Por: Juan Paredes Castro |
El defectuoso ejercicio de la política en el mundo parecía hasta hace poco lo último que podría cambiar.
Su naturaleza básica y maquiavélica, vale decir, la del fin justifica los medios, venía cobrando, por el contrario, eternidad.
Y es más: el arraigo de la frivolidad e irresponsabilidad en ella, hacía difícil, si no imposible, que se moviera hacia nuevos valores.
De pronto, sin embargo, las sociedades están concentrando tenaces recursos y energías de control y fiscalización de la política, porque son plenamente conscientes de que el fracaso de esta implica el fracaso de todo proyecto gubernamental nacional o internacional.
¿Cuánto de su farandulización, en el Perú, en América Latina, en el mundo, podía quedar atrás? ¿Cuánto de su ceguera podía deberse a la superable oscuridad y estrechez del hábitat en que nació y creció? ¿Cuánto de sus vicios podrían ceder a un número mayor de virtudes?
Este cuadro de contrastes ha acentuado el rechazo a la politiquería tradicional (que antes lo era más permisible) y la exigencia de que el uso del poder se ponga al servicio de la sociedad, con mayores deberes y derechos propios y mayor respeto por los deberes y derechos ajenos.
Es cierto que la política ideal de conocimiento, eficiencia y ética todavía se abre camino en medio de una selva de intereses sociales, económicos y globalizantes, que no se detienen en seguir simplificándola, farandulizándola, corrompiéndola.
Pero gradualmente los estándares de desarrollo nacionales e internacionales requerirán de conceptos y prácticas de política más modernos, porque las formas de gobierno y de expresión del poder igualmente van a ir presentando nuevas facetas, más cercanas a la satisfacción del interés público.
Cuando la próxima cumbre de jefes de Estado europeos, latinoamericanos y caribeños convoque a grandes compromisos, como el de la sobrevivencia del planeta, cada cual tendrá que estar previamente seguro de su propio compromiso nacional, y a su vez este no podrá ser viable sin una madurez resolutiva en el uso de los poderes legislativo y gubernamental internos, en los que la política es decisiva.
No habrá pues políticas internacionales ejecutables y aceptables sin políticas nacionales idóneas, basadas, por supuesto, en formas modernas de elección, representación y realización políticas.
De la misma manera que la brecha entre la confianza en la democracia y la satisfacción de su ejercicio es todavía grande, la práctica política común en el mundo, sigue estando seriamente afectada, en su naturaleza y resultados, por la farandulización.
De ahí que cada escandalete, proveniente del reino del espectáculo, no deja de recordarnos, como en estos últimos días, el remedo perfecto que muchas veces tiene la farándula en la política o la política en la farándula.