo Chávez, para quien lo más importante es ejercer el poder, cueste lo que cueste, con injerencia política de por medio, no importa cuánto divida al país.

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