ENTREVISTA. Fernando Moleres
Por Alberto Revoredo
En su profesión, ser detenido por la policía es parte de la rutina. Si se trata de fotografiar casos de explotación laboral infantil no se puede ir por la puerta delantera, hay que entrar primero y luego pedir permiso. Así estuvo casi diez años, concretando "Children at Work", una serie de fotografías que denuncian esta problemática mundial. Parte de esa temática estuvo en exhibición recientemente en nuestro país. Tratando de hacer el menor ruido posible, el ganador del World Press Photo en dos ocasiones, el destacado fotógrafo español Fernando Moleres, aterrizó en Lima con algo entre manos.
¿Qué lo trae a Lima?
Quiero concretar un trabajo que estoy haciendo a largo plazo sobre los derechos laborales de las mujeres trabajadoras. Lleva el título de "La mujer trabajadora en la sombra", mujeres en condiciones de trabajo duras, malos salarios, horarios muy largos, etc. Y como esto lo había trabajado muy poco en Sudamérica, pues creo que es una buena oportunidad, y casi es la razón principal por la que he venido al Perú; y bueno, para trabajar también en un tema que ha surgido.
Su trabajo con menores tiene de periodístico y documental. En ese contexto hostil tiene poco tiempo para realizar las fotografías. ¿Cuántas veces dispara? ¿Un par?
Sí, es todo. En Asia, a los lugares adonde voy yo, y en donde he trabajado la mayoría de proyectos, nadie habla inglés. No puedo preguntar nada, la información es bastante minúscula. Es más un testimonio gráfico, un archivo visual. Es difícil hacer un buen análisis, solo puedo indagar por cosas simples. En Sudamérica es distinto, por el idioma. Puedo saber qué está pasando. Y como los niños trabajan más en la economía informal, tengo tiempo de preguntarles y obtener más información.
¿Cómo se fotografía con niños de por medio?
Si hay una diferencia entre mi trabajo sobre la explotación laboral infantil con otros trabajos, es que generalmente mis fotografías rompen con esto de "qué pena me da este pobre niño". Mi enfoque es un poco distinto. Yo lo veo como "este niño que está trabajando lo está haciendo masculinamente, seriamente". Están trabajando duro, fuerte, siendo niños son casi como hombres. Y una de las cosas interesantes es que muchos de estos niños quieren trabajar y quieren participar en el mundo de los mayores porque no tienen otras opciones, porque para ellos el concepto de infancia no tiene nada que ver con el concepto que tenemos nosotros. Muchos de los niños a los que les he preguntado si quieren trabajar me han dicho que sí. Tengo una línea bastante objetiva en esto, ellos quieren ser vistos como trabajadores. El problema es que la infancia es un período en el que vas a aprender de tu entorno más cercano.
Eso se refleja en la estética de sus imágenes. ¿Arriesgarse fotográficamente como para cortar cabezas y mostrar solo torsos, remitiéndonos a una de sus fotos, implica también una evolución artística?Esa fotografía es de una serie larga. Fui directamente a los torsos, más al cuerpo que a las caras, porque ya tenía muchos rostros, y porque el torso muestra a los niños como sujetos de trabajo, de fuerza física. Son niños que trabajan masculinamente.
¿Por qué en blanco y negro?
El color a veces distrae. La temática de estas fotos es muy social y necesita de una lectura rápida. ¿Quién es el sujeto que aparece y qué está haciendo? Un niño que está trabajando. El color distrae un poco la atención de lo que está pasando allí. Lo otro es que con el blanco y negro yo tengo una segunda oportunidad en el laboratorio para trabajar la foto y llevarla un poco como yo quiera. Además, los maestros que yo tuve, los no directos, trabajaban en blanco y negro.
¿Cómo ha asumido la transición del negativo al digital?
Para mí ha sido una gran ventaja, porque el volumen de trabajo que puedes hacer es mucho mayor y tienes una forma genial de archivar los datos. La calidad es muy superior al analógico, puedes ir viendo la evolución de tu trabajo mientras estás en el lugar, y eso te permite dirigir mejor el reportaje. Lo que hay en contra es que el viaje ha cambiado. No estoy en la fotografía porque quiero ser un gran contador de historias, sino porque es una forma de vida, de ver el mundo y estar en contacto con realidades distintas. Es un pasaporte que me permite acercarme a realidades que como turista o como interesado no me dejarían entrar. Y lo que pasa ahora, con el digital, es que cuando terminas las fotos hay que ir al hotel a seguir trabajando, por la premura, y eso va en detrimento de relacionarte con la gente del lugar donde estás. Ya no tienes mucho tiempo para charlar con los lugareños y empaparte de lo que pasa allí.