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La vocación del escritor en el Perú (II parte)

Rincón del autor. El escritor tiene que ser un vendedor de sí mismo, un tipo mediático, con cierto atractivo, con cierta capacidad de convocar a una cita de firma de libros

Por Abelardo Sánchez León

Cuando alguien va a publicar una novela, la gente ya no le pregunta de qué trata, sino con qué sello editorial va a salir. ¿Con Alfaguara? ¿Con Peisa? ¿Con Planeta? Alguna de ellas tentará al escritor con la posibilidad de una distribución en el extranjero, otra con una publicidad combativa, otra con una gran presentación; en fin, el cotorreo de la gente estará interesado en saber qué éxito tendrá en el reducido mercado de los lectores nacionales, cómo podrá convertirse en el libro del mes, qué comentarios motivará.

Rosa Montero bromeaba en su libro "La loca de la casa", diciendo que ella era una escritora que nunca curioseaba en las librerías para saber si exhibían o no sus novelas, si estaban colocadas de tal manera que estuvieran siempre a la vista o si estaban sepultadas por una desordenada ruma de ejemplares. Ella no se andaba con esas tonterías. Pero después, supongo, reiría a gritos, y si fuera a los almacenes de El Corte Inglés estaría mirando de reojo para comprobar si su libro estaba a la vista del público.

Exposición mediática, público objetivo, márketing, toda una jerga que antes se reducía a las secciones de economía y negocios ha pasado a ingresar, como una atmósfera envolvente, al negocio de los libros. Los escritores sienten el impacto de la vanidad si su libro es comercial, si ha gustado entre las mujeres, que son las más lectoras, y estará obligado a dirigirse a los profundos problemas femeninos. Nos encontramos en el mundo de los lectores profesionales, de los editores, de los correctores de estilo, de los publicistas, de los colocadores del libro en primera fila en los estantes de Wong, porque ahora el libro es también una mercadería que da de comer a los piratas y que rara vez gotea a los pobres escritores, que no quieren ser marginales, válgame Dios, o andinos, bohemios, románticos y, en cambio, desean vivir en la esquina de la rambla donde se negocian los contratos de talla internacional, los premios, los contactos, los representantes, porque si no estás a ese nivel se corre el riesgo de convertirse en un escritor tipo perro del hortelano, pura envidia, puro rencor, puro humalismo.

El escritor tiene que ser un vendedor de sí mismo, un relacionista público, un tipo mediático, con cierto atractivo, con cierta capacidad de convocar a una cita de firma de libros. En caso contrario, le sugerirán que se dedique al negocio de los camotes, a menos que opte por ser un Corman McCarthy, un Martín Adán o un Salinger, es decir, un lobo de las estepas, como una dilatada alternativa de venta. Para mayor información sírvase dirigirse a cualquier escuela MBA del medio.

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