Por Pedro Ortiz Bisso
"Ganamos dos partidos y todo se arregla", ha dicho Marko Ciurlizza. "Vamos a traer a un técnico de primer nivel", anuncia Carlos Franco, presidente interino de Alianza Lima, como si Reinaldo Merlo o alguno de los supuestos candidatos a ponerse el buzo blanquiazul fueran infalibles prestidigitadores capaces de cambiar con un chasquido la triste situación que vive uno de los equipos de fútbol más queridos del país.
La verdad es que Ciurlizza ni Franco quieren reconocer que así contratasen a sir Alex Ferguson, quizás el mejor técnico del mundo en estos momentos, los problemas de Alianza no se van a terminar. Seguramente en algún momento, sea cual fuere el entrenador, el equipo volverá a ganar, la hinchada olvidará la sensación de estar más cerca de la cola que del título y la dirigencia sacará pecho por sus grandes decisiones. Pero las razones de este desastre quedarán intactas.
Sucede que el problema de Alianza, como el del 90% de los clubes peruanos, es institucional. El 27 de octubre del año pasado debió elegir a su nuevo presidente, pero una decisión judicial suspendió los comicios y nadie sabe cuándo se llevarán a cabo. Franco, quien era uno de los candidatos, quedó a cargo del club por su condición de vicepresidente ante la licencia solicitada por el titular, Alfonso de Souza Ferreyra. Al principio de la temporada, anunció que apostarían por un cuadro joven y para ello mantuvo en la dirección técnica a Miguel Ángel Arrué. Sin embargo, como los resultados no lo acompañaron, fue echado del cargo. Trajeron a un jugador, Eric Obinna, a quien el propio técnico recibió en el aeropuerto, pero que nunca firmó contrato. Contrataron a un delantero cada mes (Jorge Serna en febrero, Jairsinho Baylón en marzo y Wilmer Aguirre en abril) y el que iban a traer en mayo, Rubén Darío Gigena, les dijo no. Sus dirigentes se contradijeron mil veces, 'licenciaron' a Renzo Benavides sin permiso del entrenador y ficharon a un jugador de 36 años (Jorge Soto) al que Cristal había dado de baja, entre otras perlitas.
¿Todo esto lo va a resolver un entrenador? ¿Basta con ganar dos partidos? Alianza necesita una profunda reestructuración institucional, que siente las bases para su conversión en un club serio al que manejen dirigentes a la altura de su responsabilidad. No hay otra solución para que la triste realidad de hoy no se extienda y, sobre todo, no se repita.