Por Miguel Ángel Cárdenas M.
La cultura se encumbró en todos los sentidos. Desde los cimientos: Cuatrocientos empresarios de la II Cumbre Empresarial ALC-UE se habían congregado hasta el jueves 15 en el Museo de Arte de Lima, donde se guardan colecciones artísticas completas desde nuestro período precolombino hasta el actual. Y, sobre todo, a falta de un escenario preciso para eventos de magnitud, la V Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de América Latina, el Caribe y la Unión Europea se llevó a cabo en el Museo de la Nación, donde se encuentran miles de las piezas más tradicionales de las culturas del Perú.
Durante la Noche en Blanco efectuada en Miraflores, desde las 8 de la noche del viernes 16 hasta las 5 de la mañana del sábado 17, también la cultura ancestral --el corso de apertura fue presidido por un globo de 7 por 5 metros de "La Gran Papa"-- y la cultura moderna --a medianoche hubo un concierto de música electrónica de un grupo alemán-- buscaron sus cumbres. Y hubo picos de placer tan callejeros como culturosos: dos goces que no se suelen juntar aquí.
El colectivo Deliveri promovió tomar las calles con exposiciones y performances para que la cultura estuviera al alcance de la vista... y los pies; y la ciudad entera se fascinara tanto que se olvidara de dormir. Las horas cúspides fueron entre las 8:30 p.m. y pasada la medianoche. Porque a las 3 de la mañana la mayoría de limeños ya había abandonado la calle liberada a los típicos noctámbulos. Y hasta la sala Miró Quesada, donde hay una muestra de artesanía, no esperó a las 5 y cerró con un saldo contento de 9.000 visitantes. Mientras duró el entusiasmo, las cuadras sin autos de Larco fueron una arcadia conmovedora para caminar y disfrutar en familia, en pareja, en patota o en silencio. Pasadas las 2 de la mañana, la Casa del Fumador seguía atestada más que nunca (todas las tiendas, sobre todo las de comida, se repletaron).
Pero la noche se acortó porque a las efectivas propuestas artísticas les faltó articulación entre sí, en distancia y constancia. En esto los 'happening' teatrales pudieron haber ayudado a mantener el subyugo (quedan lecciones para la próxima, que ojalá sea pronto), como lo demostró un improvisado hombre estatua quien con su alcancía para propinas se colocó --movimientos lerdos y risas a cuestas-- a pocos metros de "Vitrina de arte", la instalación de Eduardo Tokeshi, en la esquina de Benavides y Larco. En esta, tres globos reflejaban sendos ojos con distintos gestos arriba de un reloj preciso (la medianoche fue recibida con algarabía de voyeurs).
Una de las instalaciones más apreciadas fue la de Carlos Runcie Tanaka con 32 grandes esferas con superficies de vajilla (quemadas a 1.200 centígrados), que convertía a la calle Esperanza en un poético paisaje lunar que gozaban --tocando con timidez-- niños incansables y ancianos exhaustos de tanto caminar. También las dos muestras sobre la papa congregaron actrices como Urpi Gibbons, políticos como Susana Villarán y cómicos como Fernando Armas. La primera, "Ofrenda y vasallaje", con continentes de chuños (la gente se turnaba de esta exposición al bar Habana al costado), y la segunda, la instalación energética de la calle Tarata donde se enseñaba la energía contenida en los tubérculos, capaz de prender pilas eléctricas con solo conectarlos a cables de cobre.
Hasta la una de la mañana seguían cayendo papeles del edificio del BCP y Telefónica, en la esquina de Larco con Schell. Y la gente seguía recogiéndolos y discutiendo: "Son papeles de la Telefónica, que nos quiere desinformar", decía un señor ceñudo que venía de la Cumbre de los Pueblos. "No, es la declaración de la cumbre de presidentes", insistía una muchacha universitaria. Pero los papeles mezclaban las noticias de los cables periodísticos con frases como "los chichis, los chochos y los rechichas ya han colaborado con la DIGEMIN". Al final se trataba de la intervención de José Martinat y Kiko Mayorga que, con módulos impresores, "recopilamos información de Internet e imprimimos volantes con el fin de alabar, informar, desinformar, parodiar, criticar".
Uno de los puntos culminantes fue el concierto de música electrónica y de rock experimental en un estrado al costado del cine Pacífico, porque --pasada la medianoche-- hubo una transición generacional. Los más jóvenes poguearon cerveza en lengua, provocando el espanto de algunas vecinas: "Esto va a terminar mal". El ambiente era libertario: las calles eran tomadas, las pistas servían para bailar y sentarse a oír y comer y besar (frente al que era el cine Julieta unos muchachos jugaban botella borracha). Una turista sueca que había exclamado en el Museo del Centro Cultural Ricardo Palma: "Qué genial que pueda tomarles fotos a las esculturas, en Europa no se puede" se sentía en un efímero Woodstock, mirando con amor al batallón retozado de la policía antimotines.
Frente al Haití había un lago de botellas de licor, pero llegó un presto camión de la basura por la Calle de las Pizzas. Las vecinas se equivocaron: todo terminó muy bien. A lo más, los borrachitos se sentaban en las sillas entre la iglesia y el parque Kennedy donde, en pantalla gigante, se proyectaba una muestra de videoarte suizo. Y dormían sin miedo al frío, que espantó a muchos antes de tiempo. La Noche en Blanco tuvo ese lado quimérico: no hay que tenerle miedo a la mezcla de calle, cultura y libertad.