Por Anna Zucchetti. Directora del Grupo GEA
El mes pasado planté diez árboles de lúcumo en las riberas del río Lurín, como simbólico homenaje a mis abuelos y a nuestra maltrecha tierra. Con este simple acto espero cosechar algunas sabrosas frutas dentro de unos años, pero también quiero poner mi granito de arena para que Lima enfrente mejor su futura emergencia ambiental: el cambio del clima y la reducción de sus reservas de agua.
Según todos los pronósticos, el conflicto de La Perla es un chancay de a veinte en comparación con los desafíos que las travesuras metereológicas nos deparan. Pocas líneas para arriba o para abajo en la escala de nuestros termómetros, y sufriremos sequías más prolongadas, lluvias más intensas, escalofriantes oleadas de fríos, inexorables deglaciaciones de nuestros apus y mutaciones de ecosistemas. Muchos de estos fenómenos ya han empezado a darse, sin que seamos conscientes de sus causas.
La peculiaridad de Lima y Callao en esta incierta situación climática no está dada solo por ubicarse en un desierto subtropical, sino también porque nuestra capital concentra todas las vulnerabilidades posibles. Aquí habita un tercio de los peruanos, con su proporción de pobres urbanos altamente vulnerables, muchos de ellos asentados sobre zonas en peligro (riberas inundables, cauces de huaicos, frágiles pendientes). Aquí se concentra gran parte de nuestra infraestructura productiva, altamente dependiente de una fuente de energía --la hidroeléctrica-- que a su vez depende de la naturaleza. Aquí tenemos reservas hídricas estructuralmente escasas que despilfarramos sin ton ni son. Aquí nos asentamos frente a un mar bravo que puede deglutir a unos cuantos chalacos en un abrir y cerrar de párpados.
En este contexto, Lima y Callao no solo deben integrar el precavido Comité C40, club de cuarenta metrópolis del mundo con un compromiso explícito para mitigar las furias del clima, reduciendo sus emisiones de gases de efecto invernadero. También deben armar --con carácter de urgencia-- una agenda para la adaptación.
Y podemos empezar a adaptarnos desde mañana. Empezando una cruzada para ahorrar el agua y manejarla sabiamente, invirtiendo en un sistema capilar de siembra y cosecha de los recursos hídricos con los alcaldes y las comunidades campesinas de las cuencas altas, forestando y reforestando las tres cuencas, promoviendo la diversificación productiva en los agroecosistemas andinos y también en la ciudad, a través de la agricultura urbana, conservando los reductos de valles urbanos que nos quedan, incrementando exponencialmente el verde citadino regado con las aguas residuales que nadie quiere, ampliando la sombra de un futuro más caliente y mejorando los microclimas urbanos, integrando la gestión del riesgo a todo plan de ordenamiento y a toda zonificación urbana.
El plan por una Lima verde contiene muchas de estas propuestas. La Cumbre ALC-UE puede ser el espacio oportuno para discutirlas y para comprometer a los países europeos --en gran medida responsables del calentamiento global-- a financiarlas, propiciando la adaptación a una situación que no puede esperar las tragedias de mañana. Que cada cual asuma su cupo de lúcumos.